"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

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jueves, 23 de abril de 2026

LA ESTUPIDEZ ORGANIZADA

Hay algo más peligroso que la maldad abierta: la estupidez voluntaria. La maldad, al menos, suele perseguir un fin reconocible. Busca poder, dinero, privilegios o impunidad. Tiene dirección. Y cuando se descubre su objetivo, puede ser combatida. La estupidez, en cambio, es más dañina porque no necesita pensar: le basta con obedecer.

No hablo de falta de inteligencia, sino de la renuncia a utilizarla. De personas perfectamente capaces de razonar que, sin embargo, delegan su criterio en unas siglas, en un líder o en un relato cómodo. Prefieren que otros piensen por ellas. A cambio reciben seguridad, identidad, consignas sencillas y enemigos señalados. Es una tentación muy humana, pero políticamente devastadora.

Por eso la estupidez pesa más que la maldad. El malvado necesita cómplices; el estúpido se los regala. El corrupto necesita votos; el fanático se los entrega. El autoritario necesita silencio; el obediente se lo concede. Ahí comienza el deterioro de una democracia.

España ofrece hoy ejemplos preocupantes de esa dinámica. Millones de ciudadanos se consideran demócratas y seguramente lo son en su intención. Sin embargo, demasiados toleran prácticas que jamás aceptarían si las protagonizara el adversario político. Se normaliza la ocupación partidista de instituciones, el uso propagandístico del poder, la presión sobre órganos independientes y la política del enfrentamiento permanente.

Bajo el mandato de Pedro Sánchez, muchos observan una estrategia basada en dividir a la sociedad en bloques irreconciliables: izquierda contra derecha, ricos contra pobres, hombres contra mujeres, territorios contra territorios. Y al mismo tiempo, una dependencia del poder sostenida mediante pactos con independentistas, extrema izquierda y otras fuerzas cuyo objetivo político pasa por debilitar el proyecto común de España.

A ello se añade un factor especialmente grave a ojos de muchos ciudadanos: la sombra constante de la corrupción en su entorno más cercano. Cuando aparecen investigados, imputados o señalados judicialmente miembros del entorno político, gubernamental o familiar del presidente, la confianza pública se resiente de forma inevitable. Y cuando, pese a todo ello, se actúa como si nada ocurriera, el mensaje que recibe la sociedad es demoledor: que el poder se protege a sí mismo mientras exige ejemplaridad a los demás.

Pero la estupidez política no pertenece solo a un lado. También se manifiesta cuando se sigue confiando ciegamente en quienes ya fracasaron. Muchos españoles perciben que el Partido Popular, cada vez que gobierna, administra gran parte de la herencia socialista sin desmontar sus estructuras de fondo, y termina devolviendo el poder sin haber impulsado una alternativa real. Ocurrió tras los errores finales de la etapa de José María Aznar y volvió a verse con Mariano Rajoy, cuya pasividad política y el desgaste por la corrupción facilitaron el cambio de ciclo.

Ese es el núcleo del problema: no solo la ambición de quienes buscan el poder a cualquier precio, sino la docilidad de quienes se lo siguen entregando una y otra vez. El corrupto sin votos cae. El sectario sin seguidores fracasa. El incompetente sin respaldo desaparece.

España no necesita ciudadanos enfurecidos, sino despiertos. No necesita creyentes de partido, sino votantes exigentes. Porque la libertad rara vez muere de un golpe; normalmente se apaga cuando demasiados dejan de pensar y otros aprovechan para mandar.

Felipe Pinto. 

sábado, 18 de abril de 2026

EL PP FUE QUIEN AVALÓ QUE ZAPATERO REPRESENTARA A EUROPA EN VENEZUELA

Durante años, una parte importante del debate político español ha querido presentar a José Luis Rodríguez Zapatero como un actor aislado en Venezuela, una figura que actuaba por libre, movida únicamente por afinidades ideológicas o por intereses personales. Sin embargo, la realidad histórica desmonta ese relato. Fue el Gobierno del Partido Popular quien avaló oficialmente que Zapatero ejerciera como mediador europeo ante la crisis venezolana.

En julio de 2016, con Mariano Rajoy al frente del Gobierno y José Manuel García-Margallo como ministro de Asuntos Exteriores, el Ejecutivo español expresó públicamente su respaldo a que la Unión Europea impulsara a Zapatero como enviado especial para Venezuela. No fue una especulación ni una maniobra escondida. Fue una posición pública, conocida y asumida por el Gobierno de España.

