"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
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sábado, 14 de febrero de 2026

LAS DOCTRINAS PROGRESISTAS ACERCAN A LA HUMANIDAD AL ESCENARIO DESCRITO EN LAS PROFECÍAS

Durante años, hablar de profecías ha sido considerado un ejercicio marginal, propio de mentes supersticiosas o de discursos catastrofistas. Sin embargo, lo que hoy sucede en Occidente obliga a replantear ese prejuicio. No porque estemos ante el fin del mundo, sino porque la humanidad parece colocarse, de manera consciente y progresiva, en el escenario moral y espiritual que distintas profecías —procedentes de tradiciones, épocas y contextos muy distintos— describieron con sorprendente precisión.


Las grandes advertencias espirituales nunca hablaron de meteoritos ni de destrucciones súbitas del planeta, ni de un apocalipsis cinematográfico. Hablaron de algo mucho más incómodo: la confusión entre el bien y el mal, la pérdida del sentido de la verdad, la negación de la naturaleza humana y la sustitución de la realidad por el poder. Ese es el núcleo del problema actual, y es también el punto donde coinciden profecías que no se copiaron entre sí ni comparten lenguaje teológico.

Las apariciones marianas de Fátima, Lourdes y Garabandal no anunciaron el colapso físico del mundo, sino el colapso interior de una civilización que, habiendo conocido la verdad sobre el ser humano, decide abandonarla. Fátima advirtió de guerras ideológicas y de naciones extraviadas cuando se rompe la referencia moral; Lourdes llamó a la conversión personal como último dique antes de la descomposición; Garabandal fue más lejos al señalar la confusión generalizada, incluso dentro de la propia Iglesia, y la normalización del mal como algo socialmente aceptable. En las tres aparece el mismo hilo: leyes injustas presentadas como progreso, sociedades que llaman bien al mal y mal al bien, y una humanidad que pretende organizarse prescindiendo de cualquier límite moral objetivo.

Ese diagnóstico no se limita al ámbito religioso. En el siglo XVI, Nostradamus describió tiempos en los que las leyes violarían el orden antiguo, el pueblo sería engañado por palabras dulces y el poder se sostendría más en el relato que en la verdad. No hablaba de democracias modernas ni de ideologías contemporáneas, pero sí de un patrón recurrente: cuando el lenguaje se utiliza para invertir el significado de las cosas y la norma se separa de la justicia, la sociedad entra en una fase de decadencia que se disfraza de avance.

Siglos después, la visionaria búlgara Baba Vanga, ciega desde la infancia, habló de un tiempo en el que el ser humano “jugaría a ser Dios”, en el que no se sabría distinguir el bien del mal y en el que Europa, el continente antiguo, sufriría un vaciamiento espiritual profundo. Más allá del folclore que rodea su figura, el núcleo de sus advertencias coincide de nuevo con el mismo diagnóstico: no una catástrofe externa inmediata, sino una descomposición moral provocada por la soberbia de creer que todo puede redefinirse sin consecuencias.

Cuando se ponen en paralelo estas cinco fuentes —marianas y no marianas, religiosas y profanas— el resultado es incómodo por su coherencia. Todas describen guerras ideológicas más que conflictos militares clásicos; todas alertan de legislaciones sin referencia moral; todas hablan de la negación de la naturaleza y del hombre erigiéndose en medida absoluta de todas las cosas; todas señalan la confusión como rasgo dominante de la época; y todas coinciden en que el colapso empieza dentro, antes de manifestarse fuera.

Ese retrato encaja hoy con una precisión inquietante. Las doctrinas progresistas contemporáneas, especialmente las englobadas bajo el paraguas de lo “woke”, no son simplemente una opción política más. Constituyen una cosmovisión completa, una antropología alternativa que cuestiona los fundamentos mismos de la ley natural. En ese marco ideológico, el ser humano deja de ser una realidad recibida para convertirse en un proyecto autoconstruido; el cuerpo pierde su significado propio; la biología se subordina al deseo; la verdad se sustituye por el consenso y, cuando este falla, por la imposición legal. El lenguaje se convierte en herramienta de ingeniería social y el disidente pasa de estar equivocado a ser señalado como peligroso.

