"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
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lunes, 2 de noviembre de 2026

LA EDAD EN LA QUE ESTOY


Estoy en esa edad en la que, si como azúcar, me sube la diabetes; si como sal, me sube la presión; si tomo agua, tengo que ir al baño cada cinco minutos y, si no la tomo, me deshidrato.

Si como, engordo; si no como, me desmayo. Si no como sano, me sube el colesterol; si como sano, me falta calcio. Si hago ejercicio, al día siguiente no puedo moverme del dolor en los huesos; si no hago ejercicio, pierdo movilidad.

Si duermo mucho, me duele la espalda. Si duermo poco, ando como un zombi. Si tomo café, me acelero; si no tomo café, no arranco. Si descanso, me siento culpable; si no descanso, estoy para el arrastre.

Estoy en una edad en la que hasta cuidarse es peligroso.

Una edad en la que por las mañanas ya no me despierto... resucito. Sólo quiero decirles que: tenemos que tomarnos la vejez con calma, hay gente que se está volviendo realmente loca al estar encerrada y sola.

Justo se lo estaba  comentando hace un rato al  microondas y la tostadora mientras nos  tomabamos el café, y los tres estábamos de acuerdo.

A la lavadora ya no le cuento nada porque a todo le da vueltas y a la nevera la noto muy fría y  distante.

Ahh se me olvidaba, he dejado de  intentar hablar con la plancha y el horno, porque se calientan por nada.


Seamos felices la vida es muy corta ; y no olviden sonreír cada día sabiendo que:

1. La mediana edad comienza a los 50 y termina a los 70.

2. La edad dorada comienza a los 70 y termina a los 80.

3. La vejez comienza a los 80 y termina a los 90.

4. La longevidad comienza a los 90 y termina con la muerte.

Asi, que, ¡ánimo y p'alante!

viernes, 30 de octubre de 2026

EL ERROR HUMANO ES VOTAR AL PSOE

 


Equivocarse al votar forma parte de la democracia. Repetir la confianza después de décadas de promesas incumplidas, desempleo, escándalos y responsabilidades pendientes exige una memoria demasiado indulgente.

El PSOE ha construido buena parte de su discurso sobre la defensa de los trabajadores, la protección de los más vulnerables y una pretendida superioridad moral. Su historial de gobierno obliga a confrontar esas proclamaciones con sus resultados. Y esa comparación deja episodios demoledores.

González: casi catorce años de poder y millones de españoles sin trabajo

Felipe González dispuso de tiempo, mayorías y capacidad de decisión. Después de casi catorce años gobernando, entregó una España con un desempleo intolerable. Según la serie histórica de la EPA recogida por el Consejo Económico y Social, la tasa media de paro alcanzó el 24,2 % en 1994 y el 22,9 % en 1995. En el peor momento de aquella etapa, aproximadamente uno de cada cuatro integrantes de la población activa estaba sin trabajo.

El partido que decía representar a los trabajadores terminó su larga etapa de gobierno con una enorme fractura laboral. Después de tantos años de poder, la responsabilidad por ese resultado difícilmente podía atribuirse a una herencia que no hubiera habido tiempo de corregir.

A ese balance se añadió una degradación institucional que dejó nombres grabados en la memoria colectiva.

Filesa destapó un entramado de financiación irregular mediante sociedades y facturación ficticia. La sentencia del Tribunal Supremo de 1997 impuso condenas por distintos delitos a responsables empresariales y cargos socialistas. La corrupción había alcanzado mecanismos relacionados con la financiación del partido.

Luis Roldán, director general de la Guardia Civil durante el Gobierno socialista, se apropió de fondos y cobró comisiones, huyó de España y terminó condenado a 31 años de prisión. Una institución encargada de perseguir delitos había tenido al frente a un hombre condenado por corrupción.

Juan Guerra, hermano del vicepresidente Alfonso Guerra, fue condenado por fraude fiscal, aunque resultó absuelto en otros procedimientos. Su caso añadió otra sombra a una etapa marcada por el desgaste del poder y sus entornos.

Y el caso Marey llevó a las condenas de José Barrionuevo y Rafael Vera a diez años de prisión por detención ilegal y malversación. Aquí la gravedad desbordó el enriquecimiento particular: se emplearon poder y fondos públicos para actuaciones criminales. Las condenas fueron de sus responsables; la exigencia de explicaciones políticas alcanzaba al Gobierno del que formaban parte.

