"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

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domingo, 12 de abril de 2026

LA DERECHITA COBARDE SIEMPRE HA EXISTIDO

España no sufre hoy una anomalía política. Lo que vivimos no es algo nuevo, ni una desviación puntual del sistema. Es la repetición de un patrón histórico: la existencia de una derecha que, cuando llega el momento decisivo, no se atreve a hacer lo que prometió. Una derecha que gana elecciones, pero pierde el pulso político. Una derecha que denuncia a la izquierda… para acabar asumiendo sus reglas. Esa derecha tiene nombre hoy, pero ya lo tuvo antes: la CEDA.

La Confederación Española de Derechas Autónomas fue el gran bloque político de la derecha durante la Segunda República. Liderada por José María Gil-Robles, representaba a millones de españoles hartos del sectarismo, del anticlericalismo y del proceso de ruptura nacional que impulsaban las izquierdas. En las elecciones de 1933, la CEDA se convirtió en la fuerza más votada del país. Tenía respaldo social, tenía legitimidad democrática y tenía la oportunidad histórica de corregir el rumbo de España.

Y sin embargo, no lo hizo.

Pese a su victoria, la CEDA renunció a gobernar directamente. Prefirió sostener desde fuera a gobiernos débiles como los de Alejandro Lerroux, en lugar de asumir el poder con claridad y aplicar el programa que sus votantes esperaban. Fue una decisión clave. No fue un matiz táctico: fue una renuncia política. La derecha había ganado, pero no quiso ejercer.

Ese es el primer gran rasgo de la derechita cobarde: ganar sin gobernar.

Durante meses, la CEDA actuó como apoyo parlamentario, confiando en que el sistema se corrigiera solo, sin enfrentarse de verdad a los problemas estructurales que denunciaba. Cuando finalmente decidió entrar en el gobierno, en 1934, lo hizo tarde, débil y en un contexto ya radicalizado. La reacción de la izquierda fue violenta —como en la revolución de Asturias—, pero eso no invalida el hecho esencial: la derecha había tenido su momento antes… y lo dejó pasar.

Segundo rasgo: llegar siempre tarde.

La CEDA se movió constantemente entre dos aguas: un discurso firme para movilizar a su electorado y una práctica política moderada para no incomodar al sistema. Defendía la religión, el orden y la unidad nacional, pero aceptaba el marco político que precisamente estaba erosionando esos principios. Quiso jugar dentro de unas reglas que sus adversarios no respetaban.

Tercer rasgo: respetar unas reglas que el adversario utiliza para destruirte.

No es difícil ver el paralelismo con la actualidad.

El Partido Popular lleva años denunciando con contundencia las políticas de la izquierda: la cesión al separatismo, la degradación institucional, la colonización de la justicia, la manipulación de la memoria histórica. Su discurso es claro, incluso duro en ocasiones. Pero cuando llega el momento de actuar, aparece la misma pauta que ya vimos en la CEDA.

Se recurre la ley… pero se acepta el marco.

Se denuncia al adversario… pero se pacta con él.

Se promete firmeza… pero se ejecuta moderación.

Ahí está el ejemplo de la ley de amnistía: recurrida, criticada, señalada como inconstitucional… pero asumida de facto cuando el sistema la valida. Ahí está la renovación del Poder Judicial: años denunciando su politización para acabar participando en el reparto. Ahí está, en definitiva, una forma de hacer política basada en no romper nunca, aunque todo indique que habría que hacerlo.

Exactamente igual que la CEDA.

Porque el problema no es de ideas. La derecha española ha tenido, en distintos momentos, diagnósticos acertados de lo que ocurría en el país. El problema ha sido siempre el mismo: la falta de voluntad para llevar esos diagnósticos hasta sus últimas consecuencias.

Y ahí es donde entra una diferencia clave en el panorama actual.

Vox rompe con esa tradición. No nace para gestionar el sistema tal y como está, sino para cuestionarlo cuando considera que ese sistema ha dejado de servir a España. Frente a la lógica de la cesión permanente, plantea la confrontación política abierta dentro de la legalidad. Frente a la adaptación al marco ideológico de la izquierda, propone una alternativa clara sin complejos.

