"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
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domingo, 15 de febrero de 2026

EL SÍMIL LUSO DEL PP LLEVA AL SOCIALISMO A LA PRESIDENCIA DE PORTUGAL

Lo ocurrido en Portugal hace algo más de una semana no fue una anécdota ni un episodio aislado que pueda despacharse como una rareza local. Fue una advertencia política de primer orden. Un aviso claro de lo que sucede cuando la derecha institucional se enfrenta a una disyuntiva real y decide, una vez más, no incomodar al socialismo. Allí, cuando la elección quedó reducida a un enfrentamiento directo entre la izquierda y una alternativa patriota, el espacio político equivalente al Partido Popular optó por no implicarse, no cerrar filas y permitir que el poder acabara en manos socialistas. Esa decisión, presentada como neutralidad, tuvo un efecto muy concreto y perfectamente medible: el socialismo alcanzó la presidencia gracias a la inacción calculada del centro-derecha.


En la segunda vuelta presidencial se enfrentaron André Ventura, líder de Chega, y el candidato socialista António José Seguro, respaldado sin fisuras por todo el bloque de izquierdas. No había terceras vías, ni equilibrios posibles, ni margen para la confusión. Era una elección clara entre socialismo y una alternativa situada fuera del consenso progresista. En ese momento decisivo, el Partido Social Demócrata, socio del Partido Popular Europeo, decidió no apoyar al candidato conservador, no pedir el voto para él y dejar libertad de voto. Lo mismo hizo Iniciativa Liberal, que tampoco llamó a respaldar la opción no socialista. Esa supuesta neutralidad no fue inocua. Muchos dirigentes, cargos y votantes de ese espacio acabaron inclinándose por el socialista. El resultado fue el esperado: victoria de la izquierda con la ayuda indirecta, pero decisiva, del centro-derecha institucional.

Nada de esto fue fruto de la improvisación. Responde a una forma de entender la política profundamente asentada en el PPE, donde la colaboración con los socialistas se ha normalizado hasta convertirse en sistema y donde cualquier alternativa conservadora real es tratada como una amenaza a neutralizar. En Bruselas, el PP gobierna de la mano de la izquierda, comparte agenda, reparte poder y sostiene el mismo marco ideológico mientras levanta cordones sanitarios frente a los patriotas. Portugal no fue una excepción. Fue la confirmación práctica de ese modelo.

Alemania aporta un precedente aún más contundente. Allí, la Unión Demócrata Cristiana, homóloga del PP, ha gobernado durante años en grandes coaliciones con el Partido Socialdemócrata de Alemania. Esa alianza estructural no solo impidió una alternativa conservadora, sino que consolidó políticas progresistas en inmigración, energía, modelo social e ideología que hoy están en el origen de muchos de los problemas que sufre el país. Cuando hubo que elegir entre pactar con la izquierda o permitir que fuerzas patriotas influyeran en el rumbo político, la elección fue siempre la misma. Alemania demuestra que no se trata de una coyuntura portuguesa, sino de un patrón europeo repetido.
Durante años, muchos votantes del PP han querido creer que una cosa es Europa y otra España, que allí se pacta por obligación y aquí se gobernará de otra manera. Los hechos desmontan ese autoengaño. Los partidos no cambian de principios según el país. Aplican el mismo esquema allí donde pueden. Y ese esquema es claro: cuando hay que elegir entre socialismo o patriotas, la derecha institucional elige al socialismo porque no pone en riesgo el reparto de poder ni el consenso ideológico dominante.

Por eso, no es en absoluto descabellado plantear que en España pueda ocurrir lo mismo. Si llegado el momento el Partido Popular fuera superado electoralmente por una fuerza patriota y tuviera que decidir entre permitir un cambio real o sostener el sistema junto al PSOE, todo indica que optaría por lo segundo. Un pacto PP-PSOE para impedir que gobiernen los patriotas no sería una traición inesperada, sino la consecuencia lógica de lo que el PP ya hace en Europa, de lo que su homólogo portugués hizo hace unos días y de lo que la derecha alemana lleva practicando años.