Los logros de una etapa no cancelan sus delitos ni borran a sus desempleados. La responsabilidad de gobernar comprende todo el balance.

Zapatero: el fracaso económico acabó pagando su propia política social

El final de José Luis Rodríguez Zapatero dejó una cifra devastadora. La EPA del cuarto trimestre de 2011 situó el desempleo en 5.273.600 personas y la tasa de paro en el 22,85 %. Rajoy asumió la presidencia al terminar diciembre: aquellos datos reflejaban fundamentalmente la situación recibida del Gobierno anterior.

La crisis financiera tuvo dimensión internacional y la vulnerabilidad inmobiliaria venía de antes. Precisamente para afrontar los problemas y sus consecuencias existen los gobiernos. La responsabilidad de Zapatero debe juzgarse por sus decisiones y por su respuesta.

La contradicción de su discurso social quedó escrita en el BOE. En 2010 aprobó una reducción media del 5 % de las retribuciones de los empleados públicos y suspendió la revalorización de la mayoría de las pensiones para 2011, con las excepciones previstas en la norma. También eliminó la prestación de 2.500 euros por nacimiento o adopción desde enero de 2011.

El PSOE que se presentaba como garantía de protección terminó recortando salarios públicos y congelando pensiones. Sus compromisos sociales chocaron con el deterioro de las cuentas. La factura llegó a ciudadanos a los que había prometido proteger.

El reproche a Zapatero también alcanza a la convivencia. Su manera de utilizar políticamente la memoria de la Guerra Civil contribuyó a reabrir heridas y a devolver al debate público la división entre vencedores y vencidos. España había dedicado décadas a construir una convivencia entre ciudadanos con historias familiares e ideas distintas. Un presidente debía cuidar ese entendimiento; convertir el pasado en una herramienta de confrontación deterioró un patrimonio común que había costado demasiado esfuerzo alcanzar.

El poder autonómico también dejó su historial

La responsabilidad del PSOE comprende también sus gobiernos autonómicos, aunque sus decisiones no deban confundirse con las del Ejecutivo nacional.

En Asturias, el caso Marea llevó a la condena del exconsejero socialista de Educación José Luis Iglesias Riopedre. La Audiencia Provincial le impuso en 2017 seis años de prisión por prevaricación, falsedad documental, fraude y cohecho en relación con irregularidades en la contratación administrativa.

En Andalucía, la Faffe dejó uno de los episodios más ofensivos por el destino de la institución: la formación y el empleo. La Audiencia de Sevilla condenó en 2023 a su exdirector Fernando Villén por utilizar tarjetas de la fundación para pagar en prostíbulos. Los fondos de una entidad dedicada al empleo se utilizaron para gastos particulares de esa naturaleza.

En Mercasevilla, el Supremo confirmó las condenas de Fernando Mellet y Daniel Ponce por exigir una comisión a empresarios para una escuela de hostelería subvencionada. El mismo tribunal anuló por falta de pruebas la condena de Antonio Rivas. La responsabilidad corresponde a quienes resultaron condenados.

Los ERE fraudulentos completan ese historial. Su evolución judicial exige precisión: el Tribunal Constitucional anuló las condenas de Chaves y Griñán y ordenó nuevas resoluciones. Esas decisiones modificaron sus responsabilidades penales, mientras el fraude en la gestión de ayudas y las distintas piezas del caso siguen formando parte del balance político de aquellos gobiernos.

Sánchez y el derrumbe de la promesa regeneradora

Con Pedro Sánchez, la contradicción entre el discurso de regeneración y los casos de corrupción ha alcanzado a figuras centrales de su estructura de poder.

José Luis Ábalos fue ministro de Transportes y secretario de Organización del PSOE. El Tribunal Supremo lo condenó en junio de 2026 a 24 años y tres meses de prisión en el caso de las mascarillas, y a su exasesor Koldo García a 19 años y ocho meses. En octubre rechazó sus incidentes de nulidad, agotando la vía judicial ordinaria.

La contratación vinculada a una emergencia sanitaria terminó en condenas por corrupción de un antiguo ministro y su asesor. La dimensión moral de lo ocurrido resulta especialmente grave por el momento en que sucedió y por las necesidades que debían atender aquellos contratos.