No se trata de reformas sociales puntuales, sino de una redefinición radical de lo humano. Y es ahí donde las profecías cobran sentido. No porque “predijeran” estas ideologías concretas, sino porque describieron las consecuencias inevitables de negar la ley natural: desorientación moral, fragmentación social, pérdida de referentes, fragilidad psicológica y una necesidad creciente de control político para sostener un edificio que ya no se mantiene por sí mismo.

Europa aparece reiteradamente señalada en estas lecturas proféticas no como enemiga, sino como termómetro. Fue el corazón espiritual de Occidente, el lugar donde se articularon conceptos como dignidad humana, conciencia, responsabilidad y límite moral. Hoy es también el laboratorio más avanzado de una civilización que pretende sobrevivir negando esas mismas raíces. No mediante persecuciones violentas, sino a través de algo más eficaz: la irrelevancia forzada de la verdad, el buenismo antinatura y la ridiculización sistemática de cualquier referencia trascendente.

España ocupa un lugar especialmente simbólico en este proceso. Históricamente fue frontera, reserva espiritual y escenario de tensiones extremas entre fe y negación de la fe. Hoy se ha convertido en uno de los espacios donde la ingeniería social progresa con mayor rapidez, no porque un dirigente concreto “cause” nada sobrenatural, sino porque determinados gobiernos encarnan políticamente esta fase histórica. El Ejecutivo encabezado por Pedro Sánchez, con la complicidad de todos sus socios de gobierno  y de un PP sumiso e, históricamente, continuador de sus políticas, es un ejemplo claro de ese alineamiento con la Agenda 2030 y con una visión del progreso que legisla de espaldas a la ley natural, presenta como derechos lo que atenta contra la biología y la vida, y confunde compasión con negación de la realidad.

Este patrón no es exclusivo de España. Líderes de la Comunidad Europea, así como otros de América como Obama o Joe Biden en Estados Unidos, han impulsado la misma agenda desde el poder, revestida de lenguaje moral y de un humanitarismo que, en la práctica, vacía de contenido la noción misma de verdad Es el “buenismo” elevado a sistema: palabras dulces que prometen inclusión mientras desmantelan los fundamentos que sostienen a la persona y a la sociedad. Exactamente el escenario que Nostradamus describía cuando hablaba de pueblos engañados por discursos agradables y de leyes separadas de la justicia.

Las profecías no hablan de nombres propios ni de partidos, sino de épocas. Y una época en la que se presenta como progreso la negación de la biología, como derecho la destrucción de la vida, como libertad la censura del disidente y como compasión la mentira institucionalizada encaja plenamente en el escenario descrito por todas ellas. No porque exista un castigo divino arbitrario, sino porque vivir contra la realidad tiene consecuencias.

Aquí reside el error fundamental de muchas interpretaciones: pensar que las profecías anuncian una venganza sobrenatural. En realidad, anuncian algo mucho más serio y verificable: que una civilización que rompe con el orden natural acaba colapsando desde dentro. Siempre ha sido así en la historia. La diferencia es que hoy ese proceso se reviste de retórica inclusiva, de superioridad moral y de una certeza dogmática que no admite disidencia.
Por eso no es correcto afirmar que las doctrinas progresistas “crean” las profecías ni que las “aceleran” mecánicamente. Lo que hacen es acercar a la humanidad al escenario que esas profecías describen, colocando a la sociedad en el punto exacto donde la mentira ya no puede sostenerse sin coerción, donde la confusión se vuelve estructural y donde cada individuo se ve obligado a enfrentarse a la verdad sobre sí mismo.

Ese es el verdadero sentido del llamado “final de los tiempos”: no el fin del mundo, sino el final de una huida colectiva de la realidad. El momento en que las máscaras caen, los relatos se agotan y la conciencia ya no puede delegarse en ideologías ni en poderes externos. La pregunta decisiva no es si las profecías se cumplirán, sino si la humanidad sabrá reconocer las señales antes de que las consecuencias sean irreversibles. Porque cuando una civilización decide vivir contra la ley natural, no avanza hacia un futuro mejor. Camina, con paso firme, hacia su propio exterminio y hacia su propia disolución.

Felipe Pinto. 

viernes, 13 de febrero de 2026

ENCUENTRO CON MI PADRE EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO (1926/2026)

Aunque solo sea un sueño, a veces me parece que está ahí, mirándome fijamente y yo no puedo dejar de pensar en que le llenaría de besos para después escucharle y aprender de él, oportunidad que, estando él en vida, no aproveché.

