"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

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viernes, 1 de mayo de 2026

DEL "MATALEÓN" A PEDRO SÁNCHEZ: SU CONEXIÓN CON EL ENCHUFISMO

Hace unos días se vivió una escena llamativa en la entrada de Los Peñascales, urbanización que comparten los municipios de Torrelodones y Las Rozas. Hasta allí acudió Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, para visitar una cafetería de la zona. La acompañaban varias personas de su entorno, entre ellas Lourdes Solís Toledo, amiga desde la juventud.

Lo que parecía un encuentro discreto cambió de tono cuando el periodista Vito Quiles se presentó por sorpresa para formular preguntas sobre asuntos polémicos que rodean a la esposa del presidente. A partir de ese momento, las imágenes difundidas por distintos medios muestran un episodio tenso: Lourdes Solís interviene de forma violenta, llegando a sujetar por detrás al periodista en lo que muchos han identificado como un intento de inmovilización similar a la técnica conocida como “mataleón”.

El episodio, más allá de lo anecdótico o lo visual, ha servido para poner el foco sobre quién es realmente Lourdes Solís y cuál es su relación con el entorno más cercano del presidente del Gobierno. Para entenderlo, hay que retroceder años atrás, a la etapa de juventud en la que tanto ella como Begoña Gómez compartían círculo social en la zona noroeste de Madrid. Aquellas pandillas de jóvenes, habituales en la época, terminaron confluyendo en grupos más amplios donde surgieron relaciones personales que, con el tiempo, evolucionaron.

En paralelo, en otro grupo de jóvenes distinto, dentro de las pandillas de Torrelodones y Los Peñascales, se encontraba Juan Martorell Aroca. Durante un tiempo, en el entorno de la "pandi" se comentaba la ausencia de Juan y otro de sus miembros, atribuyéndolo a nuevos ligues que habían surgido fuera del círculo habitual, concretamente en la zona de Pozuelo. Fue en ese contexto donde Juan Martorell inició su relación con Lourdes Solís Toledo, mientras que la amiga de ésta, Begoña Gómez, mantenía a su vez una relación con un amigo de Martorell. Con el paso del tiempo, aquella relación se rompería, mientras que la de Martorell y Solís se consolidaría hasta el punto de formar una familia.

Décadas después, ya con Pedro Sánchez al frente del Gobierno, la trayectoria profesional de Juan Martorell experimenta un giro significativo. Tras años vinculado a la docencia en educación física, incluyendo colaboraciones académicas y la obtención de un doctorado en el ámbito deportivo, accede en 2018 a un puesto como director adjunto del Gabinete del Consejo Superior de Deportes. Un nombramiento que, por su naturaleza, corresponde a la libre designación.

Este tipo de cargos —frecuentemente bajo la denominación de “adjunto”— forman parte de la estructura habitual de la administración, pero también han sido objeto de crítica política cuando se perciben como vinculados a relaciones personales o de proximidad con el poder. En paralelo, Lourdes Solís adquiere protagonismo en el ámbito local, asumiendo responsabilidades dentro del PSOE en Torrelodones.

Es en ese punto donde surge la interpretación política: la coincidencia entre vínculos personales de largo recorrido y determinados nombramientos o responsabilidades públicas alimenta el debate sobre hasta qué punto en España persisten dinámicas de afinidad y cercanía en el acceso a determinados puestos.

El episodio del “mataleón”, convertido ya en símbolo mediático, no es un hecho aislado ni una simple anécdota: es la expresión visible de una forma de actuar ligada a los círculos de poder. La violencia física empleada contra un periodista por hacer su trabajo no admite justificación alguna y merece una condena rotunda. No estamos ante un arrebato, sino ante una actitud de intimidación que pretende silenciar preguntas incómodas. Y cuando esa reacción procede de entornos estrechamente vinculados al poder político, la gravedad es aún mayor. Porque “del mataleón a Pedro Sánchez: la conexión con el enchufismo” no es solo un título, es una realidad que apunta a un mismo patrón: relaciones personales que derivan en privilegios, nombramientos y comportamientos impropios de una democracia plena. Este episodio, además de retratar una agresión, refuerza la percepción de que existe un sistema donde la cercanía al poder no solo abre puertas, sino que también parece otorgar una sensación de impunidad. Y eso es, en esencia, otra manifestación de la corrupción que muchos ciudadanos perciben y denuncian cada día.

