"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
Pinchar en foto para ver texto.

lunes, 29 de junio de 2026

SERENA SÁENZ: LA ESTRELLA LLAMADA A MARCAR UNA ÉPOCA

 


La lírica atraviesa un momento de enorme riqueza artística. La ópera continúa ofreciendo grandes voces que emocionan en los principales teatros del mundo, mientras que la zarzuela, uno de los tesoros culturales más valiosos de España, sigue luchando por ocupar el lugar que merece. Como español, considero que tenemos la obligación moral de proteger, difundir y prestigiar nuestro género lírico por excelencia, porque la zarzuela forma parte de nuestra identidad cultural y constituye un legado que no podemos permitirnos perder.

Afortunadamente, nuevas generaciones de cantantes están demostrando que es posible triunfar tanto en el gran repertorio operístico como en el español. Entre ellas destaca Serena Sáenz, quien, además de desarrollar una brillante carrera internacional en la ópera, ha demostrado un profundo respeto por la zarzuela. No es casualidad que obtuviera el Premio Pepita Embil de Zarzuela en Operalia gracias a una magnífica interpretación de la romanza «Me llaman la primorosa», ni que posteriormente haya asumido el exigente papel de Marola en La tabernera del puerto en el Teatro de la Zarzuela. Esa versatilidad confirma que nos encontramos ante una artista capaz de defender con la misma excelencia el gran repertorio internacional y nuestro patrimonio lírico español.

La lírica cuenta hoy con figuras extraordinarias. Entre las grandes divas de nuestro tiempo sigue brillando con luz propia Angela Gheorghiu, una de las sopranos más elegantes, expresivas y admiradas de las últimas décadas, cuya carrera constituye una referencia para cualquier cantante.

España también puede sentirse orgullosa de contar con magníficas voces. Sopranos como Sabina Puértolas, Ruth Iniesta o Saioa Hernández mantienen un extraordinario nivel artístico y representan con enorme dignidad a nuestro país en algunos de los principales teatros de ópera del mundo.

Sin embargo, desde mi punto de vista, hay una artista que destaca de una manera muy especial: Serena Sáenz.

La primera vez que uno la escucha tiene la sensación de encontrarse ante una voz privilegiada. Pero lo verdaderamente sorprendente no es solo la belleza de su timbre, sino la facilidad con la que afronta las mayores dificultades técnicas. Los agudos parecen surgir con absoluta naturalidad, la coloratura es limpia y precisa, la afinación impecable y, en ningún momento, transmite sensación de esfuerzo. Como solemos decir coloquialmente, canta sobrada.

Pero Serena Sáenz no destaca únicamente por su extraordinaria técnica vocal. Posee otra cualidad que distingue a las grandes figuras de la lírica: su capacidad interpretativa. No se limita a cantar; vive cada personaje. Cada gesto, cada mirada y cada movimiento están al servicio del papel que representa. Sobre el escenario deja de ser Serena para convertirse en la protagonista de la historia. Esa unión entre una voz excepcional y una interpretación profundamente creíble hace que el espectador no solo admire su canto, sino que se emocione con él. En una época en la que la ópera y la zarzuela exigen artistas completos, Serena reúne las condiciones de una auténtica cantante-actriz.

 
No es casualidad que dos gigantes de la lírica hayan apostado por ella. Plácido Domingo reconoció su talento en Operalia, el prestigioso concurso que ha servido de trampolín para muchas de las grandes figuras de la ópera actual. Y Elīna Garanča dio un paso todavía más significativo al incorporarla como artista invitada en su gira internacional Garanča & Friends, una decisión que solo se toma cuando existe una absoluta confianza en la calidad artística de quien comparte escenario.

Ese tipo de respaldos no garantizan una carrera, pero sí constituyen un magnífico aval. Los grandes artistas saben reconocer el talento cuando lo tienen delante.

A Serena todavía le queda un largo recorrido y, probablemente, lo mejor de su carrera aún esté por llegar. Precisamente por eso resulta tan apasionante seguir su evolución. Tiene juventud, una técnica extraordinaria, musicalidad, inteligencia interpretativa, carisma y una presencia escénica que atrapa desde el primer momento.

