Hay un mecanismo que se repite con una regularidad tan constante que ya no admite coartadas ni explicaciones alternativas. Víctor de Aldama habla. El Gobierno responde de inmediato tachándolo de bulo, de mentira interesada, de maniobra desesperada de un imputado. El PSOE moviliza su aparato político y mediático para desacreditar al mensajero. Pero el tiempo pasa, la prensa investiga, los datos empiezan a encajar y Aldama reaparece, ya no en declaraciones informales, sino en sede judicial, ratificando lo dicho y aportando nuevos elementos. Y entonces lo que fue presentado como bulo empieza a revelarse como una realidad incómoda para el Ejecutivode Sánchez.
No es una opinión ni una construcción ideológica. Es un patrón objetivo. Cada una de las grandes afirmaciones que Aldama ha ido poniendo sobre la mesa ha seguido el mismo recorrido: negación política inmediata, intento de ridiculización, silencio posterior y, finalmente, confirmación parcial o total a través de investigaciones periodísticas, informes policiales o actuaciones judiciales. Y cuando eso ocurre, el Gobierno no rectifica ni asume responsabilidades: simplemente pasa al siguiente “bulo”.
El caso de los hidrocarburos es el eje central de todo este entramado. Cuando Aldama comenzó a hablar de este asunto, se intentó minimizarlo como un conflicto técnico sin trascendencia política. Hoy es evidente que estamos ante una red compleja de intereses económicos, intermediarios, sociedades opacas y decisiones políticas que no se explican desde la normalidad administrativa. Lo que ayer se negó hoy forma parte del núcleo de una investigación judicial viva.
A partir de ahí, las piezas empiezan a encajar con una lógica inquietante. Venezuela deja de ser una referencia ideológica para convertirse en un actor real dentro del esquema. PDVSA, los contactos políticos de alto nivel, los canales de interlocución privilegiados y la utilización de sectores estratégicos como vía de entrada de dinero e influencia política. Todo esto fue señalado por Aldama cuando aún se hablaba de conspiraciones. Hoy ya nadie discute que esas relaciones existen; lo que se discute es hasta dónde llegan.
En ese mismo ecosistema aparece el rescate de Plus Ultra, una operación sostenida con dinero público, defendida contra toda lógica económica y vinculada al entorno venezolano. Durante meses se negó cualquier irregularidad. Hoy sigue siendo uno de los ejemplos más claros de cómo ciertas decisiones del Gobierno solo se entienden cuando se observan dentro de una red más amplia de intereses y alianzas políticas.
Y en ese punto emerge de forma recurrente la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. No como un actor secundario, sino como intermediario privilegiado entre el régimen de Maduro y el Gobierno de Pedro Sánchez. Su papel como facilitador y legitimador de una relación opaca ha sido documentado y debatido ampliamente. Aldama lo señaló cuando aún se negaba todo. Hoy nadie se atreve a negar ese rol.
En este entramado hay además un elemento que el Gobierno intenta mantener fuera del foco, pero que resulta imprescindible para que todo funcione: el Ministerio de Hacienda. El negocio de los hidrocarburos, por su propia naturaleza, no puede operar al margen del control fiscal, de las autorizaciones, de las inspecciones y de los flujos tributarios. Pensar que una trama de esta magnitud podría desarrollarse sin que Hacienda esté, como mínimo, implicada en su supervisión es sencillamente inverosímil.
Esa conexión se ha hecho todavía más visible en las últimas semanas por la investigación judicial que afecta a la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales), bajo la supervisión directa de María Jesús Montero como titular de Hacienda. Se ha forzado incluso una comisión de investigación en el Senado sobre la SEPI en medio de un caso aún bajo secreto judicial, acusando al Gobierno de haber convertido la entidad en un “cajero automático para pagar favores políticos” —acusaciones que Montero rechaza con insistencia, calificándolas de campaña mediática y negando cualquier responsabilidad política mientras la investigación sigue abierta.
Además, diversos medios han informado de removimientos de altos cargos en la SEPI durante el mandato de Montero, supuestamente para apartar a directivos involucrados en favorecimientos a clientes ligados a investigaciones empresariales, lo que refuerza la percepción de que la entidad no ha estado exenta de problemas.
El mismo esquema se repite con el ministro Ángel Víctor Torres. Cada vez que su nombre aparece vinculado al entramado, la reacción es idéntica: negación, victimismo y acusaciones de bulo. Sin embargo, su posición institucional en momentos clave y su presencia en el perímetro de decisiones políticas estratégicas lo sitúan, como mínimo, en el centro de las responsabilidades políticas que deben ser explicadas. Y eso no se despacha llamando “fake” a quien pregunta.