No es una cuestión de estilo. Es una cuestión de actitud histórica.

España ya vivió lo que ocurre cuando la derecha no está a la altura de su responsabilidad. La CEDA creyó que podía frenar la deriva revolucionaria con prudencia, con equilibrios, con cálculo. No lo consiguió. La historia posterior es conocida.

Hoy no estamos en 1936. Pero el patrón psicológico y político sí se repite: una derecha que teme ejercer el poder con la firmeza que exige la situación.

Por eso el problema no es solo el Partido Popular. Es algo más profundo: es la persistencia de una forma de entender la política desde la renuncia preventiva. Desde el miedo al conflicto. Desde la obsesión por ser aceptado por quienes nunca te van a aceptar.

Y eso, en política, tiene un nombre. Ayer fue la CEDA y hoy es el Partido Popular.

La derechita cobarde siempre ha existido.

Felipe Pinto. 

lunes, 6 de abril de 2026

LA HONRADEZ INDIVIDUAL INCOMPATIBLE CON EL APOYO A LA CORRUPCIÓN COLECTIVA


No puedo llegar a entender cómo alguien que se considere honrado puede seguir apoyando a los partidos del bipartidismo. Al PP, tras Gürtel, Kitchen y tantos otros escándalos. Al PSOE, con casos como las mascarillas, todo el tema de hidrocarburos, comisiones ilegales y todos los demás casos de corrupción que afectan, de momento, a los ex números dos del partido.

Y, a pesar de eso, ahora vienen las excusas. El propio Partido Socialista dice que ya no están en el partido. Pero ¿cómo que no están en el partido? Estaban y eran las dos manos derechas del presidente del Gobierno.

Un presidente, además, también involucrado en tramas corruptas por su propia esposa, su propio hermano y el anterior presidente del Gobierno socialista, Rodríguez Zapatero y Plus Ultra, con todo lo que ello conlleva.
Con respecto al PP, se excusa diciendo que son cosas del pasado, que ya han pagado por ello con la moción de censura.

¿En serio? ¿Qué ya han pagado? ¿El Partido Popular ha pagado? ¿Quién ha pagado, el PP o todos los españoles que hemos tenido que aguantar lo que ha venido después de esa moción de censura?

Porque aquí, al final, resulta que siempre pagamos los mismos.

Termino diciendo, y vuelvo a repetir, que las personas que se crean decentes y honradas deben reflexionar sobre el estado en que están sus propias ética y moral para seguir dando apoyo a la corrupción,  es decir, al Partido Socialista o al Partido Popular.

Felipe Pinto. 

jueves, 19 de marzo de 2026

LA DGT SE INHIBE ANTE EL CAOS EN LAS CALLES

La Dirección General de Tráfico mantiene desde hace años una política constante de endurecimiento hacia los conductores de coches, motos, camiones y vehículos sometidos a licencia, multiplicando controles, sanciones, radares, limitaciones y obligaciones administrativas, como si todo el problema de la seguridad vial descansara exclusivamente sobre quienes ya han demostrado conocer el código de circulación, han superado exámenes teóricos y prácticos, pasan controles médicos periódicos y asumen responsabilidades legales cada vez mayores. Sin embargo, mientras esa presión aumenta sobre millones de conductores, la propia administración sigue dejando intacto uno de los vacíos más evidentes y peligrosos del tráfico actual: la circulación diaria de bicicletas, patinetes eléctricos y determinados ciclomotores por calles y avenidas sin exigir a sus conductores una acreditación mínima real de conocimiento de las normas básicas de circulación.