Naturalmente, cada aficionado tendrá sus preferencias y la historia de la lírica siempre estará llena de voces inolvidables. Pero, si alguien me preguntara cuál es hoy la soprano española con mayor proyección internacional y con más posibilidades de convertirse en una referencia mundial de su generación, mi respuesta sería clara: Serena Sáenz.

El tiempo, que es el juez más exigente en el mundo de la música, tendrá la última palabra. Pero todo invita a pensar que estamos asistiendo al nacimiento de una artista destinada a ocupar un lugar entre las grandes sopranos españolas de este siglo.

Ojalá dentro de unas décadas podamos decir que tuvimos el privilegio de contemplar, desde sus primeros grandes pasos, el nacimiento de una de esas voces que terminan escribiendo la historia de la lírica. Porque las grandes carreras no se improvisan; nacen del talento, del trabajo incansable y de una capacidad poco común para emocionar. Y Serena Sáenz posee, a mi juicio, esas tres cualidades en un grado verdaderamente excepcional.

Felipe Pinto
 


























lunes, 18 de mayo de 2026

ANDALUCÍA NECESITA UNA VERDADERA LIMPIEZA DE LAS REDES CLIENTELARES

Durante demasiados años, Andalucía ha vivido atrapada en una forma de hacer política donde el poder institucional ha terminado mezclándose peligrosamente con estructuras de dependencia política, subvenciones dirigidas, organismos paralelos y redes de influencia construidas alrededor del poder del Partido Socialista Obrero Español. No se trata únicamente de corrupción económica —que también ha existido y ha quedado reflejada en escándalos de enorme gravedad como el caso de los ERE— sino de algo todavía más profundo: la consolidación de una cultura política clientelar que ha condicionado durante décadas la vida pública andaluza.


El problema de las redes clientelares no consiste solo en colocar a determinadas personas en determinados puestos. El verdadero problema aparece cuando una parte de la sociedad termina dependiendo políticamente del bipartidismo para acceder a subvenciones, empleo público indirecto, ayudas, contratos o influencia institucional. Ahí deja de existir igualdad real entre ciudadanos y comienza a construirse un sistema donde el poder se perpetúa alimentando dependencias, favores y silencios interesados. Poco a poco, las instituciones dejan de percibirse como herramientas al servicio de todos y pasan a ser vistas como estructuras controladas por quienes llevan demasiado tiempo ocupando parcelas de poder.

Andalucía ha sufrido durante demasiado tiempo ese modelo. Un modelo que ha acabado generando una sensación de resignación colectiva, la idea de que nada podía cambiar porque todo terminaba moviéndose dentro de los mismos círculos políticos, administrativos y mediáticos. La alternancia parecía imposible y precisamente por eso el cambio político producido en Andalucía ha tenido tanta trascendencia histórica. Sin embargo, el simple relevo electoral no basta por sí solo para desmontar inercias construidas durante décadas.

El Partido Popular tiene ahora una responsabilidad histórica que va mucho más allá de gobernar o de gestionar el día a día de la administración autonómica. Tiene la obligación moral y política de desmontar definitivamente las estructuras clientelares heredadas y garantizar que nunca vuelvan a reproducirse bajo ningún color político. Porque el verdadero problema no desaparece simplemente sustituyendo unos nombres por otros. Si el nuevo poder termina utilizando las mismas prácticas, Andalucía habrá cambiado únicamente de administradores, pero no de sistema.

Y en ese escenario, VOX tiene una oportunidad política evidente. Al ser sus votos decisivos para la gobernabilidad de Andalucía, debería exigir como condición imprescindible para cualquier pacto de gobierno un compromiso firme y verificable para eliminar las redes clientelares construidas durante décadas. No deben bastar declaraciones genéricas ni simples promesas de transparencia. Hacen falta auditorías reales, reducción de estructuras paralelas, control exhaustivo de subvenciones, despolitización de organismos públicos y garantías de que el dinero de todos los andaluces deja de utilizarse como herramienta de influencia política.