En la investigación sobre Santos Cerdán existen indicios concretos recogidos por la UCO: presuntas fuentes de ingresos no declaradas y beneficios económicos para él y su familia, dentro de una causa sobre posibles amaños en adjudicaciones de obra pública. Esos hallazgos requieren investigación judicial y explicaciones políticas sobre quien ocupó la Secretaría de Organización del partido.

También la apertura de juicio oral contra Begoña Gómez por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación añade preguntas sobre el entorno del presidente. Es una acusación pendiente de juicio; la Fiscalía y las defensas solicitaron su absolución. El examen político debe apoyarse en los hechos investigados, respetando la responsabilidad individual.

Un partido responde por sus nombramientos, sus controles y su reacción ante los indicios. Expulsar o apartar a un dirigente no explica cómo llegó a acumular tanto poder.

Con Sánchez, mi preocupación más profunda es el riesgo de una deriva autocrática: una concepción del poder que busca debilitar sus contrapesos y presentar cualquier límite como un obstáculo ilegítimo. La democracia exige controles independientes, rendición de cuentas y respeto a quienes fiscalizan al Gobierno. Cuando la permanencia de un dirigente se convierte en la prioridad que pretende justificarlo todo, la libertad política queda amenazada. Ese es el peligro que, a mi juicio, España debe afrontar antes de que el deterioro institucional resulte más difícil de reparar.

Una sucesión de desgracias y demasiadas respuestas pendientes

Desde la exhumación de Franco, en octubre de 2019, España ha atravesado tantas calamidades que la ironía surge sola: pareciera que Sánchez hubiera traído el gafe a la Moncloa. El sarcasmo termina ahí. Las responsabilidades deben examinarse en las decisiones de gobierno, la prevención y la respuesta a las víctimas.

La gestión de la pandemia dejó un precedente gravísimo para las libertades. El Gobierno de Sánchez impuso un confinamiento domiciliario general bajo un estado de alarma, y el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales y nulas las disposiciones que establecían aquella suspensión de la libertad de circulación. La sentencia 148/2021, de 14 de julio, determinó que unas restricciones de ese alcance excedían lo permitido por el instrumento jurídico elegido.

La gravedad de la emergencia sanitaria exigía una respuesta eficaz y ajustada a la Constitución. El Gobierno tenía la obligación de proteger la salud respetando las garantías de los ciudadanos. El fallo del Constitucional acreditó que había sobrepasado esos límites. Ese antecedente merece ocupar un lugar central en cualquier examen crítico de la actuación de Sánchez: precisamente en una crisis es cuando más importa que el poder respete los controles constitucionales.

Filomena dejó en enero de 2021 una nevada histórica, precedida de avisos de AEMET. Aquel episodio exige evaluar qué preparación tuvieron las administraciones y cómo coordinaron los medios de protección. Una alerta sirve cuando se traduce en actuaciones eficaces.

La Palma muestra la distancia entre los anuncios y la recuperación cotidiana. En 2026, el Cabildo tuvo que ampliar hasta 2027 los plazos de determinadas ayudas para llevar electricidad a viviendas afectadas por la erupción. Aproximadamente una cuarta parte de sus beneficiarios todavía no había podido iniciar las obras, entre otras razones por actuaciones pendientes en redes y servicios básicos. Años después del desastre, seguían existiendo necesidades elementales sin resolver.

Para una familia damnificada, la recuperación se mide en un hogar habitable y una vida reconstruida. Quienes prometieron soluciones deben responder por los plazos y por los obstáculos que continúan impidiéndolas.

La DANA y el deber de prevenir

La DANA de octubre de 2024 combinó precipitaciones extraordinarias y factores hidrológicos que desencadenaron una catástrofe. Su intensidad obliga a revisar la prevención, las infraestructuras y la gestión de la emergencia.

Hay obligaciones concretas que fiscalizar: conservación de cauces, retirada de obstáculos, obras de protección, ordenación de zonas inundables, alertas y coordinación. Cada administración debe responder por sus competencias, incluido el Gobierno central y los organismos de cuenca.

La protección ambiental exige mantenimiento y actuaciones técnicas. El propio Ministerio contempla retirar residuos, especies invasoras y elementos obstructivos de los cauces. Procede exigir los expedientes y los trabajos ejecutados para determinar dónde se actuó y dónde hubo omisiones. La seguridad de las personas merece algo más que una discusión de consignas.

