Durante años, una parte importante del debate político español ha querido presentar a José Luis Rodríguez Zapatero como un actor aislado en Venezuela, una figura que actuaba por libre, movida únicamente por afinidades ideológicas o por intereses personales. Sin embargo, la realidad histórica desmonta ese relato. Fue el Gobierno del Partido Popular quien avaló oficialmente que Zapatero ejerciera como mediador europeo ante la crisis venezolana.
En julio de 2016, con Mariano Rajoy al frente del Gobierno y José Manuel García-Margallo como ministro de Asuntos Exteriores, el Ejecutivo español expresó públicamente su respaldo a que la Unión Europea impulsara a Zapatero como enviado especial para Venezuela. No fue una especulación ni una maniobra escondida. Fue una posición pública, conocida y asumida por el Gobierno de España.
Aunque ya sin mayoría absoluta, el Partido Popular seguía al mando del Gobierno y de la acción exterior del Estado. Nadie obligó al PP a avalar a Zapatero; lo hizo porque quiso.
Las declaraciones oficiales no dejaron demasiadas dudas. El Gobierno estaba dispuesto a apoyar cualquier iniciativa de mediación. Traducido al lenguaje político real: el Partido Popular entendía que Zapatero era la figura válida, útil y adecuada para intentar abrir una vía de diálogo en Venezuela.
Y aquí aparece una verdad incómoda que muchos prefieren silenciar: cuando se trata de protegerse entre sí, el bipartidismo siempre acaba encontrándose. En público discuten, se insultan y escenifican enfrentamientos irreconciliables. Pero cuando llega la hora de repartirse instituciones, proteger trayectorias políticas o darse cobertura mutua, PP y PSOE vuelven a reconocerse como socios naturales del sistema.
Porque no deja de resultar revelador que un Gobierno del Partido Popular eligiera como interlocutor internacional a uno de los grandes símbolos del socialismo español. Mientras en España vendían confrontación, fuera de España colaboraban con absoluta normalidad.
Y hoy asistimos a nuevas escenificaciones. Mucho entregar llaves de ciudades, homenajes y reconocimientos a María Corina Machado, mucho gesto solemne y mucha fotografía. Pero convendría no olvidar que antes avalaron el envío de Rodríguez Zapatero a Venezuela como interlocutor, como también se homenajeó a Gustavo Petro, exintegrante del M-19 y referente de la izquierda radical latinoamericana. La memoria selectiva vuelve a funcionar cuando conviene.
Aquello no fue solo una decisión diplomática. Fue también una fotografía del régimen de alternancia que durante décadas han protagonizado PP y PSOE: turnarse el poder, criticarse de cara al electorado y auxiliarse cuando conviene. Hoy unos fingen indignación con Zapatero. Ayer otros lo promocionaban institucionalmente.
La hemeroteca vuelve a hablar claro. Quienes ahora utilizan Venezuela como arma política deberían explicar por qué entonces bendijeron a quien hoy señalan. Porque la memoria selectiva puede servir para un titular, pero no resiste los hechos.
Lo sucedido demuestra que muchas veces el verdadero muro no separa izquierda y derecha tradicional, sino a los ciudadanos de una élite política que se protege a sí misma bajo distintas siglas.
La verdad quedó escrita. Una vez más, el Partido Popular: lanza la piedra, esconde la mano y después niega la evidencia. Y el bipartidismo, como casi siempre, cerrando filas cuando le conviene.
Felipe Pinto.