Aquí entra la cuestión que muchos prefieren esquivar. En democracia, la responsabilidad no termina en los dirigentes. Empieza en los votantes. Hoy se señala, con razón, a quienes votaron al PSOE y permitieron que Pedro Sánchez llegara y se mantuviera en el poder. Mañana, si se produce un acuerdo PP-PSOE para bloquear a los patriotas, la responsabilidad recaerá también sobre quienes sostuvieron al Partido Popular con su voto creyendo, o fingiendo creer, que apoyaban una opción de derechas.

Para entender por qué el PP actúa así, conviene mirar atrás. Tras su refundación como Partido Popular, impulsada por Manuel Fraga, el proyecto nació para aglutinar a las grandes familias del centro-derecha. En aquel proceso confluyeron Alianza Popular, el Partido Demócrata Popular de inspiración democristiana liderado por Óscar Alzaga, y el Partido Liberal de José Antonio Segurado. Aquella suma aspiraba a construir una alternativa conservadora, liberal y democristiana homologable a las derechas europeas clásicas.
Con el paso de los años, ese proyecto fue perdiendo identidad. De forma progresiva, constante y deliberada, el Partido Popular se fue desplazando hacia posiciones cada vez más cercanas a la socialdemocracia. No fue un giro brusco, sino una deriva sostenida, siempre envuelta en el lenguaje de la moderación y la centralidad. Hoy, el PP ha dejado de ser un partido conservador, liberal y democristiano para convertirse en una fuerza de gestión del consenso socialdemócrata con una estética distinta.

Esa deriva no pasó desapercibida para todos. Hubo dirigentes y votantes que comprendieron que el PP había renunciado a ser una alternativa real y había optado por convivir con el proyecto ideológico de la izquierda. De esa ruptura nació Vox, como un partido conservador y patriota que ocupó el espacio que el PP había abandonado.
No fue una escisión caprichosa, sino la consecuencia directa de una evolución ideológica prolongada en el tiempo.
Ahí reside la verdadera raíz del conflicto. Lo que muchos dirigentes del Partido Popular no perdonan a sus antiguos compañeros no es el tono ni el estilo, sino haber dejado al descubierto la transformación del PP. Vox no solo disputa votos. Les recuerda cada día lo que fueron y lo que decidieron dejar de ser. Por eso los vetos, los cordones sanitarios y la hostilidad permanente. Por eso, cuando hay que elegir entre socialismo o patriotas, el PP elige al socialismo, y cuando alguien lo señala, se convierte en el enemigo a batir.

El mensaje final al votante del Partido Popular no admite ambigüedades. Quienes ignoran todo esto y siguen votando al PP creyendo que apoyan una opción de derechas cometen un error grave. Con su voto no solo avalan una deriva política ya contrastada, sino que se convierten en corresponsables de sus consecuencias. También de los posibles acuerdos entre el Partido Popular y el Partido Socialista que puedan producirse para impedir cualquier alternativa real. En política, votar mirando hacia otro lado no exime de responsabilidad. La traslada íntegra al futuro.

Portugal ya mostró el camino. Alemania lo recorrió durante años. Europa lo practica a diario. Y España no será una excepción si los votantes deciden seguir ignorando lo que ya es evidente.

Felipe Pinto. 

sábado, 14 de febrero de 2026

LAS DOCTRINAS PROGRESISTAS ACERCAN A LA HUMANIDAD AL ESCENARIO DESCRITO EN LAS PROFECÍAS

Durante años, hablar de profecías ha sido considerado un ejercicio marginal, propio de mentes supersticiosas o de discursos catastrofistas. Sin embargo, lo que hoy sucede en Occidente obliga a replantear ese prejuicio. No porque estemos ante el fin del mundo, sino porque la humanidad parece colocarse, de manera consciente y progresiva, en el escenario moral y espiritual que distintas profecías —procedentes de tradiciones, épocas y contextos muy distintos— describieron con sorprendente precisión.