El apagón, las tragedias ferroviarias y la crisis de Ceuta

El apagón del 28 de abril de 2025 evidenció una vulnerabilidad gravísima de un servicio esencial. El comité gubernamental identificó capacidad insuficiente de control de tensión, oscilaciones y desconexiones de generación, algunas aparentemente indebidas. El diagnóstico oficial documentó fallos que exigen responsabilidades y correcciones.

En Adamuz, el accidente ferroviario de enero de 2026 dejó 46 fallecidos. La Guardia Civil señaló como hipótesis una rotura del carril o un fallo de soldadura. Son elementos técnicos que obligan a examinar la infraestructura, su mantenimiento y sus controles.

En julio de 2026, Ceuta volvió a sufrir una entrada masiva e irregular, después del precedente de mayo de 2021. Cinco años después, las medidas adoptadas resultaron insuficientes para evitar otra crisis fronteriza de enormes dimensiones aun no solucionada. El Gobierno de Sánchez debe responder por su previsión, por la eficacia de los medios desplegados y por su sumisión a Marruecos. Los ceutíes merecen protección permanente, no respuestas de emergencia cuando la situación ya los ha desbordado.

En Urda, las primeras reconstrucciones describen una avería del sistema de protección LZB, órdenes de reanudar la marcha y un tren que permanecía detenido en la misma vía. La investigación debe determinar la secuencia definitiva y las responsabilidades. La explicación inicial del «error humano» exige aclarar también qué barreras de seguridad debían impedir que un error acabara en tragedia.

La confianza también se agota

El historial del PSOE reúne desempleo masivo al final de largas etapas de gobierno, recortes contrarios a sus promesas sociales, condenas por corrupción y graves preguntas sobre la gestión de servicios esenciales.

Los delitos de otros partidos pertenecen a sus propios expedientes. Ninguno absuelve al PSOE. Y la responsabilidad política puede exigirse mientras una investigación sigue abierta: por los controles, por los nombramientos y por las explicaciones ofrecidas.

Tres presidentes socialistas, tres etapas de gobierno y demasiadas heridas que reparar, bajo un denominador común: ¡la corrupción! Además, González y Zapatero dejaron un país castigado por el desempleo y graves desequilibrios; con Sánchez, el pésimo balance sigue abierto, pero ya resulta lo bastante desastroso para exigir que se depuren responsabilidades.

Reconstruir cuesta años de esfuerzo y sacrificios que pagan los españoles. Ahí empieza, a mi juicio, el error humano de volver a votar al PSOE: devolverle la confianza sin exigir cuentas por lo anterior y exponerse a repetir los mismos fracasos. 

España merece aprender de su historia.

Felipe Pinto. 

domingo, 25 de octubre de 2026

ESPAÑA, POR ENCIMA DE LOS PARTIDOS

 


Recuerdo hace un tiempo una España en la que podíamos pensar distinto y seguir compartiendo mesa, amistad y esperanza en el futuro. No era una España perfecta, pero muchos sentíamos que la convivencia estaba por encima de nuestras diferencias y que nuestro país era un proyecto común en el que todos teníamos algo que aportar.

Hoy siento que hemos perdido una parte de ese espíritu. La discusión política invade demasiados espacios y el adversario acaba convertido en enemigo. Parece que debemos justificarnos por defender nuestras convicciones, nuestras costumbres o nuestra identidad nacional.

Desde mis convicciones, considero que los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero marcaron un punto de inflexión en ese deterioro. Mariano Rajoy tuvo la oportunidad de corregir el rumbo y se inhibió completamente. Con Pedro Sánchez la división se ha convertido en una forma de ejercer el poder: mantener movilizados a los propios, descalificar al discrepante y subordinar demasiadas decisiones a la supervivencia del Gobierno.

Mi preocupación va más allá de unas siglas. El problema aparece cuando los partidos anteponen sus intereses a los de España. Cuando importa más conservar un cargo, asegurar un apoyo parlamentario o ganar el siguiente enfrentamiento que resolver los problemas de los ciudadanos. Las instituciones pierden entonces su sentido de servicio y la confianza se va quebrando.