Felipe Pinto


martes, 28 de abril de 2026

PRIORIDAD NACIONAL: AYUDAS A CAMBIO DE SERVICIOS A LA COMUNIDAD


Cada vez más españoles perciben una realidad incómoda que durante años se ha intentado ocultar: una cosa es ayudar a quien verdaderamente lo necesita y otra muy distinta utilizar el dinero público para crear redes de dependencia política. La solidaridad bien entendida dignifica. El clientelismo degrada la democracia.

España no puede seguir instalada en un modelo donde determinadas ayudas, subsidios y prestaciones se entregan sin exigir responsabilidad alguna a quienes sí están en condiciones de aportar. Y tampoco puede tolerarse que esas ayudas se conviertan en una herramienta electoral al servicio del poder.

Muchos ciudadanos tienen la sensación de que el actual Gobierno de Pedro Sánchez ha entendido una parte del sistema asistencial no como un mecanismo temporal de protección social, sino como un auténtico caladero de votos cautivos. Cuantas más personas dependan del subsidio, más fácil resulta presentarse después como salvador imprescindible. Es una fórmula vieja: generar necesidad para después administrar dependencia.

Mientras tanto, el país sigue acumulando carencias evidentes. Montes abandonados que arden en verano, barrios deteriorados, caminos rurales sin mantener, ancianos que viven solos, dependientes que necesitan compañía, servicios locales desbordados y miles de tareas útiles que beneficiarían al conjunto de la nación.

La respuesta lógica no es eliminar ayudas, sino transformarlas. Quien reciba determinadas prestaciones y esté capacitado debería corresponder con servicios a la comunidad. Labores de desbroce y limpieza forestal, mantenimiento de espacios públicos, apoyo logístico municipal, acompañamiento a mayores en soledad, colaboración con bancos de alimentos o ayuda social básica bajo supervisión profesional.

Quien no pueda realizar tareas físicas podría desempeñar otras igualmente necesarias: compañía a ancianos, apoyo en centros sociales, gestiones sencillas o asistencia comunitaria adaptada. Se trata de convertir el subsidio en una herramienta de integración y utilidad pública, no en una paga sin rumbo.

Además, este sistema rompería la cultura de la pasividad que tanto daño hace. El trabajo, aunque sea comunitario y temporal, devuelve hábitos, autoestima, responsabilidad y vínculo con la sociedad. Cobra quien lo necesita, sí, pero también contribuye quien puede hacerlo.

Naturalmente, deben quedar excluidos quienes realmente no puedan trabajar: enfermos graves, discapacitados severos, dependientes o mayores sin autonomía. La justicia consiste en distinguir entre imposibilidad real y simple comodidad subvencionada.

La prioridad nacional exige otra filosofía: proteger primero a nuestros ciudadanos vulnerables, administrar con rigor cada euro público y evitar que las ayudas sean usadas como herramienta partidista.

Menos clientelismo electoral. Menos votos comprados con subsidios. Más manos limpiando montes, cuidando mayores y mejorando España.

Eso sí sería justicia social de verdad.

Felipe Pinto. 

lunes, 27 de abril de 2026

LA IGLESIA ACTUAL ES UNA VERGÜENZA PARA EL CRISTIANISMO

Cada vez somos más los españoles que contemplamos con tristeza cómo una institución que durante siglos representó la fe, la tradición y una parte esencial del alma de España parece hoy atrapada en la confusión, la tibieza y el acomodo. La Iglesia, que debería ser faro moral y guía espiritual transmite demasiadas veces la imagen de una estructura burocrática temerosa de incomodar al poder y obsesionada con agradar a quienes jamás respetarán aquello que el cristianismo representa.

La Iglesia no puede estar para repetir consignas ideológicas de moda ni para adaptarse dócilmente a cada corriente política dominante. Tiene que estar para anunciar la verdad cristiana, para defender la vida desde su inicio hasta su final natural, para proteger a la familia, para sostener a los débiles y para recordar que una nación sin raíces acaba siendo un pueblo sin alma. Sin embargo, estamos asistiendo al bochornoso espectáculo de una jerarquía silenciosa ante leyes gravísimas, prudente hasta el extremo frente a los ataques a la fe y sorprendentemente complaciente con quienes promueven una agenda frontalmente contraria a su propia doctrina.

Resulta incomprensible para muchos creyentes que se busquen entendimientos, gestos o cercanías con fuerzas políticas que defienden el aborto como derecho, la eutanasia como avance social y una concepción utilitarista de la vida humana. Si la Iglesia considera sagrada toda vida, desde el concebido no nacido hasta el anciano enfermo o dependiente, no puede transmitir la sensación de contemporizar con quienes impulsan justamente lo contrario. Cuando calla, duda o se muestra ambigua en cuestiones esenciales, no parece misericordiosa, parece rendida al poder establecido. 

