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lunes, 29 de diciembre de 2025

LA VERDADERA MEMORIA HISTÓRICA


CUATRO EJEMPLOS DE LA BARBARIE DEL FRENTE POPULAR

Prólogo

La memoria histórica, tal y como hoy se administra desde las instituciones, no es un ejercicio de reconstrucción imparcial del pasado, sino una selección interesada de hechos, silencios y etiquetas. No se trata de recordar todo, sino de recordar lo conveniente. No se trata de explicar la Guerra Civil en su complejidad trágica, sino de fijar un relato moralmente asimétrico donde un solo bando aparece como depositario exclusivo del mal, mientras el otro queda protegido por una narrativa indulgente, contextualizadora y, en demasiados casos, justificadora.

Ese enfoque ha reducido el conflicto a una caricatura pedagógica: una historia donde se enfatiza una represión, se atenúan otras, y se elimina casi por completo la violencia sistemática ejercida en la retaguardia del Frente Popular. Se habla de “excesos”, de “desórdenes”, de “tensiones propias del momento”, pero rara vez se entra en el fondo de lo ocurrido en amplias zonas bajo control republicano: detenciones sin garantías, sacas de presos, ejecuciones sumarias, persecución religiosa, eliminación por razones ideológicas y sociales, y un clima de terror que convirtió la sospecha en método y la denuncia en arma.
Los episodios que siguen —los pozos de La Lagarta y Cantavieja en Almería, el entramado represivo de las checas en Madrid, las matanzas de Paracuellos del Jarama y la purga de oficiales en el crucero Miguel de Cervantes— no son anécdotas ni episodios marginales. Son cuatro ejemplos documentados de un mismo patrón de violencia política organizada ejercida contra civiles indefensos.

I. Los pozos de La Lagarta y Cantavieja (Almería): el terror arrojado al fondo

Entre julio y septiembre de 1936, en las localidades almerienses de Tabernas y Tahal, decenas de presos fueron sacados de cárceles y buques-prisión y conducidos hasta los pozos de La Lagarta y Cantavieja para ser ejecutados y ocultados en su interior. El procedimiento, repetido en distintas sacas, consistía en colocar a las víctimas al borde del pozo, atadas de manos, donde recibían descargas de fusilería. No siempre la muerte era inmediata. Hay constancia documental y testimonial de que algunos prisioneros, aún con vida, fueron precipitados al interior, quedando a decenas de metros de profundidad. Durante horas, vecinos y testigos afirmaron escuchar desde el fondo gritos de agonía, prueba del carácter particularmente cruel de aquellas ejecuciones.

La exhumación posterior permitió reconstruir la magnitud del horror: capas de restos, cuerdas de esparto, objetos personales y ropas que facilitaron la identificación por parte de familiares. Las actas municipales y judiciales conservadas acreditan un patrón de sacas, traslados y ejecuciones que no responde a un arrebato espontáneo, sino a una práctica reiterada de eliminación ideológica.
Una parte significativa de las víctimas pertenecía al clero o a comunidades religiosas. La persecución religiosa no fue aquí un “exceso colateral”, sino un eje de la violencia: sacerdotes, religiosos y seminaristas detenidos y ejecutados por su condición.

II. Madrid: checas, vigilancia vecinal y la sospecha como método

En el Madrid sitiado de 1936, la represión no fue un fenómeno aislado ni un simple efecto colateral del frente, sino que se transformó en una estructura cotidiana de control y miedo en la retaguardia. La ciudad llegó a concentrar una densidad excepcional de centros de detención e interrogatorio —conocidos de forma genérica como checas— que se extendieron por barrios enteros y ocuparon edificios civiles, religiosos y administrativos.