La convivencia exige garantizar la libertad de expresión, el derecho de reunión y la participación en actos políticos. Me preocupa especialmente la intolerancia de quienes, desde posiciones comunistas o de izquierda radical, se consideran legitimados para intimidar al adversario, impedir un mitin o silenciar por la fuerza unas ideas que no comparten. Ante esas conductas, las autoridades tienen la obligación de proteger a los asistentes y actuar contra sus responsables.

Ninguna ideología concede el derecho a decidir quién puede hablar y quién debe callar. Manifestarse pacíficamente contra un partido es un derecho; amenazar, agredir o impedir que celebre sus actos vulnera los derechos de los demás. Una democracia se mide también por la libertad y la seguridad con las que pueden defender sus ideas quienes discrepan del Gobierno. Esa garantía debe ser igual para todos, incluidos quienes defendemos nuestras convicciones desde VOX.

La inmigración es otro de los asuntos donde considero imprescindible recuperar la responsabilidad política. Mi posición es clara: España debe defender sus fronteras y hacer cumplir sus leyes. La entrada ilegal no puede consolidarse como una vía habitual de acceso a nuestro país. Necesitamos una inmigración legal, ordenada y compatible con nuestra capacidad de acogida, respetando las garantías legales y el derecho de asilo.

Eso exige hablar de trabajo, vivienda, sanidad, educación y seguridad. Ningún gobernante debería promover o tolerar una situación para la que después no dispone de respuestas. Las consecuencias las viven los vecinos en sus barrios y también quienes llegan y descubren que las oportunidades prometidas no existen.

Pero la convivencia tampoco depende únicamente de los recursos económicos. Cuando falla la integración pueden surgir conflictos importantes, especialmente si algunas personas o grupos pretenden imponer sus normas al conjunto de la sociedad.

Quien decide establecerse en España debe respetar sus leyes, sus costumbres y sus principios de libertad e igualdad. Puede conservar sus creencias y tradiciones dentro del marco legal, pero no imponerlas a los demás ni pretender que la sociedad que le recibe renuncie a sus derechos o a su identidad.

No acepto que exigir ese respeto se presente como una muestra de intolerancia. Defender la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de conciencia o el cumplimiento de la ley es una obligación democrática. La integración requiere voluntad y compromiso, y los poderes públicos deben exigirlos con claridad. Los derechos deben ir acompañados de deberes, con una misma ley para todos.

Al mismo tiempo, la respuesta a la pobreza de otras regiones no puede descansar principalmente en trasladar población hacia los países más prósperos. La emigración puede ser una opción legítima, pero no debería convertirse en la única salida para millones de personas que no encuentran futuro en su tierra.

Ahí es donde la comunidad internacional, con Naciones Unidas como espacio de coordinación, debería impulsar una estrategia de desarrollo mucho más eficaz: ayudar a crear industria, modernizar la agricultura, desarrollar el comercio, mejorar las infraestructuras y formar a los jóvenes. Abrir oportunidades para que esos países generen riqueza y puedan sostenerse por sí mismos.

Las ayudas deben llegar a la población, someterse a controles rigurosos y producir resultados verificables. Deben contar con la iniciativa de las propias sociedades destinatarias y contribuir a su autonomía económica. Su finalidad debería ser que las personas puedan construir una vida digna en sus países, cerca de sus familias, sin verse obligadas a abandonarlo todo por necesidad.

España necesita recuperar la confianza en sí misma y exigir responsabilidad a quienes la gobiernan. Poder hablar de estos asuntos con libertad es parte de esa recuperación. Silenciar las preocupaciones o descalificar a quienes las expresan aumenta la distancia entre la política y la sociedad.

Nuestra historia debería servirnos para comprender el peligro de alimentar permanentemente el resentimiento. Me preocupa que nos acostumbremos a un lenguaje que presenta a unos españoles como enemigos de otros. Quienes tienen responsabilidades públicas deberían ser los primeros en evitarlo y en garantizar que ninguna discrepancia desemboque en intimidación o violencia.

No quiero una España enfrentada ni resignada a vivir en una tensión permanente. Quiero una nación donde la ley se cumpla, el esfuerzo encuentre oportunidades y los ciudadanos puedan discrepar sin odiarse. Una España donde el bienestar común pese más que el cálculo electoral y donde gobernar signifique servir también a quienes no te han votado.

