"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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miércoles, 7 de enero de 2026

EL PP O EL CIRUJANO QUE NUNCA VISITÓ UN QUIRÓFANO


El PP o el cirujano que nunca visitó un quirófano

El partido que cambia de diagnóstico cada día y nunca se atreve a operar.

El Partido Popular ha conseguido algo que parecía imposible: ser el único partido capaz de no saber nunca por dónde va… y aun así caminar siempre como si llevase un mapa en el bolsillo. Con Venezuela, con Trump y con el chavismo ha vuelto a demostrar que su verdadera especialidad no es gobernar, sino recolocarse.

Durante años despreciaron a Trump, lo ridiculizaron, lo trataron como un accidente histórico, se alinearon sin rubor con Hillary, después con Biden y finalmente con Kamala Harris, convencidos de que el Partido Demócrata era el refugio cómodo, europeo, educado y presentable frente a ese personaje incómodo que no entraba en el molde. Y de pronto Trump irrumpe, hace lo que nadie se atrevió a hacer, rompe el eje del narcorégimen venezolano y devuelve la palabra esperanza a un país que llevaba años pronunciándola en pasado. Y entonces al PP le entra la prisa. Porque Vox llevaba años diciendo lo que ahora resulta ser verdad y eso es imperdonable. Así que el Partido Popular corre, se pone la chaqueta nueva, aplaude a Trump, sonríe, se hace la foto y acto seguido empieza a corregirlo, porque una cosa es aplaudir al que hace el trabajo y otra muy distinta permitir que capitalice el resultado.

González Pons, que decidió ejercer de diplomático creativo llamando a Trump “ogro naranja” y “macho alfa de una manada de gorilas”, obliga a Feijóo a salir corriendo a apagar el incendio y a recordar que las relaciones con Estados Unidos deben ser excelentes y constructivas, es decir, que Esteban se ha venido arriba y ahora hay que volver a la pose institucional. Cayetana se suma al coro cuando Trump no pronuncia el nombre que el PP quiere oír y exige a María Corina aquí y ahora, porque el Partido Popular no solo quiere que caiga el chavismo, quiere que caiga con su guion, con sus tiempos y con sus nombres, y si no, entonces Trump ya no es tan brillante. FAES, desde la cátedra eterna del aznarismo, habla de torpeza y colonialismo, como si la transición venezolana fuese un seminario universitario y no una demolición real de un régimen criminal. Ayuso juega su propia partida, aplaude cuando conviene, corrige cuando estorba y se mueve con la misma naturalidad con la que pasa del elogio a la reprimenda, porque en el PP no hay contradicciones, hay gimnasia ideológica.

Y es aquí donde el Partido Popular alcanza su momento más cómico, que en realidad es el más grave: quiere ejercer de cirujano sin haber pisado nunca un quirófano. Corrige a Trump, dicta tiempos, exige nombres, reparte certificados de legitimidad democrática y prescribe transiciones como si llevara décadas operando regímenes autoritarios cuando en realidad no ha dirigido ni una sola transición en su vida. Nunca desmontó una dictadura, nunca gestionó un colapso institucional, nunca pilotó una depuración de estructuras criminales de Estado. Pero ahí está, dando instrucciones, exigiendo que María Corina sea “ya, ahora, mañana mismo”, como si Venezuela fuera una sala de juntas y no un país devastado por veinte años de narcoestado. Es decir: el PP quiere operar, pero no sabe ni dónde está el bisturí. Quiere resultados inmediatos, sin comprender que una transición real no es un titular ni un tuit, sino una demolición técnica, lenta, supervisada y quirúrgica. Y cuando quien sí está operando —Estados Unidos— no sigue exactamente su guion, entonces el PP pasa del aplauso al reproche con la misma facilidad con la que pasa de la foto al comunicado.

Pero además hay un detalle que el PP ahora intenta borrar con típex histórico: durante años no fue el PP quien denunció la red Zapatero–chavismo; fue Vox. Vox fue quien señaló la implicación política, personal y estratégica de Zapatero con el régimen de Maduro, quien habló de mediación falsa, de blanqueamiento internacional y de encubrimiento diplomático. Mientras tanto, el Partido Popular miraba hacia otro lado… cuando no hacía algo peor. Porque el PP no solo calló: respaldó. Apoyó en el Congreso que Zapatero fuese elevado a una especie de “enviado europeo”, le dio legitimidad, le dio cobertura y le dio el aura institucional que necesitaba para operar como puente del chavismo con Europa. Y ahora, cuando el régimen empieza a caer, el PP corre a ponerse en primera fila como si hubiera sido él quien llevaba años diciendo la verdad. No: el PP no lideró la denuncia. El PP la toleró, la cubrió y la facilitó.

Mientras tanto, en Madrid se indignan con Maduro como fieras recién despertadas, pero en Bruselas pactan tranquilamente con los partidos socialistas y comunistas europeos que han protegido, legitimado y blanqueado al chavismo durante años. Denuncian de día y pactan de noche. Se rasgan las vestiduras en los discursos y firman acuerdos en los despachos. Eso no es pragmatismo, es esquizofrenia política. No es que el PP no tenga una línea clara sobre Venezuela, es que no tiene una línea clara sobre nada. Cambian de opinión porque no tienen una. Corrigen porque no lideran. Llegan tarde porque nunca están donde hay que estar cuando hay que estar.

Y a todo esto habría que añadir el dato que el PP intenta borrar de su propio expediente: España no está como está por un rayo caído del cielo, sino por la cobardía acumulada del Partido Popular. Aznar decidió jugar a la geopolítica mayor apoyando la guerra de Irak bajo el relato de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y abrió así la grieta perfecta para que, tras los atentados del 11-M, el socialismo y toda su comparsa ideológica construyeran el relato que necesitaban para volver al poder. No fue solo una derrota electoral, fue la primera gran puerta que el PP dejó abierta al regreso del proyecto que luego se llamó Zapatero, con todas sus consecuencias.

Y cuando llegó Rajoy y tuvo la oportunidad de cerrarla, no la cerró: la dejó entornada, luego abierta de par en par y finalmente la apuntaló con su propia cobarde inacción. Con una mayoría absoluta que no quiso usar y una mayoría simple que sostuvo pactando con el PNV, prefirió no dimitir, no convocar elecciones y no limpiar su propio partido cuando el ruido de la corrupción empezaba a oírse por todas partes. Eligió aguantar. Eligió no arriesgar. Eligió no decidir. Y con esa cadena de no-decisiones dejó el pasillo libre para que entrara Pedro Sánchez con toda su coalición de comunistas, independentistas y socios estructurales de cualquier cosa que se parezca poco a España y mucho a su demolición.

Por eso el PP hoy no da lecciones: pide indulgencia. No lidera: corrige. No decide: espera. Piensa que no se equivoca nunca, pero es que nunca se atreve a operar. 

Y mientras Venezuela empieza a salir del túnel porque alguien, fuera, ha tenido el valor de tocar el nervio, España sigue atrapada en un tablero que otros mueven mientras el partido que dice estar preparado para gobernar practica sus especialidades de siempre: la prepotencia y la cobardía.

Felipe Pinto. 

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