Las grandes advertencias espirituales nunca hablaron de meteoritos ni de destrucciones súbitas del planeta, ni de un apocalipsis cinematográfico. Hablaron de algo mucho más incómodo: la confusión entre el bien y el mal, la pérdida del sentido de la verdad, la negación de la naturaleza humana y la sustitución de la realidad por el poder. Ese es el núcleo del problema actual, y es también el punto donde coinciden profecías que no se copiaron entre sí ni comparten lenguaje teológico.

Las apariciones marianas de Fátima, Lourdes y Garabandal no anunciaron el colapso físico del mundo, sino el colapso interior de una civilización que, habiendo conocido la verdad sobre el ser humano, decide abandonarla. Fátima advirtió de guerras ideológicas y de naciones extraviadas cuando se rompe la referencia moral; Lourdes llamó a la conversión personal como último dique antes de la descomposición; Garabandal fue más lejos al señalar la confusión generalizada, incluso dentro de la propia Iglesia, y la normalización del mal como algo socialmente aceptable. En las tres aparece el mismo hilo: leyes injustas presentadas como progreso, sociedades que llaman bien al mal y mal al bien, y una humanidad que pretende organizarse prescindiendo de cualquier límite moral objetivo.

Ese diagnóstico no se limita al ámbito religioso. En el siglo XVI, Nostradamus describió tiempos en los que las leyes violarían el orden antiguo, el pueblo sería engañado por palabras dulces y el poder se sostendría más en el relato que en la verdad. No hablaba de democracias modernas ni de ideologías contemporáneas, pero sí de un patrón recurrente: cuando el lenguaje se utiliza para invertir el significado de las cosas y la norma se separa de la justicia, la sociedad entra en una fase de decadencia que se disfraza de avance.

Siglos después, la visionaria búlgara Baba Vanga, ciega desde la infancia, habló de un tiempo en el que el ser humano “jugaría a ser Dios”, en el que no se sabría distinguir el bien del mal y en el que Europa, el continente antiguo, sufriría un vaciamiento espiritual profundo. Más allá del folclore que rodea su figura, el núcleo de sus advertencias coincide de nuevo con el mismo diagnóstico: no una catástrofe externa inmediata, sino una descomposición moral provocada por la soberbia de creer que todo puede redefinirse sin consecuencias.

Cuando se ponen en paralelo estas cinco fuentes —marianas y no marianas, religiosas y profanas— el resultado es incómodo por su coherencia. Todas describen guerras ideológicas más que conflictos militares clásicos; todas alertan de legislaciones sin referencia moral; todas hablan de la negación de la naturaleza y del hombre erigiéndose en medida absoluta de todas las cosas; todas señalan la confusión como rasgo dominante de la época; y todas coinciden en que el colapso empieza dentro, antes de manifestarse fuera.

Ese retrato encaja hoy con una precisión inquietante. Las doctrinas progresistas contemporáneas, especialmente las englobadas bajo el paraguas de lo “woke”, no son simplemente una opción política más. Constituyen una cosmovisión completa, una antropología alternativa que cuestiona los fundamentos mismos de la ley natural. En ese marco ideológico, el ser humano deja de ser una realidad recibida para convertirse en un proyecto autoconstruido; el cuerpo pierde su significado propio; la biología se subordina al deseo; la verdad se sustituye por el consenso y, cuando este falla, por la imposición legal. El lenguaje se convierte en herramienta de ingeniería social y el disidente pasa de estar equivocado a ser señalado como peligroso.

No se trata de reformas sociales puntuales, sino de una redefinición radical de lo humano. Y es ahí donde las profecías cobran sentido. No porque “predijeran” estas ideologías concretas, sino porque describieron las consecuencias inevitables de negar la ley natural: desorientación moral, fragmentación social, pérdida de referentes, fragilidad psicológica y una necesidad creciente de control político para sostener un edificio que ya no se mantiene por sí mismo.

Europa aparece reiteradamente señalada en estas lecturas proféticas no como enemiga, sino como termómetro. Fue el corazón espiritual de Occidente, el lugar donde se articularon conceptos como dignidad humana, conciencia, responsabilidad y límite moral. Hoy es también el laboratorio más avanzado de una civilización que pretende sobrevivir negando esas mismas raíces. No mediante persecuciones violentas, sino a través de algo más eficaz: la irrelevancia forzada de la verdad, el buenismo antinatura y la ridiculización sistemática de cualquier referencia trascendente.

