No hablo de falta de inteligencia, sino de la renuncia a utilizarla. De personas perfectamente capaces de razonar que, sin embargo, delegan su criterio en unas siglas, en un líder o en un relato cómodo. Prefieren que otros piensen por ellas. A cambio reciben seguridad, identidad, consignas sencillas y enemigos señalados. Es una tentación muy humana, pero políticamente devastadora.
Por eso la estupidez pesa más que la maldad. El malvado necesita cómplices; el estúpido se los regala. El corrupto necesita votos; el fanático se los entrega. El autoritario necesita silencio; el obediente se lo concede. Ahí comienza el deterioro de una democracia.
España ofrece hoy ejemplos preocupantes de esa dinámica. Millones de ciudadanos se consideran demócratas y seguramente lo son en su intención. Sin embargo, demasiados toleran prácticas que jamás aceptarían si las protagonizara el adversario político. Se normaliza la ocupación partidista de instituciones, el uso propagandístico del poder, la presión sobre órganos independientes y la política del enfrentamiento permanente.
Bajo el mandato de Pedro Sánchez, muchos observan una estrategia basada en dividir a la sociedad en bloques irreconciliables: izquierda contra derecha, ricos contra pobres, hombres contra mujeres, territorios contra territorios. Y al mismo tiempo, una dependencia del poder sostenida mediante pactos con independentistas, extrema izquierda y otras fuerzas cuyo objetivo político pasa por debilitar el proyecto común de España.
A ello se añade un factor especialmente grave a ojos de muchos ciudadanos: la sombra constante de la corrupción en su entorno más cercano. Cuando aparecen investigados, imputados o señalados judicialmente miembros del entorno político, gubernamental o familiar del presidente, la confianza pública se resiente de forma inevitable. Y cuando, pese a todo ello, se actúa como si nada ocurriera, el mensaje que recibe la sociedad es demoledor: que el poder se protege a sí mismo mientras exige ejemplaridad a los demás.
Pero la estupidez política no pertenece solo a un lado. También se manifiesta cuando se sigue confiando ciegamente en quienes ya fracasaron. Muchos españoles perciben que el Partido Popular, cada vez que gobierna, administra gran parte de la herencia socialista sin desmontar sus estructuras de fondo, y termina devolviendo el poder sin haber impulsado una alternativa real. Ocurrió tras los errores finales de la etapa de José María Aznar y volvió a verse con Mariano Rajoy, cuya pasividad política y el desgaste por la corrupción facilitaron el cambio de ciclo.
Ese es el núcleo del problema: no solo la ambición de quienes buscan el poder a cualquier precio, sino la docilidad de quienes se lo siguen entregando una y otra vez. El corrupto sin votos cae. El sectario sin seguidores fracasa. El incompetente sin respaldo desaparece.
España no necesita ciudadanos enfurecidos, sino despiertos. No necesita creyentes de partido, sino votantes exigentes. Porque la libertad rara vez muere de un golpe; normalmente se apaga cuando demasiados dejan de pensar y otros aprovechan para mandar.
Felipe Pinto.