¿Me estaré volviendo loco?

No sé, a veces me da por imaginarme que entablo una conversación con él sobre lo que estamos viviendo a día de hoy en España, toda esta barbaridad en la que estamos sumidos y que resulta, ciertamente, una terrorífica pesadilla. 

Al comentarle mi inquietud ante el oscuro espectro político y social que vivimos, le observo, triste, disgustado, más bien, yo diría que muy cabreado.

Menos mal que te has librado de todo este horror, le digo, con el sufrimiento que siempre padeciste recordando tu niñez en guerra, donde perdiste a tu padre, brutalmente asesinado y tu sabio temor de una repetición de los hechos, ya vivir esto de nuevo, hubiera sido muy cruel.

— "¿Es que nadie os dais cuenta? Estáis como otros estuvimos en el 36 del pasado siglo. Esta gente os lleva a la hecatombe económica y a la más alta degradación moral, eso si no estalla otra guerra civil, y no sabéis lo que es, no lo habéis vivido..."

Tu, papá, si lo viviste entre tus 10 y tus 13 años, y se que los recuerdos se te quedaron grabados para siempre: los paseíllos hacia la muerte de familiares, amigos de la familia y vecinos. También los forzados viajes junto a tu madre y hermanos para cambiar de lugar de residencia y así escapar de la barbarie “roja”.

Siempre nos hablabas del furibundo odio que se presenciaba en las calles, con iglesias en llamas y el pavor reflejado en las caras de la gente buena... 

Nunca olvidaste todo ésto que tanto te marcó, aunque después te llegarían tiempos de bonanza en los que tu madre, tus hermanos y tú salisteis adelante, en gran parte, debido a vuestro esfuerzo y con la pequeña ayuda que recibistéis de un compañero y gran amigo del abuelo, ese que después llegaría a ser Almirante y Presidente del Gobierno y que también fue asesinado por el terrorismo rojo.

En parte me alegro, papá, de que hayas partido y no tengas que volver a sufrir en tu España, esa que tanto adorabas, lo que vuelven a intentar implantar los socialistas y comunistas, con la inacción de una gran parte de una derecha que se hace pasar por honrada e inofensiva a la que ya se le va cayendo la máscara, dejando tibieza y corrupción reflejadas en el nuevo rostro que asoma, no sin antes habernos llevado con sus mentiras e ineptitud para gestionar, a esta progresía mortal que nos está dirigiendo al caos total.

Le pregunto como lo ve él y me responde enseguida.

— "Lo peor no fue el odio. Fue la cobardía de los que decían no ser malos".

Me imagino que desde Arriba lo estarás presenciando todo aunque en otra dimensión distinta a la nuestra y todo el odio que estamos sintiendo y sufriendo por parte de los enemigos de Dios y de España, desde allí lo estaréis viviendo de una manera más pura y menos rencorosa, con resignación, con amor y perdonando, algo que en la Tierra nos cuesta mucho sentir y realizar.

Antes de decirte, hasta luego, quiero pedirte otro favor, uno más de todos los que continuamente te pido, pero esta vez creo que es más importante que los anteriores: Protégenos desde el Cielo, de esta horrible plaga antinatura y sobre todo, de toda la barbarie comunista que nos asola, para que podamos evitar que nos lleve a sufrir la esclavitud y la miseria que porta este tipo de sinrazón; danos sabiduría y cólmanos de la valentía y el coraje suficiente como el que tu siempre demostraste y que ya antes, nuestros antepasados llevaron en las venas, para que así podamos superar de nuevo todas las adversidades. 

Ahora si, hasta pronto y gracias, muchas gracias, papá, te quiero y te querré siempre.

¡VIVA CRISTO, REY EN LA CRUZ Y ARRIBA ESPAÑA!

Felipe Pinto. 

PEDRO SÁNCHEZ NECESITA FIGURANTES PARA SIMULAR APOYO POPULAR

Hay imágenes que no solo ilustran una escena, sino que delatan un estado de ánimo. Y hay actitudes políticas que, repetidas en el tiempo, dejan de ser prudencia para convertirse en miedo. Eso es exactamente lo que ocurre con Pedro Sánchez y su relación con la calle: no es distancia institucional, es pánico al rechazo público.