Eliminar las redes clientelares exige valentía política y también reformas profundas. Exige revisar organismos públicos, empresas públicas y entes instrumentales que durante años han servido como herramientas de influencia política. Exige transparencia absoluta en subvenciones, ayudas y contratos públicos. Exige profesionalizar la administración para evitar colocaciones partidistas y reforzar la independencia de los funcionarios y órganos de control. Exige que los ciudadanos puedan conocer con claridad cómo se adjudica cada contrato y cómo se distribuye cada euro de dinero público. Y exige también proteger a quienes denuncian irregularidades, porque muchas veces el silencio ha sido una de las piezas fundamentales sobre las que se han sostenido estas estructuras y todo ello sería una quimera si dependiera exclusivamente del PP pero está VOX y con paso, para poder hacer que se lleve a cabo.

Pero además de las reformas técnicas, hace falta voluntad real de regeneración democrática. Porque las redes clientelares sobreviven muchas veces gracias a la costumbre, al miedo o a la dependencia económica y social que terminan generando. Romper esas dinámicas significa enfrentarse a intereses enquistados desde hace décadas y asumir el desgaste político que inevitablemente produce cualquier proceso serio de limpieza institucional.

Andalucía no puede permitirse volver al pasado. La comunidad más poblada de España necesita instituciones fuertes, neutrales y transparentes. Necesita ciudadanos libres, no dependientes políticamente de ninguna estructura de poder. Necesita recuperar plenamente la confianza en que el mérito, la igualdad y la legalidad están por encima del carnet político.

El gran reto histórico del Partido Popular no debería ser únicamente mantenerse en el gobierno. Su verdadero reto debería ser conseguir que en Andalucía nunca más pueda construirse una maquinaria clientelar semejante a la que durante tantos años ha condicionado la vida política andaluza. Porque cuando las instituciones dejan de pertenecer a los ciudadanos y pasan a convertirse en herramientas de supervivencia política de determinados partidos, la democracia se debilita, la sociedad se fractura y la libertad real de los ciudadanos termina deteriorándose lentamente.

Y Andalucía y, por ende, España, merecen mucho más que eso.

Felipe Pinto. 

martes, 28 de abril de 2026

PRIORIDAD NACIONAL: AYUDAS A CAMBIO DE SERVICIOS A LA COMUNIDAD


Cada vez más españoles perciben una realidad incómoda que durante años se ha intentado ocultar: una cosa es ayudar a quien verdaderamente lo necesita y otra muy distinta utilizar el dinero público para crear redes de dependencia política. La solidaridad bien entendida dignifica. El clientelismo degrada la democracia.

España no puede seguir instalada en un modelo donde determinadas ayudas, subsidios y prestaciones se entregan sin exigir responsabilidad alguna a quienes sí están en condiciones de aportar. Y tampoco puede tolerarse que esas ayudas se conviertan en una herramienta electoral al servicio del poder.

Muchos ciudadanos tienen la sensación de que el actual Gobierno de Pedro Sánchez ha entendido una parte del sistema asistencial no como un mecanismo temporal de protección social, sino como un auténtico caladero de votos cautivos. Cuantas más personas dependan del subsidio, más fácil resulta presentarse después como salvador imprescindible. Es una fórmula vieja: generar necesidad para después administrar dependencia.

Mientras tanto, el país sigue acumulando carencias evidentes. Montes abandonados que arden en verano, barrios deteriorados, caminos rurales sin mantener, ancianos que viven solos, dependientes que necesitan compañía, servicios locales desbordados y miles de tareas útiles que beneficiarían al conjunto de la nación.

La respuesta lógica no es eliminar ayudas, sino transformarlas. Quien reciba determinadas prestaciones y esté capacitado debería corresponder con servicios a la comunidad. Labores de desbroce y limpieza forestal, mantenimiento de espacios públicos, apoyo logístico municipal, acompañamiento a mayores en soledad, colaboración con bancos de alimentos o ayuda social básica bajo supervisión profesional.

