Durante décadas, el poder político europeo vivió cómodo dentro de un ecosistema cerrado en el que gobiernos, grandes medios y élites económicas compartían un mismo marco de relato, una misma narrativa dominante y una misma forma de definir lo que era aceptable, moderado y democrático, un sistema donde la opinión pública no se moldeaba, se administraba, y donde el ciudadano no participaba realmente del debate, sino que lo recibía ya filtrado, ordenado y empaquetado. Ese mundo se está acabando, y no por una crisis económica ni por una reforma institucional, sino por algo mucho más profundo y más peligroso para quienes han vivido de controlar el relato: la pérdida del monopolio de la conversación pública.
Hoy ya no es el político quien decide qué se discute ni el editorial quien fija la verdad oficial ni el tertuliano quien legitima qué es pensable y qué no, la conversación se ha desplazado a espacios que el poder no controla y eso ha roto el tablero, porque cuando el relato deja de ser vertical y se vuelve horizontal la autoridad deja de ser incuestionable y pasa a ser discutible, y cuando la autoridad se vuelve discutible la hegemonía empieza a resquebrajarse. Por eso se multiplican los discursos sobre odio, desinformación, injerencias y extremismos, no tanto por la existencia de esos fenómenos, sino porque se han convertido en el comodín perfecto para justificar el viejo reflejo de cerrar el sistema, cerrar el debate, cerrar la conversación y cerrar el pluralismo real, bajo la apariencia de una supuesta defensa de la democracia que en realidad es una defensa de privilegios.
Las grandes estructuras de poder no temen a los adversarios, temen a lo que no pueden domesticar, y por eso aparece una figura incómoda no tanto por lo que piensa, sino por lo que permite, un ecosistema de comunicación que ya no responde a los filtros tradicionales y que ha abierto grietas en el muro del control informativo que durante décadas garantizó al poder la tranquilidad de decidir qué se podía decir y qué no, qué debía preocupar y qué debía silenciarse, qué era progreso y qué era atraso, qué era virtud y qué era pecado público. No estamos ante una guerra de ideas sino ante una guerra por el control del flujo de la opinión pública, una guerra en la que el sistema empieza a perder su principal arma, la capacidad de definir la realidad antes de que el ciudadano pueda formarse su propio criterio.
No se teme a una persona ni a una plataforma ni a una ideología concreta, se teme a algo mucho más profundo: que la gente vuelva a pensar por sí misma sin permiso, que compare, que cuestione, que no acepte marcos impuestos ni verdades prefabricadas, que descubra que hay otras narrativas posibles y que la política no es un catecismo sino un debate abierto. Ese es el cambio real que está recorriendo tanto América como Europa, el motivo por el que el discurso oficial se vuelve cada vez más nervioso, más agresivo, más moralizante y más alarmista, porque cuando el poder globalista empieza a gritar no es porque sea fuerte, es porque empieza a perder el control.
Y es aquí donde el viejo eje izquierda-derecha deja de explicar lo que está ocurriendo, porque la verdadera fractura que atraviesa hoy a la sociedad ya no es ideológica en el sentido clásico, sino cultural y civilizatoria: por un lado quienes asumen como marco obligatorio la llamada doctrina woke, con su aparato moral, su lenguaje prescrito y su visión de la realidad filtrada por identidades, y por otro quienes se sitúan fuera de ese marco y lo cuestionan como un sistema de ingeniería social que condiciona la educación, la información, la cultura y la propia vida pública. En España, el único partido que se define abiertamente en el segundo bloque es Vox, lo que explica tanto la intensidad del rechazo que despierta en los centros de poder como el apoyo creciente que recibe en amplias capas de la sociedad que no se reconocen en el nuevo catecismo oficial, y ese es el verdadero trasfondo de la tensión que vivimos: no una pugna entre siglas, sino una batalla por quién decide cómo se piensa, cómo se habla y cómo se interpreta la realidad.
Felipe Pinto.

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