Hay anuncios que no nacen para regenerar, sino para confundir. Propuestas que no buscan limpiar la vida pública, sino maquillar un poder cada vez más cuestionado. Cuando un Gobierno erosionado por escándalos, pactos opacos y ataques reiterados a los contrapoderes anuncia una ley “anticorrupción”, la pregunta no es si llega tarde, sino si nace ya moralmente muerta.
Que el Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez pretenda ahora erigirse en adalid de la lucha contra la corrupción no es un gesto de fortaleza institucional, sino la evidencia de una profunda crisis de credibilidad. No se trata de una torpeza comunicativa ni de una iniciativa mal calibrada, sino de una contradicción estructural que atraviesa toda la acción de gobierno: quien ha normalizado el deterioro institucional no puede presentarse como su regenerador sin incurrir en una impostura política.
La corrupción no es solo una suma de causas judiciales, comisiones ilegales o escándalos puntuales. Existe una corrupción más profunda y devastadora: la corrupción del poder que degrada las reglas del juego democrático, que convierte la ley en instrumento de conveniencia y que justifica cualquier cesión con tal de mantenerse en el cargo. Esa corrupción, silenciosa pero constante, es la que ha impregnado la acción del actual Gobierno y frente a la cual no sirve ninguna ley redactada desde el mismo poder que la ha alimentado.
Durante esta legislatura se ha instalado una peligrosa normalización de lo inaceptable. Se ha atacado a jueces cuando investigan, se ha puesto en cuestión a fiscales cuando incomodan, se ha señalado a medios de comunicación cuando informan y se ha construido un relato victimista para deslegitimar cualquier crítica. Al mismo tiempo, se han cerrado pactos con fuerzas políticas cuya relación con la corrupción política o institucional es sobradamente conocida, todo ello envuelto en un discurso moralizante que ya no engaña a nadie.
En este contexto, anunciar una ley anticorrupción no suena a compromiso ético, sino a maniobra defensiva. No parece pensada para reforzar la independencia judicial ni para fortalecer los mecanismos de control del poder, sino para apropiarse del discurso moral y decidir desde el Gobierno qué es corrupción, quién puede señalarla y cuándo conviene ignorarla. Cuando el poder legisla sobre sí mismo sin voluntad real de autolimitarse, el problema no es la corrupción ajena, sino el blindaje propio.
Resulta especialmente inquietante que este tipo de iniciativas lleguen tras años de concentración de poder, colonización de instituciones y debilitamiento de los contrapesos democráticos. Porque la corrupción no se combate erosionando la separación de poderes ni señalando al disidente como enemigo del progreso. Se combate con límites, con controles efectivos y con ejemplaridad. Y es precisamente en la ejemplaridad donde el Gobierno de Sánchez ha fracasado de forma estrepitosa.
A todo esto hay que añadir un elemento que ya no puede seguir esquivándose: la falta de vergüenza política del presidente del Gobierno. No estamos ante un error puntual ni ante una iniciativa mal planteada, sino ante la decisión consciente de seguir adelante como si no existiera contexto, de legislar como si el descrédito no fuera con él y de hablar de ética pública desde una posición completamente deslegitimada por sus propios actos.
Un presidente con un mínimo de pudor institucional habría optado por la prudencia. Habría entendido que antes de anunciar leyes contra la corrupción debía dar explicaciones, asumir responsabilidades políticas y dejar de atacar a jueces, periodistas y ciudadanos críticos. Pero aquí sucede exactamente lo contrario: cuanto mayor es el desgaste, mayor es el tono moralizante. No por convicción ética, sino por pura necesidad de supervivencia política.
Esta actitud no solo es arrogante, es profundamente dañina para la democracia. Transmite la idea de que el poder no tiene obligación de rendir cuentas, de que no existe límite alguno al ridículo institucional y de que la ciudadanía aceptará cualquier contradicción siempre que se presente envuelta en un lenguaje grandilocuente. Cuando un presidente pierde la vergüenza política, el problema ya no es una ley concreta, sino el deterioro moral del propio cargo que ocupa.
Esta supuesta ley anticorrupción no nace para limpiar la vida pública, sino para blanquear un poder desgastado, para simular una superioridad moral inexistente y para ganar tiempo frente a un relato que se le desmorona. No es regeneración democrática, es propaganda defensiva. No es valentía política, es huida hacia adelante.
La paradoja ya no está solo en la ley, sino en el propio presidente que la impulsa. Un dirigente que ha normalizado lo inaceptable, que ha relativizado la legalidad cuando le convenía y que ha hecho de la permanencia en el poder su único proyecto no puede hablar de corrupción sin provocar rechazo. No por exceso de dureza crítica, sino porque el contraste entre discurso y realidad resulta obsceno.
Cuando un Gobierno pierde la autoridad moral, ninguna ley puede devolverle la credibilidad. Y cuando un presidente pierde la vergüenza política, lo único que queda es el ruido de un poder que legisla contra lo que él mismo representa. Esa es la verdadera corrupción que hoy amenaza a España: no la que se denuncia en titulares, sino la que se ejerce desde el poder sin rubor, sin límites y sin responsabilidad.
Ninguna ley puede ser la solución contra la corrupción cuando esta está instalada en el propio Gobierno que pretende promulgarla. Contra la corrupción del poder, solo queda desalojar al poder.
Felipe Pinto.