Lo más doloroso es comprobar además cómo algunos sectores eclesiales parecen blanquear o justificar a herederos ideológicos de quienes persiguieron a los creyentes, asesinaron religiosos, antecesores suyos, incendiaron templos y destruyeron símbolos sagrados durante la Guerra Civil Española. Miles de sacerdotes, monjas y laicos fueron asesinados por odio religioso y centenares de iglesias quedaron arrasadas. Que hoy se mire hacia otro lado ante esa memoria resulta para muchos una humillación moral.

Mientras se ridiculizan procesiones, se caricaturiza la fe y se reescribe la historia desde el sectarismo, muchos pastores callan o hablan con una ambigüedad desesperante. Parecen más preocupados por no molestar al poder político que por difundir nuestra doctrina o acompañar a quienes esperan una palabra clara. 

Ese silencio no es prudencia, es renuncia. Esa neutralidad no es caridad, es cobardía institucional.

También sorprende que se hable tanto de grandes causas abstractas y tan poco de los dramas concretos que sufren millones de españoles: la crisis de natalidad, la ruptura familiar, la soledad de los mayores, la pérdida de identidad cultural, la inseguridad creciente o la dificultad de tantos jóvenes para formar un hogar. España necesita una Iglesia cercana al pueblo real, no a las élites ideológicas que la utilizan cuando conviene y la desprecian cuando deja de servir.

El cristianismo nació de la verdad, del sacrificio y del coraje. Jesús de Nazaret no buscó el aplauso del poder ni suavizó su mensaje para resultar simpático a los poderosos de su tiempo. Por eso duele ver cómo quienes deberían custodiar ese legado parecen avergonzarse de él.

La Iglesia católica debe rectificar, recuperar su firmeza, volver a honrar a sus mártires, ponerse a defender sin complejos la vida y estar al lado de sus fieles. Si continúa instalada en la indefinición, muchos seguirán pensando que no ha traicionado solo a una parte de España, sino al propio cristianismo que dice representar.

Felipe Pinto. 

viernes, 24 de abril de 2026

PRIORIDAD NACIONAL: LOS ESPAÑOLES PRIMERO

 Debemos exigir que haya prioridad nacional, seguridad jurídica y defensa de quienes sostienen España.

Mientras el debate político gira en torno a nuevas regularizaciones, fórmulas de arraigo y concesiones migratorias, millones de españoles siguen esperando respuestas a sus problemas reales. 

Esa es la cuestión que muchos intentan ocultar: antes que cualquier experimento ideológico o cálculo electoral, lo primero deberían ser los españoles.

● Primero los pensionistas que han cotizado toda una vida y contemplan con preocupación el futuro del sistema. 

● Primero los jóvenes españoles que no pueden emanciparse porque la vivienda se ha convertido en un lujo inalcanzable. 

● Primero las familias españolas trabajadoras que pagan impuestos cada vez más altos a cambio de servicios públicos saturados. 

● Primero los autónomos y pequeños empresarios españoles que sostienen el empleo pese a la presión fiscal. 

● Primero quienes llevan décadas levantando este país.

El Gobierno de Pedro Sánchez insiste en medidas centradas en facilitar permanencias, ampliar vías de regularización y presentar el arraigo como solución estructural y ningún país serio puede convertir la excepción en norma ni basar su política migratoria en parches continuos mientras descuida a su propia población.

Y lo más llamativo es que parte de la oposición aparenta discrepar, pero termina aceptando el mismo marco mental: discutir procedimientos, plazos o nombres jurídicos, sin atreverse a defender con claridad un principio elemental que muchos ciudadanos sí entienden: los recursos públicos son limitados y deben priorizar a los nacionales.

Españoles primero significa prioridad en empleo, vivienda pública, ayudas sociales, becas, plazas educativas, sanidad y protección social. Significa reconocer que los derechos construidos por generaciones de españoles no pueden tratarse como si hubieran surgido de la nada. Significa respetar a quienes han sostenido el sistema con su trabajo y sus impuestos.

También significa firmeza en seguridad y seguridad jurídica. 

Si el Ejecutivo, a través de iniciativas impulsadas desde el entorno de los ministros Marlasca y Bolaños, promueve cambios que afecten a procesos de regularización de extranjeros inmersos en procedimientos penales o privados de libertad, la ciudadanía tiene derecho a exigir explicaciones claras, límites precisos y máximas garantías legales.