No se trata de una percepción subjetiva ni de una exageración retórica. En las últimas ocasiones en las que Sánchez se ha expuesto mínimamente a un contacto no controlado con ciudadanos, el resultado ha sido el mismo: abucheos, gritos de protesta y escenas de tensión que han dado la vuelta a las redes y a los medios. Esa realidad explica todo lo que ha venido después.

Desde entonces, el presidente ha optado por una huida sistemática del contacto real con la gente. Sus apariciones públicas se han transformado en actos blindados, con perímetros de seguridad desproporcionados, accesos filtrados y ciudadanos mantenidos a gran distancia. 
La calle ya no es un espacio democrático, sino un riesgo que hay que neutralizar. No gobierna entre españoles; se esconde de ellos.

El miedo no es teórico. En episodios recientes, como su presencia en Paiporta durante la DANA, el rechazo vecinal fue tan evidente que obligó a extremar la protección y a reducir al mínimo la exposición. En otros contextos, como desfiles militares o actos institucionales, los abucheos han sido tan notorios que han terminado por confirmar lo que ya era evidente: Sánchez no soporta enfrentarse a un público no controlado.
Ese temor explica también ausencias cada vez más llamativas. Tras el grave accidente ferroviario de Adamuz, el presidente acudió al lugar exacto solo cuando se garantizó que no habría ciudadanos alrededor. No hubo contacto con familiares, no hubo presencia en funerales, no hubo acompañamiento público. No por discreción, sino por evitar el abucheo, por no exponerse al rechazo que hoy genera su figura. Un presidente que no acompaña a las víctimas por miedo a la reacción social ha cruzado una línea moral muy difícil de justificar.

Dentro del perímetro “seguro”, sin embargo, el guion cambia. Allí sí hay sonrisas, aplausos y gestos de entusiasmo. Pero no son espontáneos. Son fabricados. El entorno humano se selecciona con precisión quirúrgica y se repite acto tras acto. Las mismas personas aparecen una y otra vez en ciudades distintas, ocupando posiciones estratégicas alrededor del presidente para garantizar que la cámara capture apoyo y no rechazo.

La repetición de rostros ha desmontado definitivamente el relato del “baño de masas”. No son vecinos circunstanciales ni ciudadanos que se cruzan con el presidente por azar. Son figurantes políticos, colocados para simular cercanía donde ya no la hay. El entusiasmo no es real; es funcional. Sirve para construir una imagen que oculte la realidad.

El apretón de manos amplificado por móviles en alto y sonrisas forzadas no busca escuchar a nadie. No hay diálogo ni interés real por los problemas del ciudadano. Hay puesta en escena. Hay propaganda. Hay una política reducida a marketing visual, donde la gestión desaparece y solo importa el encuadre.
Mientras tanto, fuera del decorado, la situación del país se deteriora. El campo está asfixiado, las familias pierden poder adquisitivo, la inseguridad crece y la cohesión nacional se debilita. Pero nada de eso aparece en la foto. La teatralización sirve precisamente para ocultar la falta de respuestas, para tapar el vacío con gestos huecos.

Lo verdaderamente relevante no es el saludo ni el instante congelado por una cámara. Lo relevante es la coreografía completa que lo rodea. Nada es casual. Todo está calculado. Estamos ante un ejemplo claro de política performativa: fabricar la ilusión de apoyo allí donde el respaldo social se ha evaporado. Un presidente que necesita figurantes para aparentar cercanía no gobierna desde la autoridad, sino desde el miedo al abucheo.

Y eso es lo más grave de todo. Porque no estamos hablando solo de una mala estrategia de comunicación, sino de una degradación del cargo. Un presidente que evita funerales, que huye de la calle, que se rodea de figurantes y vallas para no escuchar lo que piensan los ciudadanos, no representa fortaleza ni liderazgo. Representa desconexión, temor y agotamiento político.

En definitiva, lo que muestran estas escenas es una vergüenza institucional: un poder que ya no se atreve a mirarse en el espejo de la sociedad real. Cuanto más teatro necesita, más evidente resulta la distancia insalvable entre el presidente y los españoles.