Para conseguirlo, quienes ocupamos responsabilidades públicas debemos recordar a quién servimos. España está por encima de cualquier partido, de cualquier pacto y de cualquier ambición personal. Ese debería ser el punto de partida para recuperar la convivencia y volver a mirar al futuro con esperanza y ello debe lograrse desde un Estado limpio, no desde uno como el actual, envuelto en una completa corrupción gubernamental y donde las mafias criminales empiezan a asomar desde la cuna del propio partido en el poder.

Felipe Pinto


jueves, 22 de octubre de 2026

DESTINO

  


Con los años uno descubre que hay una belleza que no depende del espejo en que se mire, sino de lo que lleva dentro y de cómo lo comparte. Está en la mirada de quien escucha, en la serenidad de quien ha aprendido a no enfadarse por todo y en esa sonrisa espontánea que nos acerca a los demás. A veces basta ver sonreír a alguien para sentir que la vida se vuelve un poco más amable, porque lo que sentimos y pensamos acaba encontrando sitio en nuestro rostro.

Por eso, cultivar la gratitud, conservar la curiosidad y alegrarnos por el bien ajeno transforma nuestra manera de mirar y también de vivir. Los problemas siguen ahí, pero dejan de ocuparlo todo cuando aprendemos a reconocer lo bueno que sucede a nuestro alrededor: una conversación que se alarga sin mirar el reloj, una llamada inesperada, la tranquilidad de estar junto a alguien con quien podemos ser nosotros mismos.

Sin embargo, a menudo pasamos de largo ante esas pequeñas alegrías, convencidos de que la felicidad llegará después: cuando consigamos algo, cuando se resuelva una preocupación, cuando por fin todo esté en orden. Y, mientras esperamos, el café se va enfriando, dejamos una llamada para mañana y damos por hecho que siempre habrá tiempo para un abrazo. Hasta que un día comprendemos cuánto había de valioso en aquellos momentos que nos parecían corrientes y cuánto nos habría gustado detenernos un poco más en ellos.

Esa certeza nos enseña a recorrer la vida con menos prisa y menos necesidad de tenerlo todo previsto. Hacer planes nos ayuda a avanzar, aunque nadie sepa a ciencia cierta dónde le van a llevar sus pasos. También los desvíos forman parte de nuestra historia: algunos nos acercan a personas que terminan siendo esenciales; otros nos obligan a despedirnos, a empezar de nuevo o a encontrar serenidad en nuestra propia compañía. Y de cada encuentro, de cada pérdida y de cada comienzo queda algo en nosotros.

Así vamos dejando huellas, igual que la vida las deja en nuestra piel y en nuestra memoria. Algunas apenas se notan; otras despiertan al escuchar una canción o recordar un nombre. Hay heridas que necesitan mucho tiempo para encontrar sosiego, especialmente cuando nacen de aquello que más hemos querido. No hace falta agradecer el dolor ni fingir que ha desaparecido para reconocer el amor que ha existido y permitir que, poco a poco, su recuerdo también nos devuelva una sonrisa.
Quizá sea esa la sonrisa más nuestra: la que convive con lo vivido y todavía encuentra motivos para aparecer. Aprendemos entonces a decir a tiempo lo que sentimos, a cuidar de quienes tenemos cerca y a disfrutar sin exigir que el día sea perfecto. Y cuando sonreír cueste, también podremos concedernos paciencia, dejarnos acompañar y aceptar ese cariño que tantas veces ofrecemos a los demás. Porque también en los días difíciles, una palabra a tiempo o un abrazo sincero pueden devolvernos las ganas de sonreír.

Quizá el destino se vaya escribiendo así: con lo que elegimos, con lo que nunca pudimos prever y con el amor que damos y recibimos mientras recorremos nuestro camino.

Felipe Pinto. 

viernes, 21 de agosto de 2026

PP Y PSOE: AMBOS CULPABLES DEL MODELO DE ACOGIDA DE MENORES EXTRANJEROS

 

Durante años se ha intentado presentar el problema de los menores extranjeros no acompañados como una realidad sobrevenida ante la que los distintos gobiernos poco podían hacer salvo asumirla, gestionarla y distribuir sus consecuencias entre las distintas comunidades autónomas. Pero basta repasar la legislación española de las últimas décadas para comprobar que las cosas no son exactamente así.

