Hay silencios que no son descuidos, son decisiones. Y hay silencios que delatan una forma entera de entender el poder, el discurso y la moral pública. El mutismo de la izquierda española ante la represión brutal que sufre el pueblo iraní —y, de forma particular, las mujeres iraníes— no es una omisión casual ni un error de cálculo. Es una postura política deliberada, sostenida con una mezcla de hipocresía discursiva y cinismo ideológico. No es que no vean lo que ocurre: es que han decidido no mirar.
Durante semanas, las calles de Irán han sido escenario de protestas multitudinarias reprimidas con una violencia extrema por la dictadura islamista. Cientos de personas han sido asesinadas, miles han sido detenidas y las imágenes de mujeres golpeadas, humilladas y silenciadas han recorrido el mundo. Frente a ese drama real, el feminismo institucional español ha optado por un silencio que no es prudencia, sino cálculo. Porque esas mujeres no encajan en el mapa mental del feminismo oficial: no están oprimidas por el “patriarcado occidental”, no sirven para erosionar a Europa, no ayudan a atacar a España ni al modelo de civilización que se ha convertido en enemigo preferente de la progresía. Están oprimidas por una teocracia aliada. Y eso lo cambia todo.Irene Montero ha hablado de Irán. Pero no para denunciar la dictadura que asesina manifestantes, encarcela mujeres por no cubrirse el pelo o convierte la religión en instrumento de control político. Ha hablado para desviar el foco hacia Estados Unidos, Israel y Occidente, en un ejercicio de inversión moral que roza lo obsceno: el verdugo queda diluido y el culpable pasa a ser quien denuncia. No hay una sola palabra de condena clara hacia Alí Jamenei. No hay una sola mención a los cadáveres apilados, a las jóvenes asesinadas, a las familias rotas. Hay, en cambio, un guion perfectamente alineado con una lógica ideológica que necesita aliados intactos y enemigos siempre disponibles.
No es una novedad. Montero e Iglesias colaboraron durante años con un canal de propaganda de la dictadura iraní, justificando esas relaciones como “contribuciones a la democracia”. La paradoja es brutal: quienes construyen su discurso sobre la supuesta defensa de los derechos humanos normalizan y blanquean a un régimen que niega esos derechos con porras, cárceles y ejecuciones. Hoy, cuando las mujeres iraníes arriesgan su vida por libertades elementales, ese feminismo de despacho y subvención no solo no las defiende: las borra del discurso. No por ignorancia, sino por coherencia interna.
Y conviene decirlo sin rodeos: este cinismo no es patrimonio exclusivo de Podemos. Es una forma de comportamiento generalizada en la izquierda progresista española. Es un modo de entender el feminismo, los derechos humanos y la moral pública como herramientas de combate ideológico, no como principios universales. Cambian los nombres, cambian los cargos, cambian los discursos, pero la lógica es siempre la misma: la mujer importa mientras sea útil al relato y desaparece cuando ese relato entra en conflicto con aliados, intereses o dogmas.
En ese sistema, el Partido Socialista no actúa como excepción, sino como columna vertebral. El mismo Gobierno que ha construido un aparato legislativo obsesionado con el lenguaje, las cuotas y la ingeniería simbólica ha aceptado “consejos de derechos humanos” de una teocracia que persigue mujeres y mantiene una diplomacia complaciente con regímenes que encarcelan y reprimen. La proclamada condición de “Gobierno más feminista de la historia” se convierte así en una consigna hueca cuando el feminismo deja de ser rentable ideológicamente y empieza a molestar al tablero internacional.
A ese mismo patrón se suma Sumar y la figura de Yolanda Díaz, que no representan una corrección del feminismo ideológico, sino su versión más depurada. Cambia el tono, se dulcifica el lenguaje y se envuelve todo en una estética de moderación, pero el fondo es exactamente el mismo: la doble vara de medir, el silencio selectivo y la subordinación de la mujer real al relato político. Yolanda Díaz no es “el rostro amable” de ese sistema: no es otra cosa que el cinismo personificado, la traducción pulida de la misma hipocresía estructural: firme con Occidente, prudente con las dictaduras amigas, solemne con los símbolos y silenciosa ante la sangre incómoda.
Aquí se revela la verdad incómoda: la mujer no es el centro de este feminismo, es su instrumento. Se alza la voz cuando la mujer sirve para golpear a Occidente. Se guarda silencio cuando la mujer señala a una dictadura amiga. Se convierte a la víctima en decorado y al relato en protagonista. No es incoherencia: es cinismo. No es torpeza: es cálculo. No es despiste: es hipocresía estructural.
A este cinismo se le ha sumado estos días un ejemplo que retrata con crudeza la doble vara de medir de la progresía española. Ante la aparición de denuncias anónimas procedentes de Hispanoamérica contra una figura internacional pública del ámbito cultural, como es Julio Iglesias, buena parte del aparato mediático y político se ha lanzado en tromba a la condena anticipada, al señalamiento inmediato y al linchamiento público sin matices ni cautelas, obviando incluso la presunción de inocencia que dicen defender.
Ese ruido contrasta de forma obscena con los silencios prolongados que la misma izquierda ha mantenido cuando las denuncias y los escándalos apuntaban a su propio entorno político y hasta en de la familia política del propio presidente del Gobierno. En esos casos no hubo campañas, ni editoriales incendiarios, ni urgencias morales. Hubo mutismo, hubo dilación, hubo protección interna y hubo una estrategia de enfriar, minimizar y dejar pasar. No es una cuestión de justicia: es una cuestión de utilidad política del señalado. Cuando el foco apunta hacia fuera, se activa el linchamiento. Cuando apunta hacia dentro, se activa el silencio.
La misma progresía que proclama “yo sí te creo” lo hace solo cuando le conviene. La misma que exige condenas sociales inmediatas las suspende cuando el foco roza su perímetro de poder. Y en esa doble vara de medir se repite la verdad incómoda de todo este texto: la mujer no es el centro, es el instrumento. La justicia no es el objetivo, es el pretexto. El relato siempre pesa más que la víctima.
La izquierda española no ha traicionado a las mujeres iraníes por error. Las ha descartado por sistema. Porque no encajan en el relato, porque incomodan a los aliados, porque obligan a elegir entre la ideología y la realidad. Y cuando llega ese cruce de caminos, la ideología siempre gana. La mujer real pierde.
Por eso el feminismo que hoy se exhibe desde el poder no es universal ni solidario. Es selectivo, utilitario y profundamente político. Defiende banderas, no personas. Protege discursos, no vidas. Y mientras tanto, miles de mujeres siguen pagando con su libertad y con su sangre el precio de un silencio que no es neutral, sino cómplice.
Felipe Pinto.

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