Aunque ya sin mayoría absoluta, el Partido Popular seguía al mando del Gobierno y de la acción exterior del Estado. Nadie obligó al PP a avalar a Zapatero; lo hizo porque quiso.

Las declaraciones oficiales no dejaron demasiadas dudas. El Gobierno estaba dispuesto a apoyar cualquier iniciativa de mediación. Traducido al lenguaje político real: el Partido Popular entendía que Zapatero era la figura válida, útil y adecuada para intentar abrir una vía de diálogo en Venezuela.

Y aquí aparece una verdad incómoda que muchos prefieren silenciar: cuando se trata de protegerse entre sí, el bipartidismo siempre acaba encontrándose. En público discuten, se insultan y escenifican enfrentamientos irreconciliables. Pero cuando llega la hora de repartirse instituciones, proteger trayectorias políticas o darse cobertura mutua, PP y PSOE vuelven a reconocerse como socios naturales del sistema.

Porque no deja de resultar revelador que un Gobierno del Partido Popular eligiera como interlocutor internacional a uno de los grandes símbolos del socialismo español. Mientras en España vendían confrontación, fuera de España colaboraban con absoluta normalidad.

Y hoy asistimos a nuevas escenificaciones. Mucho entregar llaves de ciudades, homenajes y reconocimientos a María Corina Machado, mucho gesto solemne y mucha fotografía. Pero convendría no olvidar que antes avalaron el envío de Rodríguez Zapatero a Venezuela como interlocutor, como también se homenajeó a Gustavo Petro, exintegrante del M-19 y referente de la izquierda radical latinoamericana. La memoria selectiva vuelve a funcionar cuando conviene.

Aquello no fue solo una decisión diplomática. Fue también una fotografía del régimen de alternancia que durante décadas han protagonizado PP y PSOE: turnarse el poder, criticarse de cara al electorado y auxiliarse cuando conviene. Hoy unos fingen indignación con Zapatero. Ayer otros lo promocionaban institucionalmente.

La hemeroteca vuelve a hablar claro. Quienes ahora utilizan Venezuela como arma política deberían explicar por qué entonces bendijeron a quien hoy señalan. Porque la memoria selectiva puede servir para un titular, pero no resiste los hechos.

Lo sucedido demuestra que muchas veces el verdadero muro no separa izquierda y derecha tradicional, sino a los ciudadanos de una élite política que se protege a sí misma bajo distintas siglas.

La verdad quedó escrita. Una vez más, el Partido Popular: lanza la piedra, esconde la mano y después niega la evidencia. Y el bipartidismo, como casi siempre, cerrando filas cuando le conviene.

Felipe Pinto. 

miércoles, 15 de abril de 2026

LA JUSTICIA BAJO EL ASEDIO DEL GOBIERNO

El deterioro institucional en España ya no se disimula. Ha dejado de ser una sospecha para convertirse en una evidencia. Lo que estamos viendo estos días no es una simple discrepancia entre poderes, ni un debate jurídico legítimo. Es algo mucho más profundo y preocupante.

El Gobierno no se ha limitado a criticar al juez Juan Carlos Peinado. Ha ido un paso más allá. Según ha publicado la prensa, el ministro se ha dirigido por escrito a la presidencia del Consejo General del Poder Judicial trasladando su convicción de que ese juez debe ser sancionado y reclamando una actuación rápida del órgano de gobierno de los jueces. No estamos, por tanto, ante una declaración aislada o un exabrupto político. Estamos ante una actuación formal, reiterada y dirigida a quien tiene competencias disciplinarias sobre la carrera judicial.

Y esto nos tiene que preocupar y que suene la alarmapara todos los españoles,

porque en un Estado de derecho, el poder ejecutivo no puede, ni directa ni indirectamente, condicionar la actuación del poder judicial. No puede señalar a un juez por el contenido de sus resoluciones y, acto seguido, instar al órgano competente a actuar contra él. Eso es romper el equilibrio más básico sobre el que se sostiene cualquier democracia: la separación de poderes.

No se trata de si el juez tiene razón o no. No se trata de si sus resoluciones gustan o disgustan. Se trata de algo mucho más esencial: que los jueces deben poder ejercer su función sin interferencias del poder político. Sin presiones. Sin advertencias veladas. Sin mensajes que, por su insistencia y dirección, trascienden la mera crítica.