España ocupa un lugar especialmente simbólico en este proceso. Históricamente fue frontera, reserva espiritual y escenario de tensiones extremas entre fe y negación de la fe. Hoy se ha convertido en uno de los espacios donde la ingeniería social progresa con mayor rapidez, no porque un dirigente concreto “cause” nada sobrenatural, sino porque determinados gobiernos encarnan políticamente esta fase histórica. El Ejecutivo encabezado por Pedro Sánchez, con la complicidad de todos sus socios de gobierno  y de un PP sumiso e, históricamente, continuador de sus políticas, es un ejemplo claro de ese alineamiento con la Agenda 2030 y con una visión del progreso que legisla de espaldas a la ley natural, presenta como derechos lo que atenta contra la biología y la vida, y confunde compasión con negación de la realidad.

Este patrón no es exclusivo de España. Líderes de la Comunidad Europea, así como otros de América como Obama o Joe Biden en Estados Unidos, han impulsado la misma agenda desde el poder, revestida de lenguaje moral y de un humanitarismo que, en la práctica, vacía de contenido la noción misma de verdad Es el “buenismo” elevado a sistema: palabras dulces que prometen inclusión mientras desmantelan los fundamentos que sostienen a la persona y a la sociedad. Exactamente el escenario que Nostradamus describía cuando hablaba de pueblos engañados por discursos agradables y de leyes separadas de la justicia.

Las profecías no hablan de nombres propios ni de partidos, sino de épocas. Y una época en la que se presenta como progreso la negación de la biología, como derecho la destrucción de la vida, como libertad la censura del disidente y como compasión la mentira institucionalizada encaja plenamente en el escenario descrito por todas ellas. No porque exista un castigo divino arbitrario, sino porque vivir contra la realidad tiene consecuencias.

Aquí reside el error fundamental de muchas interpretaciones: pensar que las profecías anuncian una venganza sobrenatural. En realidad, anuncian algo mucho más serio y verificable: que una civilización que rompe con el orden natural acaba colapsando desde dentro. Siempre ha sido así en la historia. La diferencia es que hoy ese proceso se reviste de retórica inclusiva, de superioridad moral y de una certeza dogmática que no admite disidencia.
Por eso no es correcto afirmar que las doctrinas progresistas “crean” las profecías ni que las “aceleran” mecánicamente. Lo que hacen es acercar a la humanidad al escenario que esas profecías describen, colocando a la sociedad en el punto exacto donde la mentira ya no puede sostenerse sin coerción, donde la confusión se vuelve estructural y donde cada individuo se ve obligado a enfrentarse a la verdad sobre sí mismo.

Ese es el verdadero sentido del llamado “final de los tiempos”: no el fin del mundo, sino el final de una huida colectiva de la realidad. El momento en que las máscaras caen, los relatos se agotan y la conciencia ya no puede delegarse en ideologías ni en poderes externos. La pregunta decisiva no es si las profecías se cumplirán, sino si la humanidad sabrá reconocer las señales antes de que las consecuencias sean irreversibles. Porque cuando una civilización decide vivir contra la ley natural, no avanza hacia un futuro mejor. Camina, con paso firme, hacia su propio exterminio y hacia su propia disolución.

Felipe Pinto. 

viernes, 13 de febrero de 2026

ENCUENTRO CON MI PADRE EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO (1926/2026)

Aunque solo sea un sueño, a veces me parece que está ahí, mirándome fijamente y yo no puedo dejar de pensar en que le llenaría de besos para después escucharle y aprender de él, oportunidad que, estando él en vida, no aproveché.

¿Me estaré volviendo loco?

No sé, a veces me da por imaginarme que entablo una conversación con él sobre lo que estamos viviendo a día de hoy en España, toda esta barbaridad en la que estamos sumidos y que resulta, ciertamente, una terrorífica pesadilla. 