La contradicción es cada vez más difícil de justificar porque basta observar unos minutos cualquier ciudad para comprobar cómo numerosos usuarios de estos vehículos atraviesan semáforos en rojo, ignoran señales de stop, circulan en dirección contraria, invaden pasos de peatones, aparecen de forma repentina entre coches o realizan maniobras imprevisibles que obligan a frenazos bruscos y generan situaciones de peligro constantes. Y lo más preocupante es que esta situación se ha ido normalizando hasta el punto de parecer asumida por la propia administración, como si formar parte de una movilidad llamada moderna eximiera automáticamente de conocer unas reglas que sí son obligatorias para todos los demás.

A esa desigualdad se añade además otra contradicción difícil de explicar: mientras en motocicletas y ciclomotores convencionales el casco es obligatorio por razones evidentes de protección personal, en bicicletas y patinetes eléctricos la exigencia sigue siendo parcial o limitada, pese a que la exposición física al golpe, la caída o el impacto es igualmente elevada. En adultos, el casco no siempre es obligatorio en ciudad para bicicletas y en el caso de muchos patinetes depende incluso de ordenanzas municipales, lo que genera una disparidad normativa difícil de comprender cuando el riesgo físico existe exactamente igual.

Especialmente llamativo resulta el caso de determinados ciclomotores ligeros, que comparten espacio con automóviles y motocicletas en entornos urbanos cada vez más complejos y, sin embargo, en demasiadas ocasiones son conducidos por personas cuyo conocimiento de las normas básicas resulta claramente insuficiente. A ello se suma otro desequilibrio difícil de explicar: mientras un automóvil o una motocicleta deben disponer obligatoriamente de seguro, matrícula identificativa y documentación plenamente regularizada, bicicletas y patinetes pueden circular en gran número de casos sin seguro obligatorio y sin un sistema real de identificación inmediata cuando cometen una infracción o provocan un incidente. Eso significa que un vehículo puede saltarse un semáforo, circular indebidamente o causar un accidente y, en muchas ocasiones, el responsable desaparece sin posibilidad práctica de identificación.

La consecuencia no es solo el aumento del riesgo físico, sino también el perjuicio psicológico que sufre quien circula correctamente cuando se ve implicado en un accidente provocado por una imprudencia ajena. Porque quien conduce un coche respetando todas las normas también carga después con el impacto moral de un atropello o una colisión que pudo evitarse si existiera una formación previa obligatoria y una regulación más equilibrada.

Resulta difícil entender que la Dirección General de Tráfico siga mirando hacia otro lado en una cuestión tan evidente. Si realmente se pretende reducir la siniestralidad, no basta con seguir endureciendo a quienes ya cumplen, ya pagan y ya están sometidos a control; también hay que exigir responsabilidad a quienes comparten la vía pública sin haber acreditado un conocimiento mínimo del código de circulación. Lo razonable sería establecer un carnet homologado o, al menos, un examen teórico obligatorio para bicicletas, patinetes eléctricos y ciclomotores ligeros, acompañado además de una regulación clara en materia de identificación y responsabilidad civil.

La seguridad vial no puede seguir construyéndose sobre una evidente desigualdad normativa. Hoy existen vehículos que comparten la vía pública, pueden provocar accidentes, carecen en muchos casos de seguro obligatorio, no llevan matrícula identificativa y tampoco exigen acreditar conocimientos previos del código de circulación. Y en ese desequilibrio, la responsabilidad recae directamente sobre una Dirección General de Tráfico que continúa sin afrontar uno de los problemas más visibles del tráfico urbano actual en España.

Felipe Pinto. 

martes, 17 de marzo de 2026

EL CINISMO POLÍTICO-MEDIÁTICO


Existe en España una curiosa especialidad político-mediática: convertir cualquier avance de Vox en síntoma de debilidad y cualquier retroceso ajeno en simple reajuste estadístico. Hay partidos que pierden fuerza y se dice que resisten; otros que apenas conservan espacio y se presentan como imprescindibles; pero cuando Vox mejora resultados, amplía implantación territorial y firma algunos de sus mejores registros autonómicos, inmediatamente se activa el mismo diagnóstico repetido: crisis interna, techo electoral, desgaste prematuro y dudas existenciales.

