A 4 días de la celebración de las elecciones autonómicas en Aragón, el terror empieza a hacer mella en las huestes socialistas y no solo en las del reino, también lo hace a nivel nacional. Y no es una exageración ni una construcción interesada. Se trata de una realidad que empieza a reflejarse en los propios datos internos que maneja el socialismo y que explican la inquietud creciente en la dirección del PSOE. El ascenso de Vox ya no es una tendencia lejana ni un fenómeno marginal: comienza a materializarse en cifras concretas y, lo que resulta más inquietante para ellos, en ciudades clave donde hasta ahora se sentían relativamente seguros.
En Zaragoza, los números son especialmente elocuentes. Las estimaciones internas que circulan en el entorno socialista dibujan un escenario en el que Vox alcanzaría en torno al 24 % de los votos, mientras que el PSOE se quedaría alrededor del 21 %. No se trata de una oscilación menor, sino de una diferencia suficiente como para hablar de un sorpasso en toda regla. Vox pasaría a disputar la segunda posición en la ciudad, relegando al PSOE a un papel secundario y evidenciando un cambio profundo en el comportamiento del electorado urbano.
Este dato no preocupa solo por la fotografía local, sino por lo que simboliza. Zaragoza concentra una parte decisiva del voto en Aragón y siempre ha sido una plaza de referencia para medir el pulso político de la región. Que allí el PSOE se vea superado por Vox indica que el relato tradicional de la izquierda ya no moviliza como antes y que el voto de castigo empieza a traducirse en apoyos claros a una alternativa que no pide disculpas ni se mueve en la ambigüedad.
En Teruel, el panorama resulta todavía más incómodo para los socialistas. Aunque los porcentajes exactos varían según las proyecciones, el consenso interno apunta a que Vox también podría adelantar al PSOE, empujándolo a una tercera o incluso cuarta posición, por detrás no solo del Partido Popular y de Vox, sino también de fuerzas de carácter local. Para un partido que durante años se presentó como garante de la España interior y del equilibrio territorial, verse superado en una provincia emblemática de la despoblación supone un golpe político y moral difícil de digerir.
Pero este escenario no puede analizarse únicamente como un fracaso del PSOE. El otro gran responsable es el Partido Popular, que observa el fenómeno con una mezcla de satisfacción y nerviosismo. Satisfacción porque el desgaste socialista le beneficia a corto plazo, y nerviosismo porque el crecimiento de Vox no se produce solo a costa del PSOE, sino también por la desafección de votantes del propio PP, cansados de promesas incumplidas, giros ideológicos y una sensación persistente de renuncia.
El PP ha optado durante demasiado tiempo por una estrategia de perfil bajo y cálculo permanente, confiando en que el desgaste del Gobierno le bastaría para ganar. Mientras administraba esa espera, Vox ha ocupado el espacio del discurso claro, sin matices y sin complejos. El resultado es que hoy el PP puede ganar, pero ya no controla el marco del debate ni el ritmo político, lo que a medio plazo le obliga a depender de quien sí ha sabido capitalizar el enfado social.
Por eso el miedo del PSOE a Vox es real y plenamente comprensible desde su punto de vista. No teme solo perder votos, teme perder centralidad, teme dejar de ser imprescindible, teme convertirse en un partido más del sistema, incapaz de movilizar a su electorado tradicional. Frente a ese temor, su reacción vuelve a ser la de siempre: alarmismo, descalificación moral y ausencia total de autocrítica.
Lo que está ocurriendo en Zaragoza y Teruel no es un accidente ni una anomalía local. Es el reflejo de un hartazgo acumulado y de una ciudadanía que empieza a votar sin miedo y sin la presión del viejo relato. Cuando una fuerza política roza los tres puntos de ventaja sobre el PSOE en una gran ciudad, no estamos ante un susto pasajero, sino ante un aviso serio de que algo se está moviendo por debajo del tablero político.
Y ese cambio no solo inquieta al PSOE. También debería hacer reflexionar al Partido Popular. Porque cuando dos partidos tradicionales se acomodan, se parecen demasiado entre sí y se alejan de sus votantes, siempre hay alguien dispuesto a ocupar el hueco que dejan. Esta vez, además, los números indican que ese alguien ya no es una amenaza futura ni una hipótesis lejana, sino una realidad presente que empieza a consolidarse.
Felipe Pinto.