El sistema actual no cayó del cielo ni apareció de repente con Pedro Sánchez. Se ha ido construyendo, modificando y consolidando durante décadas bajo gobiernos del PSOE y del Partido Popular. Ambos tienen similares responsabilidades políticas, aunque en momentos y grados diferentes.

La Ley Orgánica 1/1996 de Protección Jurídica del Menor estableció el gran marco de protección de la infancia en España, incluyendo a los menores extranjeros con independencia de su situación administrativa. Cuatro años después, la Ley Orgánica 4/2000 de Extranjería reguló específicamente la situación de los menores extranjeros no acompañados y estableció su puesta a disposición de los servicios de protección cuando fueran menores de edad.

Aquella legislación contemplaba, además, algo que hoy algunos pretenden presentar como una propuesta radical: el retorno del menor a su país de origen o al lugar donde se encontraran sus familiares. La permanencia en España no era la única solución contemplada por el legislador.

Pero la historia política de esta legislación resulta todavía más reveladora.

José María Aznar consiguió la mayoría absoluta en las elecciones generales del año 2000 y el Partido Popular reformó inmediatamente la Ley de Extranjería mediante la Ley Orgánica 8/2000. Tenía, por tanto, capacidad parlamentaria suficiente para establecer otro modelo si consideraba equivocado el existente y no lo hizo.

La reforma aprobada bajo el Gobierno de Aznar mantuvo que los menores extranjeros quedaran a disposición de los servicios de protección, mantuvo la posibilidad de permanencia en España y mantuvo que la residencia de los menores tutelados por una Administración pública se considerase regular.

Es decir, el Partido Popular no puede alegar que simplemente heredó una legislación socialista con la que nunca estuvo de acuerdo. Cuando dispuso de mayoría absoluta la reformó y decidió mantener sus elementos esenciales.

Después llegaron nuevas modificaciones. Durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, la reforma de la Ley de Extranjería de 2009 desarrolló ampliamente el régimen de los menores extranjeros no acompañados. El PSOE profundizó en un sistema que combinaba protección, tutela y documentación con la posibilidad legal de repatriación y reagrupación familiar.

Y después llegó Mariano Rajoy.

En 2011, el Partido Popular consiguió una nueva mayoría absoluta, incluso más amplia que la obtenida por Aznar. Volvía a tener en sus manos la posibilidad de modificar profundamente el modelo si realmente consideraba que España estaba equivocándose y tampoco lo hizo.

Durante aquella legislatura se reformó incluso el sistema de protección de la infancia mediante la Ley Orgánica 8/2015. El Partido Popular volvió a legislar disponiendo de mayoría absoluta y volvió a mantener el principio de protección de los menores extranjeros con independencia de su situación administrativa.

Por tanto, existe un hecho político difícilmente discutible: el Partido Popular ha dispuesto de dos mayorías absolutas para modificar sustancialmente este modelo y no lo hizo.

Después, con Pedro Sánchez, el PSOE ha dado nuevos pasos. En 2021 se facilitó considerablemente la documentación de los menores extranjeros no acompañados y, especialmente, de los jóvenes extutelados cuando alcanzaban la mayoría de edad. Y en 2025 se dio un paso más mediante el mecanismo obligatorio de distribución de menores entre comunidades autónomas.

En este último caso, el Partido Popular votó en contra, al igual que VOX. No puedo, pues, responsabilizar al PP de haber aprobado ese reparto obligatorio, pero sería bastante ingenuo interpretar ese voto como una ruptura repentina con el modelo que el propio PP había contribuido a mantener durante décadas.

En plena confrontación con el Gobierno de Pedro Sánchez y con VOX disputándole abiertamente una parte cada vez más importante del electorado de la derecha, votar a favor de un nuevo reparto obligatorio de menores extranjeros habría resultado políticamente muy difícil de explicar a sus propios votantes.

El PP votó en contra, sí, pero lo hizo después de años en los que, incluso disponiendo de dos mayorías absolutas, nunca desmontó el sistema que ahora cuestiona. Y ésa es precisamente la contradicción que no puede ocultarse detrás de una votación.

Es por eso que votar en contra del último capítulo no permite borrar los capítulos anteriores.