Aquí tocar techo consiste, al parecer, en seguir subiendo. Una singular manera de interpretar el crecimiento: cuanto más avanzas, más analistas aparecen para explicar que en realidad te estás frenando. Si se aplicara ese criterio a cualquier proceso natural, habría alarma médica cada vez que un niño creciera unos centímetros.

Cada reajuste interno de Vox produce además una reacción casi automática. Lo que en cualquier otra formación sería una reorganización normal del organigrama, en su caso se convierte de inmediato en fractura, purga, tensión o terremoto interno. Basta mover una pieza para que algunos redacten una necrológica política anticipada.

Lo más curioso es que ese diagnóstico suele proceder de quienes llevan años anunciando un derrumbe que nunca termina de producirse. Se predijo su desaparición tras cada negociación difícil, tras cada cita electoral y tras cada cambio orgánico. Sin embargo, elección tras elección, el partido sigue avanzando en territorios donde hace poco se consideraba testimonial.

Existe además un dato que rara vez se subraya: Vox afronta muchas campañas autonómicas con un discurso claramente nacional, sin refugiarse excesivamente en el localismo ni en la gestión de cercanía que suele ofrecer rentabilidad inmediata. Y aun así crece. Eso significa que hay un electorado que no vota solo administración territorial, sino dirección política general del país.
Mientras tanto, el Partido Popular mantiene una paradoja que apenas genera crítica: proclama elección tras elección su voluntad de alcanzar mayorías absolutas y, sin embargo, esas mayorías no llegan. Ni en el ámbito autonómico ni en el nacional aparece esa fuerza suficiente para gobernar en solitario con la amplitud prometida. Pero, curiosamente, esa expectativa incumplida apenas provoca titulares severos, ni debates sobre límites, ni diagnósticos sobre agotamiento estratégico.

Se diría incluso que al PP se le concede una indulgencia estadística singular: puede no alcanzar lo que anuncia y aun así conservar intacta la narrativa de victoria.

Y lo más llamativo es que, pese a depender de terceros para gobernar en numerosos escenarios, actúa muchas veces como si esa dependencia no existiera. Habla con frecuencia desde una superioridad política casi autosuficiente, mientras desprecia o minimiza precisamente a quien resulta imprescindible para conformar muchas de esas mayorías.

Porque la realidad es muy simple: sin Vox, buena parte de esas mayorías no se construyen. Sin embargo, en vez de asumir esa evidencia con naturalidad política, se mantiene a menudo un tono de distancia calculada, como si admitir la necesidad debilitara más que la propia aritmética parlamentaria.

Es una actitud peculiar: necesitar apoyo y al mismo tiempo comportarse como si ese apoyo fuera irrelevante.
Y mientras una parte del análisis político sigue obsesionada con encontrar límites en Vox, apenas se detiene en observar el verdadero movimiento de fondo: el desgaste cada vez más evidente de todo el espacio situado a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español. Porque para que el partido sanchista consiga mantenerse, quedar prácticamente igual o incluso mejorar ligeramente en territorios como Castilla y León, resulta imprescindible que alrededor se produzca un vaciamiento progresivo de toda esa izquierda extrema que durante años quiso presentarse como alternativa transformadora y hoy ofrece claros síntomas de agotamiento político.

La realidad es sencilla: el PSOE conserva posición absorbiendo buena parte de un electorado que abandona siglas cada vez más debilitadas, fragmentadas y sin capacidad real de consolidación.

Y, sin embargo, ese fenómeno apenas provoca alarma. Cuando Vox sube unas décimas, se abre un debate nacional sobre techos y límites; cuando la izquierda radical pierde votos, representación y capacidad de influencia, se presenta casi como una simple redistribución natural del bloque progresista, como si desaparecer lentamente fuese una forma refinada de estabilidad.
La noche electoral reproduce siempre el mismo mecanismo: salen los datos y antes de interpretarlos ya está redactado el diagnóstico. Si Vox sube, decepciona; si mantiene, se estanca; si condiciona gobiernos, se desgasta; si entra con fuerza, toca techo.