No eran prisiones ordinarias ni dependencias policiales regladas, sino espacios donde se detenía, interrogaba y juzgaba al margen de toda garantía legal a quienes eran percibidos como enemigos políticos, ideológicos o sociales.
Estos centros funcionaban como una red articulada. Milicias, comités y organizaciones sindicales asumieron funciones que en condiciones normales correspondían a la policía y a la justicia, sustituyendo al Estado en la gestión de la seguridad interna de la capital. En ese entramado, la denuncia vecinal se convirtió en arma, la sospecha en procedimiento y la clasificación ideológica en criterio de vida o muerte.

Listas, carnets falsificados, fichas y documentos electorales sirvieron para señalar a personas por su adscripción política, sus prácticas religiosas, su posición social o, simplemente, por rencillas personales envueltas en ideología.

Muchos detenidos pasaban por varias checas antes de ser incluidos en sacas que los conducían a destinos finales fuera de la ciudad. El tránsito por estos centros marcaba una cadena de acontecimientos que, en demasiados casos, terminaba en ejecuciones extrajudiciales. La tortura y los interrogatorios coercitivos formaban parte habitual de esa “justicia popular” que operaba sin defensa posible, sin juez imparcial y sin procedimiento ordinario.

La persecución religiosa fue una constante. Iglesias cerradas o profanadas, comunidades disueltas, bienes incautados y clérigos detenidos forman parte del paisaje de una ciudad donde la fe fue tratada como signo de sospecha. La documentación conservada permite reconstruir patrones, sedes y cadenas de custodia, y muestra que no se trató de episodios dispersos, sino de un sistema sostenido en el tiempo, con centros, rutas de traslado y procedimientos repetidos.

Aunque la mayoría de las víctimas fueron hombres, existen registros de mujeres detenidas y ejecutadas, lo que confirma que la represión no se limitó a un perfil único. La retaguardia madrileña quedó así sometida a un régimen de vigilancia y control paralelo, en el que la vida cotidiana se vio atravesada por el miedo, la delación y la arbitrariedad. En ese clima, la ciudad dejó de ser un espacio civil para convertirse en un territorio de clasificación ideológica, donde la sospecha bastaba para activar una maquinaria de consecuencias irreversibles.

III. Paracuellos del Jarama: cuando el terror se convirtió en sistema

Entre noviembre y comienzos de diciembre de 1936, en los parajes de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, se produjo uno de los episodios más graves de violencia en la retaguardia republicana. Durante varias semanas, miles de presos fueron sacados de las cárceles madrileñas en sucesivas sacas y ejecutados en masa en las afueras de la capital.

La historiografía sitúa el número de víctimas en varios miles, lo que convierte Paracuellos en una de las mayores matanzas de prisioneros de toda la Guerra Civil.

Las extracciones partían principalmente de la Cárcel Modelo de Madrid, pero también de otras prisiones como Ventas, San Antón o Porlier. No se trató de detenciones improvisadas ni de reacciones desordenadas, sino de un proceso repetido y sistemático: listas de presos, órdenes de traslado, convoyes organizados y zonas de ejecución previamente establecidas. El miedo al llamado “enemigo interior” se transformó en una lógica de eliminación preventiva.

Estas operaciones se apoyaron en la estructura represiva de la capital, marcada por la proliferación de centros de detención e interrogatorio —las checas— que actuaban al margen de la justicia ordinaria. En estos espacios se practicaban interrogatorios, juicios sumarios y clasificaciones ideológicas que determinaban el destino de muchos detenidos. La sospecha, la denuncia personal o la simple adscripción social bastaban para entrar en una cadena de acontecimientos que, en demasiados casos, terminaba en Paracuellos.