Al comentarle mi inquietud ante el oscuro espectro político y social que vivimos, le observo, triste, disgustado, más bien, yo diría que muy cabreado.

Menos mal que te has librado de todo este horror, le digo, con el sufrimiento que siempre padeciste recordando tu niñez en guerra, donde perdiste a tu padre, brutalmente asesinado y tu sabio temor de una repetición de los hechos, ya vivir esto de nuevo, hubiera sido muy cruel.

— "¿Es que nadie os dais cuenta? Estáis como otros estuvimos en el 36 del pasado siglo. Esta gente os lleva a la hecatombe económica y a la más alta degradación moral, eso si no estalla otra guerra civil, y no sabéis lo que es, no lo habéis vivido..."

Tu, papá, si lo viviste entre tus 10 y tus 13 años, y se que los recuerdos se te quedaron grabados para siempre: los paseíllos hacia la muerte de familiares, amigos de la familia y vecinos. También los forzados viajes junto a tu madre y hermanos para cambiar de lugar de residencia y así escapar de la barbarie “roja”.

Siempre nos hablabas del furibundo odio que se presenciaba en las calles, con iglesias en llamas y el pavor reflejado en las caras de la gente buena... 

Nunca olvidaste todo ésto que tanto te marcó, aunque después te llegarían tiempos de bonanza en los que tu madre, tus hermanos y tú salisteis adelante, en gran parte, debido a vuestro esfuerzo y con la pequeña ayuda que recibistéis de un compañero y gran amigo del abuelo, ese que después llegaría a ser Almirante y Presidente del Gobierno y que también fue asesinado por el terrorismo rojo.

En parte me alegro, papá, de que hayas partido y no tengas que volver a sufrir en tu España, esa que tanto adorabas, lo que vuelven a intentar implantar los socialistas y comunistas, con la inacción de una gran parte de una derecha que se hace pasar por honrada e inofensiva a la que ya se le va cayendo la máscara, dejando tibieza y corrupción reflejadas en el nuevo rostro que asoma, no sin antes habernos llevado con sus mentiras e ineptitud para gestionar, a esta progresía mortal que nos está dirigiendo al caos total.

Le pregunto como lo ve él y me responde enseguida.

— "Lo peor no fue el odio. Fue la cobardía de los que decían no ser malos".

Me imagino que desde Arriba lo estarás presenciando todo aunque en otra dimensión distinta a la nuestra y todo el odio que estamos sintiendo y sufriendo por parte de los enemigos de Dios y de España, desde allí lo estaréis viviendo de una manera más pura y menos rencorosa, con resignación, con amor y perdonando, algo que en la Tierra nos cuesta mucho sentir y realizar.

Antes de decirte, hasta luego, quiero pedirte otro favor, uno más de todos los que continuamente te pido, pero esta vez creo que es más importante que los anteriores: Protégenos desde el Cielo, de esta horrible plaga antinatura y sobre todo, de toda la barbarie comunista que nos asola, para que podamos evitar que nos lleve a sufrir la esclavitud y la miseria que porta este tipo de sinrazón; danos sabiduría y cólmanos de la valentía y el coraje suficiente como el que tu siempre demostraste y que ya antes, nuestros antepasados llevaron en las venas, para que así podamos superar de nuevo todas las adversidades. 

Ahora si, hasta pronto y gracias, muchas gracias, papá, te quiero y te querré siempre.

¡VIVA CRISTO, REY EN LA CRUZ Y ARRIBA ESPAÑA!

Felipe Pinto. 

PEDRO SÁNCHEZ NECESITA FIGURANTES PARA SIMULAR APOYO POPULAR

Hay imágenes que no solo ilustran una escena, sino que delatan un estado de ánimo. Y hay actitudes políticas que, repetidas en el tiempo, dejan de ser prudencia para convertirse en miedo. Eso es exactamente lo que ocurre con Pedro Sánchez y su relación con la calle: no es distancia institucional, es pánico al rechazo público.