Y es que el dato nunca corrige el relato: se corrige antes el relato para que el dato no incomode.

Mientras tanto, la realidad territorial sigue avanzando con bastante menos ruido y bastante más profundidad. Porque si determinados resultados autonómicos se proyectaran sobre unas generales, el mapa parlamentario español empezaría a parecerse bastante menos al conocido de hace unos años y bastante más al de una Europa donde nuevas fuerzas políticas han dejado de ser fenómeno pasajero para convertirse en estructura permanente.

Y así continúa el parte cínico semanal sobre un supuesto paciente terminal que, para incomodidad de muchos, comparece elección tras elección con bastante mejor aspecto del que insisten en describir sus observadores habituales.

Felipe Pinto. 

viernes, 13 de marzo de 2026

NO NOS PRODUCES "HODIO": NOS DAS ASCO Y PENA

Señor pésimo presidente, has decidido colocar ahora en el centro del debate político una nueva palabra: odio. No te ha bastado con introducirla en el discurso público como si toda crítica severa hacia tu persona o hacia tu Gobierno naciera necesariamente de una pulsión oscura, sino que has querido incluso revestirla de aparato institucional con esa herramienta bautizada como "Hodio", una denominación cuidadosamente escogida para llamar la atención, para ocupar titulares y para volver a situarte en el papel de quien combate un supuesto gran mal social mientras a tu alrededor siguen acumulándose demasiadas cuestiones que te incomodan de forma fehaciente.


Cuesta creer que esta nueva invención aparezca precisamente ahora por casualidad. Cuesta no verla como otra maniobra de distracción, otra cortina de humo cuidadosamente levantada para cambiar el foco del debate público en un momento en que el desgaste político aprieta, las controversias rodean al Ejecutivo y una parte cada vez más amplia de la sociedad percibe que el Gobierno necesita abrir constantemente nuevos frentes para no quedar atrapado en aquello que verdaderamente le desgasta.

Porque cuando desde el poder se decide abrir una gran conversación pública sobre el odio, muchos ciudadanos perciben inmediatamente que se intenta desplazar otra conversación mucho más incómoda: la que habla de investigaciones, de sospechas, de controversias políticas, de decisiones cada vez más discutidas y de una creciente desconfianza hacia una forma de gobernar basada en la tensión permanente.

Pero además conviene decirte algo esencial: no confundas el odio con el asco. Existe un viejo vals peruano, "Ódiame", con letra de Federico Barreto y música de Rafael Otero López, interpretado por voces como Julio Jaramillo, Dyango, José Feliciano o Los Panchos, que en uno de sus versos dice: “Pero ten presente que, de acuerdo a la experiencia, que tan solo se odia lo querido.

Y esa frase, más allá de su sonoridad popular, contiene una verdad profundamente humana: el odio exige una relación previa, una implicación emocional, algo que en algún momento fue querido, admirado o esperado y que después se convirtió en decepción.

El asco es otra cosa muy distinta. El odio mantiene un vínculo; el asco lo rompe. El odio conserva una relación emocional intensa; el asco nace de la repulsión, del alejamiento, de la sensación de que algo resulta moral o políticamente insoportable.

Por eso muchos ciudadanos no te odian. Porque para odiarte habría hecho falta haberte querido antes, haber depositado en ti una confianza profunda, haber sentido que representabas una esperanza política que después se quebró. Y en muchísimos casos eso jamás existió.

