Aunque pueda parecer lo contrario, el 28 de diciembre no nació para hacer reír sino para recordar, y lo que recuerda no es una anécdota ni una tradición simpática, en realidad recuerda uno de los episodios más crueles de la historia bíblica: la matanza de los niños de Belén ordenada por el rey Herodes, que al sentirse amenazado por el nacimiento de Cristo decidió eliminar preventivamente a todos los varones menores de dos años, no por justicia ni por verdad, sino por miedo a perder el poder, convirtiendo a los más débiles en víctimas de un cálculo político frío, despiadado y perfectamente consciente.
Esta fecha se inserta en el corazón mismo del tiempo de Navidad y no por casualidad, porque el mensaje es brutal y al mismo tiempo clarísimo: la luz entra en el mundo en forma de un niño indefenso y el mundo responde intentando destruirla, demostrando que el mal no es solo una desviación accidental, sino una lógica que se activa siempre que el poder deja de reconocer límites morales y convierte a la vida humana en una variable prescindible.
Con el paso de los siglos ocurrió algo profundamente revelador: la sociedad fue vaciando esta memoria de su contenido real, anestesiando el dolor, transformando el duelo en folclore, y finalmente convirtiendo una conmemoración de sangre y lágrimas en una jornada de bromas, como si la risa sirviera para ocultar lo que incomoda y como si trivializar la tragedia la hiciera desaparecer, cuando en realidad lo único que desaparece es la conciencia.
El cambio no es inocente ni superficial, porque incluso el lenguaje lo delata: el “inocente” dejó de ser la víctima indefensa para convertirse en el crédulo al que se engaña, dando la vuelta completa al sentido moral de la palabra, y una cultura que aprende a reírse del inocente se convierte inevitablemente en una cultura más fría, más cínica y más tolerante con el abuso, porque cuando la burla sustituye a la compasión, la deshumanización ya ha empezado.
Hoy el Día de los Inocentes funciona como una metáfora perfecta de nuestro tiempo, un tiempo donde la mentira no es una excepción sino un método, donde la manipulación se presenta con sonrisa, con meme y con “humor”, y donde engañar se normaliza como entretenimiento social, mientras se pierde la memoria de que este día nació para recordar a niños asesinados por el miedo de un gobernante al que nadie puso freno.
Herodes no es solo un personaje histórico, es un patrón humano que se repite a lo largo de los siglos, es la idea de que el poder vale más que la vida, es el cálculo de que el fin justifica los medios, es el discurso que siempre se disfraza de estabilidad, de seguridad o de progreso, y que termina justificando el sacrificio del inocente como “daño colateral”, con otros nombres, otras banderas y las mismas víctimas.
Y esto conecta directamente con nuestro presente, porque hoy existen muchas formas modernas de matar inocentes sin espada ni soldado: la destrucción de la infancia a través de la explotación, la pornografía, la violencia doméstica, la droga, la ideologización precoz, la trata, el abandono, la manipulación y la indiferencia social, todo ello sostenido por una cultura que ha perdido la noción de que el niño no es un objeto ni un instrumento, sino un fin en sí mismo.
El Día de los Santos Inocentes no debería ser un día para engañar, sino un día para despertar, para recordar que los inocentes son siempre los primeros en caer cuando una sociedad pierde su brújula moral, que el poder sin límites no crea orden sino destrucción, y que una civilización que se permite reírse del inocente acaba normalizando también su dolor y su desaparición.
Si hoy seguimos celebrando esta fecha, debería ser al menos con la conciencia de su verdad original: que nació del llanto de las madres, de la sangre de los niños y de la advertencia eterna de hasta dónde puede llegar el poder cuando no reconoce límites, porque una sociedad que olvida a sus inocentes termina olvidando quién es, qué defiende y por qué merece seguir existiendo.
Felipe Pinto.




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