"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

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sábado, 27 de diciembre de 2025

LA EDAD QUE EL TIEMPO NO PUDO MOVER

 


Hay una experiencia común que casi todos hemos vivido y que rara vez nos detenemos a pensar. Recordamos a una persona que no vemos desde hace décadas, alguien que formó parte de nuestra vida cuando éramos jóvenes, y la imagen que nos viene a la mente es la de entonces: su rostro de treinta o cuarenta años, su voz firme, su presencia segura. Sin embargo, aunque hayan pasado cuarenta o cincuenta años, aunque nosotros mismos ya tengamos setenta, ochenta o más, la imagen de esa persona sigue apareciendo en nuestro recuerdo como “alguien mayor que nosotros”. No sólo mayor en edad, sino mayor en una dimensión más profunda, como si el tiempo no hubiese alterado su lugar en nuestra vida interior. Nuestro inconsciente nos hace volver a la edad que teníamos cuando esa imagen se nos quedó grabada. 

Esto no es un error de la memoria ni una simple nostalgia. Es una forma muy precisa en la que el cerebro humano organiza la identidad. Nuestro cerebro no archiva a las personas como datos biográficos, sino como posiciones afectivas. No guarda “Fulanito, treinta y ocho años”, sino “Fulanito, el que sabía”, “Fulanito, el que mandaba”, “Fulanito, el que protegía”, “Fulanito, el que imponía respeto”. Guarda la relación, no la fecha de nacimiento. Y esa relación queda fijada en el momento en que se formó.

Con el paso del tiempo nuestro cuerpo envejece, pero nuestro “yo” profundo cambia mucho menos de lo que creemos. Por dentro seguimos siendo, en esencia, la misma persona que fuimos en los años decisivos de nuestra vida. Hemos acumulado experiencias, éxitos, heridas, recuerdos y certezas, pero el centro de identidad permanece sorprendentemente estable. Por eso, cuando evocamos a alguien que ya partió hace tiempo o que fue un referente, una autoridad o una figura importante, lo seguimos sintiendo por encima de nosotros, aunque la lógica cronológica diga lo contrario.

El cerebro congela las jerarquías emocionales. Congela quién era quién en nuestra historia personal y no las actualiza porque no son simples datos: son pilares de nuestra identidad. Cambiarlas sería, en cierto modo, reescribirnos a nosotros mismos. Por eso un antiguo profesor sigue siendo “el profesor”, aunque hoy sea un anciano. Un pariente que nos impresionaba de niños sigue siendo “el mayor”, aunque nosotros tengamos ya canas y nietos.

Este fenómeno encierra algo profundamente humano y hermoso. Significa que llevamos dentro una biografía viva, no un archivo muerto. Que no recordamos solo hechos, sino relaciones, afectos y posiciones vitales. Significa que seguimos siendo, por dentro, aquel que aprendía, aquel que miraba hacia arriba, aquel que se formaba en la presencia de otros.

Así, quizás por eso la Navidad nos conmueve como ninguna otra fecha. Porque no es solo una fiesta ni un recuerdo religioso: es el momento del año en que el tiempo parece doblarse y volvemos a ser, por dentro, los mismos que fuimos. Volvemos a mirar hacia arriba, volvemos a recordar a los que ya no están, volvemos a sentirnos pequeños ante la memoria de quienes nos enseñaron, nos cuidaron y nos hicieron crecer. En Navidad regresan a nosotros esas figuras que siempre serán mayores que nosotros, no por edad, sino por lugar en nuestra vida, y sentimos que, aunque el calendario avance, hay presencias que nunca envejecen porque viven en el sitio más profundo de la memoria, allí donde el amor y el origen se confunden. Por eso la Navidad no es solo una fecha: es el reencuentro anual con quienes nos hicieron ser quienes somos.

Felipe Pinto. 

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