Quien no pueda realizar tareas físicas podría desempeñar otras igualmente necesarias: compañía a ancianos, apoyo en centros sociales, gestiones sencillas o asistencia comunitaria adaptada. Se trata de convertir el subsidio en una herramienta de integración y utilidad pública, no en una paga sin rumbo.

Además, este sistema rompería la cultura de la pasividad que tanto daño hace. El trabajo, aunque sea comunitario y temporal, devuelve hábitos, autoestima, responsabilidad y vínculo con la sociedad. Cobra quien lo necesita, sí, pero también contribuye quien puede hacerlo.

Naturalmente, deben quedar excluidos quienes realmente no puedan trabajar: enfermos graves, discapacitados severos, dependientes o mayores sin autonomía. La justicia consiste en distinguir entre imposibilidad real y simple comodidad subvencionada.

La prioridad nacional exige otra filosofía: proteger primero a nuestros ciudadanos vulnerables, administrar con rigor cada euro público y evitar que las ayudas sean usadas como herramienta partidista.

Menos clientelismo electoral. Menos votos comprados con subsidios. Más manos limpiando montes, cuidando mayores y mejorando España.

Eso sí sería justicia social de verdad.

Felipe Pinto. 

lunes, 27 de abril de 2026

LA IGLESIA ACTUAL ES UNA VERGÜENZA PARA EL CRISTIANISMO

Cada vez somos más los españoles que contemplamos con tristeza cómo una institución que durante siglos representó la fe, la tradición y una parte esencial del alma de España parece hoy atrapada en la confusión, la tibieza y el acomodo. La Iglesia, que debería ser faro moral y guía espiritual transmite demasiadas veces la imagen de una estructura burocrática temerosa de incomodar al poder y obsesionada con agradar a quienes jamás respetarán aquello que el cristianismo representa.

La Iglesia no puede estar para repetir consignas ideológicas de moda ni para adaptarse dócilmente a cada corriente política dominante. Tiene que estar para anunciar la verdad cristiana, para defender la vida desde su inicio hasta su final natural, para proteger a la familia, para sostener a los débiles y para recordar que una nación sin raíces acaba siendo un pueblo sin alma. Sin embargo, estamos asistiendo al bochornoso espectáculo de una jerarquía silenciosa ante leyes gravísimas, prudente hasta el extremo frente a los ataques a la fe y sorprendentemente complaciente con quienes promueven una agenda frontalmente contraria a su propia doctrina.

Resulta incomprensible para muchos creyentes que se busquen entendimientos, gestos o cercanías con fuerzas políticas que defienden el aborto como derecho, la eutanasia como avance social y una concepción utilitarista de la vida humana. Si la Iglesia considera sagrada toda vida, desde el concebido no nacido hasta el anciano enfermo o dependiente, no puede transmitir la sensación de contemporizar con quienes impulsan justamente lo contrario. Cuando calla, duda o se muestra ambigua en cuestiones esenciales, no parece misericordiosa, parece rendida al poder establecido. 

Lo más doloroso es comprobar además cómo algunos sectores eclesiales parecen blanquear o justificar a herederos ideológicos de quienes persiguieron a los creyentes, asesinaron religiosos, antecesores suyos, incendiaron templos y destruyeron símbolos sagrados durante la Guerra Civil Española. Miles de sacerdotes, monjas y laicos fueron asesinados por odio religioso y centenares de iglesias quedaron arrasadas. Que hoy se mire hacia otro lado ante esa memoria resulta para muchos una humillación moral.

Mientras se ridiculizan procesiones, se caricaturiza la fe y se reescribe la historia desde el sectarismo, muchos pastores callan o hablan con una ambigüedad desesperante. Parecen más preocupados por no molestar al poder político que por difundir nuestra doctrina o acompañar a quienes esperan una palabra clara. 

Ese silencio no es prudencia, es renuncia. Esa neutralidad no es caridad, es cobardía institucional.

También sorprende que se hable tanto de grandes causas abstractas y tan poco de los dramas concretos que sufren millones de españoles: la crisis de natalidad, la ruptura familiar, la soledad de los mayores, la pérdida de identidad cultural, la inseguridad creciente o la dificultad de tantos jóvenes para formar un hogar. España necesita una Iglesia cercana al pueblo real, no a las élites ideológicas que la utilizan cuando conviene y la desprecian cuando deja de servir.