Felipe Pinto. 

jueves, 12 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD CIVIL MUESTRA SU APOYO AL CAMPO ESPAÑOL


Madrid vivió ayer algo que va mucho más allá de una simple protesta sectorial. Miles de tractores, agricultores, ganaderos y profesionales de la pesca entraron en la capital desde distintos puntos de España para denunciar una situación límite, y lo verdaderamente relevante no fue el colapso circulatorio, sino la reacción social. Frente a la caricatura habitual, la sociedad civil madrileña respondió con paciencia, comprensión y apoyo. Porque cada vez son más los españoles que entienden que el ataque al campo no es un problema ajeno, sino una agresión directa a la economía real, a la soberanía alimentaria y al futuro del país.


La movilización desmontó definitivamente el relato oficial. Durante años, el bipartidismo ha intentado presentar el malestar del sector primario como exagerado o interesado. Ayer quedó claro que no hay histeria ni privilegios: hay agricultores, ganaderos y pescadores asfixiados por normas imposibles, costes disparados y decisiones políticas tomadas de espaldas a la realidad productiva. Lo que colapsó Madrid no fue el tráfico, sino la mentira de que todo funciona.

En el centro de esta crisis se encuentra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, un pacto impulsado durante años por las élites políticas europeas con el respaldo activo del bipartidismo español. Tanto el PSOE como el PP han sido corresponsables de allanar el camino a este acuerdo gracias a sus relaciones privilegiadas en Bruselas y su sumisión a una política comercial que sacrifica al productor nacional en beneficio de intereses globalistas.

Conviene aclararlo con precisión: el acuerdo no está todavía ratificado definitivamente, pero eso no exonera a nadie. Las últimas votaciones en el Parlamento Europeo, en las que se decidió remitir el texto al Tribunal de Justicia de la Unión Europea para evaluar su encaje legal, han evidenciado divisiones internas, incluso dentro del Grupo Popular Europeo. Algunos eurodiputados populares votaron en contra, generando una apariencia de rectificación. Sin embargo, esta maniobra es, en la práctica, unilateral y de escaso impacto inmediato: no supone una ruptura real con el acuerdo ni una defensa efectiva del campo, sino un movimiento táctico que no cambia el fondo del problema.

Lo esencial sigue intacto: durante años, socialistas y populares han sostenido el avance de un tratado que permite la entrada de productos agrícolas y cárnicos procedentes de terceros países sin exigirles los mismos estándares sanitarios, laborales y medioambientales que se imponen al productor español. Eso no es libre comercio, es competencia desleal institucionalizada. Mientras al agricultor y al ganadero se les exige cada vez más, se les condena a competir contra productos más baratos porque no cumplen las normas que aquí son obligatorias.

Las consecuencias no recaerán solo sobre el sector primario. Las sufrirá el consumidor, que verá desaparecer la producción nacional y cómo se normaliza la entrada de alimentos de menor calidad y menor control. Las sufrirá el mundo rural, condenado al cierre de explotaciones y al despoblamiento. Y las sufrirá España en su conjunto, al perder su capacidad de producir lo que consume y depender de terceros países para algo tan básico como la alimentación.
El ministro de Agricultura, Luis Planas, simboliza esta política de abandono: obediencia ciega a Bruselas, silencio ante el sector y ninguna voluntad real de defensa. Pero el mensaje de ayer también interpela directamente a la oposición. El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no puede esconderse tras votaciones parciales o gestos ambiguos mientras su partido ha sido pieza clave en el engranaje europeo que ha conducido a esta situación. El campo ya no acepta dobles discursos ni rectificaciones de última hora.

La movilización de Madrid no fue un punto final, sino un aviso serio. El sector primario ha demostrado que está organizado, que cuenta con respaldo social y que no va a desaparecer en silencio mientras el bipartidismo decide su futuro en despachos lejanos. Si no hay una negociación real, inmediata y con compromisos firmes, las protestas continuarán y se intensificarán. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de agricultores, ganaderos y pescadores, sino la soberanía alimentaria de España y el derecho de los españoles a vivir de su trabajo.

Ayer Madrid habló claro. La sociedad civil tomó partido. Y lo hizo del lado del campo español.

Felipe Pinto. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

¿EN QUÉ HA DEJADO PEDRO SÁNCHEZ AL PSOE?