No se trata de una percepción subjetiva ni de una exageración retórica. En las últimas ocasiones en las que Sánchez se ha expuesto mínimamente a un contacto no controlado con ciudadanos, el resultado ha sido el mismo: abucheos, gritos de protesta y escenas de tensión que han dado la vuelta a las redes y a los medios. Esa realidad explica todo lo que ha venido después.

Desde entonces, el presidente ha optado por una huida sistemática del contacto real con la gente. Sus apariciones públicas se han transformado en actos blindados, con perímetros de seguridad desproporcionados, accesos filtrados y ciudadanos mantenidos a gran distancia. 
La calle ya no es un espacio democrático, sino un riesgo que hay que neutralizar. No gobierna entre españoles; se esconde de ellos.

El miedo no es teórico. En episodios recientes, como su presencia en Paiporta durante la DANA, el rechazo vecinal fue tan evidente que obligó a extremar la protección y a reducir al mínimo la exposición. En otros contextos, como desfiles militares o actos institucionales, los abucheos han sido tan notorios que han terminado por confirmar lo que ya era evidente: Sánchez no soporta enfrentarse a un público no controlado.
Ese temor explica también ausencias cada vez más llamativas. Tras el grave accidente ferroviario de Adamuz, el presidente acudió al lugar exacto solo cuando se garantizó que no habría ciudadanos alrededor. No hubo contacto con familiares, no hubo presencia en funerales, no hubo acompañamiento público. No por discreción, sino por evitar el abucheo, por no exponerse al rechazo que hoy genera su figura. Un presidente que no acompaña a las víctimas por miedo a la reacción social ha cruzado una línea moral muy difícil de justificar.

Dentro del perímetro “seguro”, sin embargo, el guion cambia. Allí sí hay sonrisas, aplausos y gestos de entusiasmo. Pero no son espontáneos. Son fabricados. El entorno humano se selecciona con precisión quirúrgica y se repite acto tras acto. Las mismas personas aparecen una y otra vez en ciudades distintas, ocupando posiciones estratégicas alrededor del presidente para garantizar que la cámara capture apoyo y no rechazo.

La repetición de rostros ha desmontado definitivamente el relato del “baño de masas”. No son vecinos circunstanciales ni ciudadanos que se cruzan con el presidente por azar. Son figurantes políticos, colocados para simular cercanía donde ya no la hay. El entusiasmo no es real; es funcional. Sirve para construir una imagen que oculte la realidad.

El apretón de manos amplificado por móviles en alto y sonrisas forzadas no busca escuchar a nadie. No hay diálogo ni interés real por los problemas del ciudadano. Hay puesta en escena. Hay propaganda. Hay una política reducida a marketing visual, donde la gestión desaparece y solo importa el encuadre.
Mientras tanto, fuera del decorado, la situación del país se deteriora. El campo está asfixiado, las familias pierden poder adquisitivo, la inseguridad crece y la cohesión nacional se debilita. Pero nada de eso aparece en la foto. La teatralización sirve precisamente para ocultar la falta de respuestas, para tapar el vacío con gestos huecos.

Lo verdaderamente relevante no es el saludo ni el instante congelado por una cámara. Lo relevante es la coreografía completa que lo rodea. Nada es casual. Todo está calculado. Estamos ante un ejemplo claro de política performativa: fabricar la ilusión de apoyo allí donde el respaldo social se ha evaporado. Un presidente que necesita figurantes para aparentar cercanía no gobierna desde la autoridad, sino desde el miedo al abucheo.

Y eso es lo más grave de todo. Porque no estamos hablando solo de una mala estrategia de comunicación, sino de una degradación del cargo. Un presidente que evita funerales, que huye de la calle, que se rodea de figurantes y vallas para no escuchar lo que piensan los ciudadanos, no representa fortaleza ni liderazgo. Representa desconexión, temor y agotamiento político.

En definitiva, lo que muestran estas escenas es una vergüenza institucional: un poder que ya no se atreve a mirarse en el espejo de la sociedad real. Cuanto más teatro necesita, más evidente resulta la distancia insalvable entre el presidente y los españoles.