Todo este entramado fue expuesto con claridad por Carlos Cuesta en el programa Horizonte. Pero lo verdaderamente relevante no fue solo su análisis, sino el consenso explícito del resto de periodistas presentes: lo que se estaba describiendo no eran hechos aislados, sino un sistema reconocible, con lógica interna, en el que el dinero, la política y las relaciones internacionales se entrelazan. No hubo una sola voz que negara la coherencia del esquema.
Y hoy se ha dado un paso más. Aldama ha declarado ante un juez que Delcy Rodríguez le entregó un sobre con información que incrimina la financiación ilegal del Partido Socialista Obrero Español. De nuevo, la reacción del Gobierno ha sido automática: bulo, mentira, invención. Exactamente el mismo reflejo defensivo que en todos los episodios anteriores. Pero con una diferencia esencial: esta afirmación se produce en sede judicial, bajo las consecuencias penales de mentir ante un juez, y por alguien cuyas declaraciones previas han ido encontrando respaldo en los hechos.
A estas alturas, el problema del PSOE ya no es Aldama. El problema es la acumulación de realidad. Porque cada “bulo” dura cada vez menos. Porque lo que ayer se negaba hoy se investiga y mañana se judicializa. Porque el tiempo juega siempre en la misma dirección.
Y cuando se amplía el foco, el cuadro resulta demoledor. No hablamos de un caso aislado, sino de un Gobierno en el que ha habido ministros encarcelados, asesores ministeriales también encarcelados, y secretarios generales del partido implicados en graves causas de corrupción. Un ministro socialista fue enviado a prisión. Su asesor más cercano, igualmente. Ese mismo ministro era además secretario general del PSOE. Su sucesor en la secretaría general también fue procesado, encarcelado y hoy continúa imputado, aunque se encuentre en libertad. Son hechos objetivos del historial reciente del partido que gobierna España.
A esto se suma la situación del Fiscal General del Estado, cuya actuación ha sido objeto de investigación judicial y cuya credibilidad institucional ha quedado seriamente dañada. Y se añade un hecho de enorme gravedad democrática: la mujer y el hermano del presidente del Gobierno están siendo investigados judicialmente, algo absolutamente excepcional en una democracia europea y que no puede despacharse como una simple campaña de desinformación.
Todo esto ocurre bajo un mismo mando. Bajo una misma dirección política. Bajo el mismo secretario general del Partido Socialista Obrero Español que, además, es presidente del Gobierno. Y aquí la pregunta ya no es retórica: ¿quién es el responsable último de un sistema en el que ministros, altos cargos, asesores, secretarios generales del partido y familiares directos del presidente aparecen vinculados a causas judiciales de corrupción, financiación irregular y abuso de poder?
La respuesta es tan incómoda como evidente. En cualquier organización política mínimamente democrática, el máximo responsable es quien dirige el partido y el Gobierno. Pedro Sánchez no es un espectador ajeno a lo que ocurre a su alrededor. Es el vértice de la pirámide. El que nombra, el que protege, el que cesa y el que decide. Y cuando el mismo patrón se repite una y otra vez, ya no puede atribuirse a la mala suerte ni a conspiraciones externas.
Por eso el caso Aldama no es un episodio más. Es el síntoma de un sistema que se defiende llamando “bulos” a todo lo que amenaza con desmontarlo, hasta que la realidad judicial lo alcanza. Y cuando lo alcanza, ya es tarde para fingir sorpresa. Porque lo que está en cuestión no es un sobre concreto ni una declaración concreta, sino la credibilidad moral, política e institucional del Gobierno de España.
En cualquier democracia madura, un presidente que acumula ministros encarcelados, altos cargos imputados, fiscales generales bajo investigación y familiares directos en causas judiciales no puede seguir en el poder. Y menos aún cuando su partido está señalado por posibles prácticas de financiación ilegal. La responsabilidad no es difusa ni colectiva: es personal y directa.
La justicia tendrá que llegar hasta el final. Pero la política no puede esperar a las sentencias firmes cuando el deterioro institucional es tan evidente. Si existe el más mínimo respeto por el Estado de Derecho y por la higiene democrática, la conclusión es inevitable: Pedro Sánchez, como secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, es el máximo responsable de todo lo que está ocurriendo y debería abandonar el Gobierno de inmediato. Porque cuando todo alrededor se derrumba, el problema ya no es el mensajero. El problema es quien manda.
Felipe Pinto.