Lo que está ocurriendo en el Partido Socialista Obrero Español en estos días está marcando un punto de no retorno. No es una polémica puntual ni un exceso verbal de la oposición: es la constatación definitiva de hasta dónde está dispuesto a llegar Pedro Sánchez con tal de aferrarse al poder, aunque para ello tenga que dinamitar cualquier límite moral, político o democrático que todavía algunos de sus seguidores creían ver en esas siglas.

La excarcelación de Cheroqui, histórico jefe de ETA, responsable directo de una larga cadena de asesinatos —entre los cuales al menos veinte fueron cometidos personalmente por él— y condenado a más de cuatrocientos años de prisión, no admite eufemismos ni coartadas técnicas. No es una decisión administrativa ni un trámite judicial inevitable: es una cesión política consciente, asumida y aceptada como precio a pagar para sostener una mayoría parlamentaria artificial. Y resulta todavía más obsceno que esa decisión haya sido firmada por una consejera del Gobierno vasco perteneciente al propio Partido Socialista.

Este hecho, por sí solo, debería haber provocado una crisis política de primer orden. Sin embargo, en el PSOE actual se despacha con silencio, complicidad y disciplina de partido. Ese es el nivel real del deterioro. Un partido que durante décadas ha utilizado un discurso de superioridad moral hoy se apoya sin rubor en quienes jamás han condenado el terrorismo y siguen justificando décadas de terror en España. Pactar con EH Bildu no es pragmatismo: es blanqueamiento moral y político del entorno de ETA.

El contraste con lo que muchos identificaban como el socialismo de Felipe González resulta especialmente revelador, no porque aquel socialismo fuera ejemplar, sino porque ni siquiera desde dentro del propio PSOE histórico se acepta ya la deriva actual. Sus declaraciones recientes han supuesto un auténtico terremoto: ha afirmado que mientras Pedro Sánchez continúe en el Gobierno no votará al PSOE ni a ningún otro partido. Su voto será en blanco. No por equidistancia ni por cansancio, sino por rechazo frontal a lo que hoy representan esas siglas.

Felipe González ha ido aún más lejos al marcar una línea que el sanchismo ha borrado deliberadamente. Ha dicho que no pactaría con Vox porque es la antítesis del socialismo, pero que a una distancia abismal, infinitamente mayor, queda cualquier posibilidad de pacto con EH Bildu, a quienes ha señalado sin rodeos como terroristas. Que esto lo diga quien fue presidente del Gobierno durante catorce años no es una anécdota: es una desautorización total al PSOE actual desde dentro de su propia historia.

Porque, ¿qué queda hoy del Partido Socialista Obrero Español? ¿Dónde está lo obrero cuando los trabajadores pierden poder adquisitivo, la clase media se empobrece y España encabeza los índices de precariedad laboral? ¿Dónde está lo socialista cuando la desigualdad crece entre ciudadanos —primero los políticos, luego el resto— y entre territorios, con privilegios evidentes para Cataluña frente al conjunto de las comunidades autónomas? No hay igualdad, no hay justicia social y no hay cohesión nacional.

Lo que sí hay es un presidente dispuesto a pactar con separatistas, con quienes quieren desintegrar España y con quienes jamás han pedido perdón por los asesinatos. Un presidente que ha convertido el Estado en moneda de cambio y el poder en un fin en sí mismo. No fue casual aquella expresión pronunciada en un acto socialista cuando se dijo que Pedro Sánchez era “el puto amo”. Felipe González lo explicó con crudeza: para que exista un amo, tiene que haber siervos. Y eso es exactamente en lo que ha convertido a su partido.

Mientras tanto, el voto obrero —ese al que el PSOE dice representar— huye. Se escapa de una izquierda que ha engañado sistemáticamente a los trabajadores y se refugia en opciones que hablan claro, sin complejos y sin pactos vergonzantes. El trasvase hacia Vox no es una moda ni una manipulación: es la consecuencia lógica del abandono, del engaño y del hartazgo acumulado.

La pregunta ya no es si el PSOE ha cambiado. La pregunta es en qué ha dejado Pedro Sánchez al PSOE. Y partiendo de la base de que nunca existió un socialismo bueno, sino más bien todo lo contrario, la respuesta es tan dura como evidente: lo ha dejado sin sus ya dudosos principios, sin memoria, sin el escaso resquicio de alma que pudiera conservar y hasta sin sus propias siglas.

Felipe Pinto.