Felipe Pinto. 

jueves, 12 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD CIVIL MUESTRA SU APOYO AL CAMPO ESPAÑOL


Madrid vivió ayer algo que va mucho más allá de una simple protesta sectorial. Miles de tractores, agricultores, ganaderos y profesionales de la pesca entraron en la capital desde distintos puntos de España para denunciar una situación límite, y lo verdaderamente relevante no fue el colapso circulatorio, sino la reacción social. Frente a la caricatura habitual, la sociedad civil madrileña respondió con paciencia, comprensión y apoyo. Porque cada vez son más los españoles que entienden que el ataque al campo no es un problema ajeno, sino una agresión directa a la economía real, a la soberanía alimentaria y al futuro del país.


La movilización desmontó definitivamente el relato oficial. Durante años, el bipartidismo ha intentado presentar el malestar del sector primario como exagerado o interesado. Ayer quedó claro que no hay histeria ni privilegios: hay agricultores, ganaderos y pescadores asfixiados por normas imposibles, costes disparados y decisiones políticas tomadas de espaldas a la realidad productiva. Lo que colapsó Madrid no fue el tráfico, sino la mentira de que todo funciona.

En el centro de esta crisis se encuentra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, un pacto impulsado durante años por las élites políticas europeas con el respaldo activo del bipartidismo español. Tanto el PSOE como el PP han sido corresponsables de allanar el camino a este acuerdo gracias a sus relaciones privilegiadas en Bruselas y su sumisión a una política comercial que sacrifica al productor nacional en beneficio de intereses globalistas.

Conviene aclararlo con precisión: el acuerdo no está todavía ratificado definitivamente, pero eso no exonera a nadie. Las últimas votaciones en el Parlamento Europeo, en las que se decidió remitir el texto al Tribunal de Justicia de la Unión Europea para evaluar su encaje legal, han evidenciado divisiones internas, incluso dentro del Grupo Popular Europeo. Algunos eurodiputados populares votaron en contra, generando una apariencia de rectificación. Sin embargo, esta maniobra es, en la práctica, unilateral y de escaso impacto inmediato: no supone una ruptura real con el acuerdo ni una defensa efectiva del campo, sino un movimiento táctico que no cambia el fondo del problema.

Lo esencial sigue intacto: durante años, socialistas y populares han sostenido el avance de un tratado que permite la entrada de productos agrícolas y cárnicos procedentes de terceros países sin exigirles los mismos estándares sanitarios, laborales y medioambientales que se imponen al productor español. Eso no es libre comercio, es competencia desleal institucionalizada. Mientras al agricultor y al ganadero se les exige cada vez más, se les condena a competir contra productos más baratos porque no cumplen las normas que aquí son obligatorias.

Las consecuencias no recaerán solo sobre el sector primario. Las sufrirá el consumidor, que verá desaparecer la producción nacional y cómo se normaliza la entrada de alimentos de menor calidad y menor control. Las sufrirá el mundo rural, condenado al cierre de explotaciones y al despoblamiento. Y las sufrirá España en su conjunto, al perder su capacidad de producir lo que consume y depender de terceros países para algo tan básico como la alimentación.
El ministro de Agricultura, Luis Planas, simboliza esta política de abandono: obediencia ciega a Bruselas, silencio ante el sector y ninguna voluntad real de defensa. Pero el mensaje de ayer también interpela directamente a la oposición. El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no puede esconderse tras votaciones parciales o gestos ambiguos mientras su partido ha sido pieza clave en el engranaje europeo que ha conducido a esta situación. El campo ya no acepta dobles discursos ni rectificaciones de última hora.

La movilización de Madrid no fue un punto final, sino un aviso serio. El sector primario ha demostrado que está organizado, que cuenta con respaldo social y que no va a desaparecer en silencio mientras el bipartidismo decide su futuro en despachos lejanos. Si no hay una negociación real, inmediata y con compromisos firmes, las protestas continuarán y se intensificarán. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de agricultores, ganaderos y pescadores, sino la soberanía alimentaria de España y el derecho de los españoles a vivir de su trabajo.

Ayer Madrid habló claro. La sociedad civil tomó partido. Y lo hizo del lado del campo español.

Felipe Pinto.