El cristianismo nació de la verdad, del sacrificio y del coraje. Jesús de Nazaret no buscó el aplauso del poder ni suavizó su mensaje para resultar simpático a los poderosos de su tiempo. Por eso duele ver cómo quienes deberían custodiar ese legado parecen avergonzarse de él.

La Iglesia católica debe rectificar, recuperar su firmeza, volver a honrar a sus mártires, ponerse a defender sin complejos la vida y estar al lado de sus fieles. Si continúa instalada en la indefinición, muchos seguirán pensando que no ha traicionado solo a una parte de España, sino al propio cristianismo que dice representar.

Felipe Pinto. 

viernes, 24 de abril de 2026

PRIORIDAD NACIONAL: LOS ESPAÑOLES PRIMERO

 Debemos exigir que haya prioridad nacional, seguridad jurídica y defensa de quienes sostienen España.

Mientras el debate político gira en torno a nuevas regularizaciones, fórmulas de arraigo y concesiones migratorias, millones de españoles siguen esperando respuestas a sus problemas reales. 

Esa es la cuestión que muchos intentan ocultar: antes que cualquier experimento ideológico o cálculo electoral, lo primero deberían ser los españoles.

● Primero los pensionistas que han cotizado toda una vida y contemplan con preocupación el futuro del sistema. 

● Primero los jóvenes españoles que no pueden emanciparse porque la vivienda se ha convertido en un lujo inalcanzable. 

● Primero las familias españolas trabajadoras que pagan impuestos cada vez más altos a cambio de servicios públicos saturados. 

● Primero los autónomos y pequeños empresarios españoles que sostienen el empleo pese a la presión fiscal. 

● Primero quienes llevan décadas levantando este país.

El Gobierno de Pedro Sánchez insiste en medidas centradas en facilitar permanencias, ampliar vías de regularización y presentar el arraigo como solución estructural y ningún país serio puede convertir la excepción en norma ni basar su política migratoria en parches continuos mientras descuida a su propia población.

Y lo más llamativo es que parte de la oposición aparenta discrepar, pero termina aceptando el mismo marco mental: discutir procedimientos, plazos o nombres jurídicos, sin atreverse a defender con claridad un principio elemental que muchos ciudadanos sí entienden: los recursos públicos son limitados y deben priorizar a los nacionales.

Españoles primero significa prioridad en empleo, vivienda pública, ayudas sociales, becas, plazas educativas, sanidad y protección social. Significa reconocer que los derechos construidos por generaciones de españoles no pueden tratarse como si hubieran surgido de la nada. Significa respetar a quienes han sostenido el sistema con su trabajo y sus impuestos.

También significa firmeza en seguridad y seguridad jurídica. 

Si el Ejecutivo, a través de iniciativas impulsadas desde el entorno de los ministros Marlasca y Bolaños, promueve cambios que afecten a procesos de regularización de extranjeros inmersos en procedimientos penales o privados de libertad, la ciudadanía tiene derecho a exigir explicaciones claras, límites precisos y máximas garantías legales.

La política migratoria no puede generar dudas sobre si personas pendientes de resolución judicial podrían beneficiarse de ventajas administrativas antes de que los tribunales concluyan su trabajo. 

En un Estado de derecho, el principio debe ser nítido: primero el cumplimiento de la ley, primero las resoluciones judiciales y primero la protección de los ciudadanos.

La inmigración ilegal no puede tener premio, y quien delinque debe responder con todas las consecuencias legales que correspondan. 

España necesita fronteras eficaces, inmigración legal y ordenada, integración exigente y expulsión de delincuentes extranjeros condenados conforme a la ley.

España necesita orden, sentido común y valentía política. No más complejos. No más discursos vacíos. No más ciudadanos de segunda en su propio país. Una nación seria protege primero a los suyos. Y hoy la consigna más justa, más sensata y más urgente es clara: los españoles, primero.

Felipe Pinto.