Lo que produces es asco. Asco ante una manera de gobernar que para una parte muy amplia de España ha convertido la confrontación en sistema permanente; asco ante una política donde cada discrepancia se interpreta como agresión; asco ante el intento constante de dividir a los españoles entre quienes están contigo y quienes quedan moralmente bajo sospecha si discrepan; asco ante una estrategia política que ha reabierto heridas históricas en una España que desde la Transición española había aprendido que convivir exigía cerrar trincheras y no volver a cavarlas; asco, por el desprecio que demuestras hacia todos los ciudadanos que, desgraciadamente, sufren un gobierno sostenido sin mayoría en votos, y que solo puedes mantener mediante acuerdos con delincuentes criminales condenados, a quienes necesitas para seguir estando ahí, como EH Bildu, formación cuya presencia parlamentaria sigue generando un rechazo profundo en muchos españoles por su vinculación histórica con el entorno político que justificó durante años a ETA; asco porque dependes de minorías independentistas como Junts per Catalunya o Esquerra Republicana de Catalunya, protagonistas del golpe institucional ligado con la declaración de independencia de Cataluña en 2017; asco porque mantienes acuerdos con fuerzas de izquierda radical como Sumar y Podemos, herederas de una cultura política comunista, considerada la más criminal de la historia y modelo del fracaso y la más profundamente causante de la división social. 

Y todo ello, a ojos de una parte mayoritaria de España, transmite la sensación de que cualquier cesión tuya, por mucha barbaridad que parezca, es posible con tal de asegurarte la permanencia en el poder, aunque ello implique, como ya he dicho, apoyarse en quienes muchos consideran adversarios directos de la idea misma de nación común. Asco, en definitiva, ante una política donde se habla de odio mientras desde sectores próximos al poder se mantiene un tono permanente de confrontación, descalificación y superioridad moral, como si la discrepancia no fuera legítima sino sospechosa y asco también ante la facilidad con la que desde tu entorno se acusa de expandir bulos a quienes informan de cuestiones, para ti y los tuyos, incómodas, mientras simplemente difunden e informan de noticias reales que hoy erosionan a tu Gobierno naciendo de hechos probados, procedimientos abiertos e investigaciones, todo, relacionado con tu entorno y que, hoy, para tu desgracia, siguen avanzando.

Y junto al asco que trasmites también trasladas una gran pena. Pena por España, porque un país con la historia, el sacrificio y la dignidad acumulada de generaciones enteras no merece una política reducida al artificio permanente, a la confrontación calculada y al uso constante de cualquier recurso con tal de conservar el poder; pena porque resulta profundamente triste comprobar hasta qué punto la presidencia del Gobierno puede convertirse en refugio de estrategias que fracturan, desgastan y enfrentan a quienes deberían sentirse parte de una misma nación; pena porque gobernar debería significar elevar, unir, dar serenidad institucional y horizonte colectivo, y sin embargo en tu caso demasiados ciudadanos sienten exactamente lo contrario; pena por el encubrimiento que mantienes hacia toda tu familia y amigos, que, indudablemente, te llevará a sufrir, aunque menos de lo que realmente mereces...

Pero hay una pena aún mayor: la de comprobar que ciertas decisiones políticas dejan una huella que el tiempo no borra, porque ningún dirigente escapa al juicio definitivo de la historia.

Porque el poder pasa, los discursos se agotan, los apoyos cambian y las alianzas terminan, pero la memoria histórica acaba fijando lo esencial: quién contribuyó a fortalecer un país y quién dejó tras de sí una huella de corrupción, autocracia, división, desgaste moral y deterioro institucional.

Y ahí es donde muchos piensan que tu nombre quedará asociado a una de las etapas más perversas, más divisivas y más difíciles de justificar de la España contemporánea. No por lo que dices combatir, sino por lo que muchos consideramos que has contribuido a agravar con la fractura, la desconfianza, la cesión constante, el debilitamiento del sentido común institucional y la sensación de que todo podía negociarse, concederse o sacrificarse con tal de seguir ocupando el sillón.

La gran pena, en definitiva, es que siendo presidente del Gobierno de España hayas llegado a representar para tantos ciudadanos exactamente lo contrario de lo que un presidente debería inspirar: libertad, respeto, seguridad, ejemplaridad y sentido de nación. Y esa es, con seguridad, la parte más triste de todo: que España haya tenido que aguantar durante un largo periodo de tiempo, un presidente de gobierno al que la historia no va a recordar por sus palabras, sino por la marca de unas huellas que dejan un rastro real de la personificación del mal.

Felipe Pinto.