El impacto de aquellas matanzas trascendió las fronteras españolas. Fuentes diplomáticas de la época recogen la existencia de informes destinados a instancias internacionales sobre las ejecuciones masivas de presos en Madrid, así como los obstáculos que impidieron que dichos informes llegaran a foros internacionales, alimentando la percepción de que se pretendía evitar que la magnitud de los hechos fuera conocida fuera de España.
En cuanto a las responsabilidades políticas, la figura de Santiago Carrillo ocupa un lugar central en el debate historiográfico. Nombrado responsable del orden público de Madrid en los días inmediatamente anteriores al inicio de las sacas, está documentado que tuvo conocimiento de lo que estaba ocurriendo desde los primeros momentos. Una parte significativa de los historiadores sostiene, además, que su intervención resultó clave para que el aparato de orden público prestara apoyo logístico y cobertura política a las extracciones y ejecuciones, aunque el grado exacto de su implicación directa siga siendo objeto de discusión académica.

Lo que no admite discusión es la naturaleza del hecho: Paracuellos no fue un episodio aislado ni una suma de venganzas privadas, sino la expresión más extrema de un sistema de represión ideológica organizado en la retaguardia republicana. Miles de personas fueron eliminadas sin juicio ordinario, sin defensa y sin garantías, en un proceso planificado que convirtió el miedo político en método de exterminio.

IV. El Miguel de Cervantes: la barbarie dentro de la Armada

En los primeros días de la guerra, la marinería amotinada se hizo con el control del crucero Miguel de Cervantes y detuvo a sus oficiales, que quedaron incomunicados y privados de toda garantía jurídica. En las jornadas posteriores, varios de esos mandos fueron ejecutados frente a las costas de Málaga; algunos fueron fusilados y otros, tras ser heridos, arrojados al mar. Sus cuerpos no fueron recuperados.

Entre aquellos oficiales se encontraba mi abuelo, Felipe Pinto Gómez, capitán de corbeta de la Armada española. Lo menciono no como recurso sentimental, sino como dato histórico: fue uno de los mandos detenidos y eliminados en aquella purga criminal. Según testimonios conservados, fue herido de bala y precipitado al mar, constando, según testigos, sin haber fallecido en ese momento, lo que subraya el carácter especialmente cruel de estas ejecuciones.

Este episodio no fue una anomalía aislada, sino un exterminio ideológico en el corazón de la Armada, coherente con el mismo patrón que se repite en los otros casos: selección por ideas y condición, eliminación física y ocultación posterior. Donde la disciplina y la ley fueron sustituidas por el comité, el buque de guerra dejó de ser una institución y pasó a ser un instrumento de depuración.

EPÍLOGO

La unión entre La Lagarta y Cantavieja, las checas madrileñas, Paracuellos y el Miguel de Cervantes no es un capricho narrativo mío: es la constatación de un mismo comportamiento que se repite con distintas formas. Donde la política dejaba de ser discusión y convirtiéndose en depuración; donde la fe fue señalada como delito; donde el sospechoso dejó de ser ciudadano y pasó a ser “pieza”; donde la retaguardia se transformó en máquina de matar.

El problema contemporáneo no es solo lo que ocurrió, sino lo que se hace hoy con lo ocurrido. Cuando se jerarquizan víctimas, se diluyen violencias y se sustituyen hechos por eufemismos, la memoria deja de ser un deber de verdad y pasa a convertirse en un instrumento de poder. La historia no se repite únicamente por olvido; se repite cuando se reeduca. Y reeducar es decidir qué muertos importan, qué violencias se relativizan y qué palabras sustituyen a los hechos.

Conviene subrayar que los cuatro episodios expuestos en estas páginas no constituyen una excepción ni un conjunto cerrado de casos singulares. Son cuatro ejemplos entre miles y miles de hechos semejantes producidos en la retaguardia del Frente Popular durante los primeros meses de la guerra. Su valor no reside en ser episodios aislados, sino en que permiten identificar con claridad un mismo significado de actuación: selección ideológica, detención sin garantías, eliminación física y ocultación posterior.
Lo que aquí se ha presentado es, por tanto, una muestra documentada de una realidad mucho más amplia. La memoria no es verdadera cuando es cómoda para unos; lo es cuando es completa para todos.

Felipe Pinto.

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