Durante décadas, PP y PSOE han gobernado España y han participado, de una manera u otra, en la construcción, reforma, mantenimiento y desarrollo del sistema que hoy tenemos. El PSOE lo ha ampliado considerablemente en los últimos años, pero el Partido Popular tuvo oportunidades históricas para cambiarlo cuando disponía de poder suficiente y decidió no hacerlo.

Y existe otra contradicción todavía más llamativa.

Cuando se plantea hoy que España debe negociar seriamente con los países de origen, localizar a las familias de estos menores y proceder a su repatriación cuando legalmente corresponda, inmediatamente aparecen acusaciones de radicalismo, insolidaridad o xenofobia.

Sin embargo, la repatriación y la reagrupación familiar no son ocurrencias recientes. Llevan décadas contempladas en la propia legislación española.

El problema, por tanto, no está únicamente en las leyes. También está en la voluntad política para utilizar los mecanismos que esas mismas leyes contemplan.

Proteger a un menor mientras se encuentra bajo responsabilidad de las administraciones españolas constituye una obligación jurídica y humanitaria. Pero protegerlo mientras se determina su situación no debería significar necesariamente asumir que su destino definitivo tiene que ser España. Si tiene una familia en su país de origen y existen las garantías necesarias para su retorno, el objetivo debe ser precisamente la reunificación familiar.

Lo que no parece razonable es transformar permanentemente un problema internacional y migratorio en un problema de distribución territorial dentro de España. Trasladar menores desde Ceuta o Canarias hacia Madrid, Andalucía, Galicia, Castilla y León o cualquier otra comunidad autónoma no resuelve el origen del fenómeno. Únicamente cambia la Administración que debe hacerse cargo de ellos.

Y aquí es donde el Partido Popular debería explicar su propia historia.

Porque resulta demasiado fácil endurecer ahora el discurso, reclamar fronteras más seguras, hablar de repatriaciones y criticar las políticas migratorias del Gobierno de Pedro Sánchez. Muchas de esas críticas pueden estar justificadas. Pero existe una pregunta inevitable: ¿por qué no cambiaron el modelo cuando pudieron hacerlo?

Aznar tuvo mayoría absoluta.

Rajoy tuvo mayoría absoluta.

Entre ambos gobernaron España durante años con capacidad parlamentaria suficiente para promover un sistema diferente.

No lo hicieron.

El PSOE tiene una enorme responsabilidad en la situación actual y particularmente en las reformas impulsadas durante los gobiernos de Pedro Sánchez. Pero el Partido Popular tampoco puede presentarse ante los españoles como un espectador inocente de una legislación que supuestamente siempre combatió.

Porque cuando tuvo poder para modificarla, la mantuvo.

Y cuando tuvo mayoría absoluta para sustituirla por otro modelo, tampoco lo hizo.

Por eso, antes de escuchar determinados discursos actuales del Partido Popular sobre inmigración y menores extranjeros, conviene recordar su trayectoria legislativa. No para eximir al PSOE de responsabilidad, sino precisamente para repartir esa responsabilidad allí donde corresponde.

Durante décadas, PP y PSOE han ido tomando decisiones que han construido el sistema actual. Ahora ambos pueden discutir sobre quién lo llevó más lejos, quién lo gestionó peor o quién aprobó la última reforma. Pero hay algo que ninguno de los dos puede reescribir: cuando tuvieron el poder para legislar, tanto PSOE como PP participaron en la construcción o mantenimiento del modelo que hoy tenemos.

Así que, por favor, señores del Partido Popular, no sigan intentando engañar a sus votantes haciéndoles creer ahora que ustedes nada tuvieron que ver con esta política de acogida de menores extranjeros. La historia legislativa está ahí y las mayorías absolutas de Aznar y Rajoy también. Tuvieron el poder, tuvieron los votos y tuvieron la oportunidad de cambiar el modelo. No lo hicieron.

Ahora resulta muy fácil endurecer el discurso, denunciar las consecuencias y presentarse como si siempre hubieran estado enfrente. Pero no pueden borrar su propio pasado ni esconder su responsabilidad detrás de las decisiones de Pedro Sánchez.

Porque, una vez más, pretenden lanzar la piedra y esconder la mano.

Y esta vez las leyes, las votaciones y su propia historia política demuestran perfectamente quiénes ayudaron a lanzarla.

Felipe Pinto.