Madrid vivió ayer algo que va mucho más allá de una simple protesta sectorial. Miles de tractores, agricultores, ganaderos y profesionales de la pesca entraron en la capital desde distintos puntos de España para denunciar una situación límite, y lo verdaderamente relevante no fue el colapso circulatorio, sino la reacción social. Frente a la caricatura habitual, la sociedad civil madrileña respondió con paciencia, comprensión y apoyo. Porque cada vez son más los españoles que entienden que el ataque al campo no es un problema ajeno, sino una agresión directa a la economía real, a la soberanía alimentaria y al futuro del país.
La movilización desmontó definitivamente el relato oficial. Durante años, el bipartidismo ha intentado presentar el malestar del sector primario como exagerado o interesado. Ayer quedó claro que no hay histeria ni privilegios: hay agricultores, ganaderos y pescadores asfixiados por normas imposibles, costes disparados y decisiones políticas tomadas de espaldas a la realidad productiva. Lo que colapsó Madrid no fue el tráfico, sino la mentira de que todo funciona.
En el centro de esta crisis se encuentra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, un pacto impulsado durante años por las élites políticas europeas con el respaldo activo del bipartidismo español. Tanto el PSOE como el PP han sido corresponsables de allanar el camino a este acuerdo gracias a sus relaciones privilegiadas en Bruselas y su sumisión a una política comercial que sacrifica al productor nacional en beneficio de intereses globalistas.
Conviene aclararlo con precisión: el acuerdo no está todavía ratificado definitivamente, pero eso no exonera a nadie. Las últimas votaciones en el Parlamento Europeo, en las que se decidió remitir el texto al Tribunal de Justicia de la Unión Europea para evaluar su encaje legal, han evidenciado divisiones internas, incluso dentro del Grupo Popular Europeo. Algunos eurodiputados populares votaron en contra, generando una apariencia de rectificación. Sin embargo, esta maniobra es, en la práctica, unilateral y de escaso impacto inmediato: no supone una ruptura real con el acuerdo ni una defensa efectiva del campo, sino un movimiento táctico que no cambia el fondo del problema.
Lo esencial sigue intacto: durante años, socialistas y populares han sostenido el avance de un tratado que permite la entrada de productos agrícolas y cárnicos procedentes de terceros países sin exigirles los mismos estándares sanitarios, laborales y medioambientales que se imponen al productor español. Eso no es libre comercio, es competencia desleal institucionalizada. Mientras al agricultor y al ganadero se les exige cada vez más, se les condena a competir contra productos más baratos porque no cumplen las normas que aquí son obligatorias.
Las consecuencias no recaerán solo sobre el sector primario. Las sufrirá el consumidor, que verá desaparecer la producción nacional y cómo se normaliza la entrada de alimentos de menor calidad y menor control. Las sufrirá el mundo rural, condenado al cierre de explotaciones y al despoblamiento. Y las sufrirá España en su conjunto, al perder su capacidad de producir lo que consume y depender de terceros países para algo tan básico como la alimentación.
El ministro de Agricultura, Luis Planas, simboliza esta política de abandono: obediencia ciega a Bruselas, silencio ante el sector y ninguna voluntad real de defensa. Pero el mensaje de ayer también interpela directamente a la oposición. El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no puede esconderse tras votaciones parciales o gestos ambiguos mientras su partido ha sido pieza clave en el engranaje europeo que ha conducido a esta situación. El campo ya no acepta dobles discursos ni rectificaciones de última hora.
La movilización de Madrid no fue un punto final, sino un aviso serio. El sector primario ha demostrado que está organizado, que cuenta con respaldo social y que no va a desaparecer en silencio mientras el bipartidismo decide su futuro en despachos lejanos. Si no hay una negociación real, inmediata y con compromisos firmes, las protestas continuarán y se intensificarán. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de agricultores, ganaderos y pescadores, sino la soberanía alimentaria de España y el derecho de los españoles a vivir de su trabajo.
Ayer Madrid habló claro. La sociedad civil tomó partido. Y lo hizo del lado del campo español.