La política migratoria no puede generar dudas sobre si personas pendientes de resolución judicial podrían beneficiarse de ventajas administrativas antes de que los tribunales concluyan su trabajo. 

En un Estado de derecho, el principio debe ser nítido: primero el cumplimiento de la ley, primero las resoluciones judiciales y primero la protección de los ciudadanos.

La inmigración ilegal no puede tener premio, y quien delinque debe responder con todas las consecuencias legales que correspondan. 

España necesita fronteras eficaces, inmigración legal y ordenada, integración exigente y expulsión de delincuentes extranjeros condenados conforme a la ley.

España necesita orden, sentido común y valentía política. No más complejos. No más discursos vacíos. No más ciudadanos de segunda en su propio país. Una nación seria protege primero a los suyos. Y hoy la consigna más justa, más sensata y más urgente es clara: los españoles, primero.

Felipe Pinto. 



jueves, 23 de abril de 2026

LA ESTUPIDEZ ORGANIZADA

Hay algo más peligroso que la maldad abierta: la estupidez voluntaria. La maldad, al menos, suele perseguir un fin reconocible. Busca poder, dinero, privilegios o impunidad. Tiene dirección. Y cuando se descubre su objetivo, puede ser combatida. La estupidez, en cambio, es más dañina porque no necesita pensar: le basta con obedecer.

No hablo de falta de inteligencia, sino de la renuncia a utilizarla. De personas perfectamente capaces de razonar que, sin embargo, delegan su criterio en unas siglas, en un líder o en un relato cómodo. Prefieren que otros piensen por ellas. A cambio reciben seguridad, identidad, consignas sencillas y enemigos señalados. Es una tentación muy humana, pero políticamente devastadora.

Por eso la estupidez pesa más que la maldad. El malvado necesita cómplices; el estúpido se los regala. El corrupto necesita votos; el fanático se los entrega. El autoritario necesita silencio; el obediente se lo concede. Ahí comienza el deterioro de una democracia.

España ofrece hoy ejemplos preocupantes de esa dinámica. Millones de ciudadanos se consideran demócratas y seguramente lo son en su intención. Sin embargo, demasiados toleran prácticas que jamás aceptarían si las protagonizara el adversario político. Se normaliza la ocupación partidista de instituciones, el uso propagandístico del poder, la presión sobre órganos independientes y la política del enfrentamiento permanente.

Bajo el mandato de Pedro Sánchez, muchos observan una estrategia basada en dividir a la sociedad en bloques irreconciliables: izquierda contra derecha, ricos contra pobres, hombres contra mujeres, territorios contra territorios. Y al mismo tiempo, una dependencia del poder sostenida mediante pactos con independentistas, extrema izquierda y otras fuerzas cuyo objetivo político pasa por debilitar el proyecto común de España.

A ello se añade un factor especialmente grave a ojos de muchos ciudadanos: la sombra constante de la corrupción en su entorno más cercano. Cuando aparecen investigados, imputados o señalados judicialmente miembros del entorno político, gubernamental o familiar del presidente, la confianza pública se resiente de forma inevitable. Y cuando, pese a todo ello, se actúa como si nada ocurriera, el mensaje que recibe la sociedad es demoledor: que el poder se protege a sí mismo mientras exige ejemplaridad a los demás.

Pero la estupidez política no pertenece solo a un lado. También se manifiesta cuando se sigue confiando ciegamente en quienes ya fracasaron. Muchos españoles perciben que el Partido Popular, cada vez que gobierna, administra gran parte de la herencia socialista sin desmontar sus estructuras de fondo, y termina devolviendo el poder sin haber impulsado una alternativa real. Ocurrió tras los errores finales de la etapa de José María Aznar y volvió a verse con Mariano Rajoy, cuya pasividad política y el desgaste por la corrupción facilitaron el cambio de ciclo.

Ese es el núcleo del problema: no solo la ambición de quienes buscan el poder a cualquier precio, sino la docilidad de quienes se lo siguen entregando una y otra vez. El corrupto sin votos cae. El sectario sin seguidores fracasa. El incompetente sin respaldo desaparece.

España no necesita ciudadanos enfurecidos, sino despiertos. No necesita creyentes de partido, sino votantes exigentes. Porque la libertad rara vez muere de un golpe; normalmente se apaga cuando demasiados dejan de pensar y otros aprovechan para mandar.

Felipe Pinto.