Algunos dirán que todo entra dentro del juego político. Que son simples quejas. Que existen cauces formales para plantearlas. Y es cierto que los hay. Pero también es cierto que cuando quien gobierna utiliza su posición para trasladar reiteradamente al órgano de gobierno de los jueces la necesidad de sancionar a un magistrado concreto, la línea que separa la crítica de la injerencia empieza a difuminarse peligrosamente.

Y ese es el verdadero problema.

No estamos aún —al menos con lo que públicamente se conoce— ante un delito acreditado. Pero sí estamos ante un escenario que, de consolidarse, puede erosionar gravemente la independencia judicial. Porque la presión institucional no siempre se ejerce mediante órdenes explícitas. A veces se construye mediante el señalamiento constante, la deslegitimación pública y la insistencia en que debe haber consecuencias disciplinarias.

Cuando eso ocurre, el mensaje que se lanza es devastador: que investigar al poder tiene coste.

Y en ese momento, el problema deja de ser de un juez concreto. Deja de ser de un procedimiento concreto. Pasa a ser un problema del sistema.

Porque sin jueces independientes no hay Estado de derecho. Y cuando el poder político empieza a actuar como si pudiera influir en ellos, lo que está en juego ya no es una causa judicial, sino la propia calidad democrática de un país.

Felipe Pinto. 

domingo, 12 de abril de 2026

LA DERECHITA COBARDE SIEMPRE HA EXISTIDO

España no sufre hoy una anomalía política. Lo que vivimos no es algo nuevo, ni una desviación puntual del sistema. Es la repetición de un patrón histórico: la existencia de una derecha que, cuando llega el momento decisivo, no se atreve a hacer lo que prometió. Una derecha que gana elecciones, pero pierde el pulso político. Una derecha que denuncia a la izquierda… para acabar asumiendo sus reglas. Esa derecha tiene nombre hoy, pero ya lo tuvo antes: la CEDA.

La Confederación Española de Derechas Autónomas fue el gran bloque político de la derecha durante la Segunda República. Liderada por José María Gil-Robles, representaba a millones de españoles hartos del sectarismo, del anticlericalismo y del proceso de ruptura nacional que impulsaban las izquierdas. En las elecciones de 1933, la CEDA se convirtió en la fuerza más votada del país. Tenía respaldo social, tenía legitimidad democrática y tenía la oportunidad histórica de corregir el rumbo de España.

Y sin embargo, no lo hizo.

Pese a su victoria, la CEDA renunció a gobernar directamente. Prefirió sostener desde fuera a gobiernos débiles como los de Alejandro Lerroux, en lugar de asumir el poder con claridad y aplicar el programa que sus votantes esperaban. Fue una decisión clave. No fue un matiz táctico: fue una renuncia política. La derecha había ganado, pero no quiso ejercer.

Ese es el primer gran rasgo de la derechita cobarde: ganar sin gobernar.

Durante meses, la CEDA actuó como apoyo parlamentario, confiando en que el sistema se corrigiera solo, sin enfrentarse de verdad a los problemas estructurales que denunciaba. Cuando finalmente decidió entrar en el gobierno, en 1934, lo hizo tarde, débil y en un contexto ya radicalizado. La reacción de la izquierda fue violenta —como en la revolución de Asturias—, pero eso no invalida el hecho esencial: la derecha había tenido su momento antes… y lo dejó pasar.

Segundo rasgo: llegar siempre tarde.

La CEDA se movió constantemente entre dos aguas: un discurso firme para movilizar a su electorado y una práctica política moderada para no incomodar al sistema. Defendía la religión, el orden y la unidad nacional, pero aceptaba el marco político que precisamente estaba erosionando esos principios. Quiso jugar dentro de unas reglas que sus adversarios no respetaban.

Tercer rasgo: respetar unas reglas que el adversario utiliza para destruirte.

No es difícil ver el paralelismo con la actualidad.

El Partido Popular lleva años denunciando con contundencia las políticas de la izquierda: la cesión al separatismo, la degradación institucional, la colonización de la justicia, la manipulación de la memoria histórica. Su discurso es claro, incluso duro en ocasiones. Pero cuando llega el momento de actuar, aparece la misma pauta que ya vimos en la CEDA.

Se recurre la ley… pero se acepta el marco.

Se denuncia al adversario… pero se pacta con él.

Se promete firmeza… pero se ejecuta moderación.

Ahí está el ejemplo de la ley de amnistía: recurrida, criticada, señalada como inconstitucional… pero asumida de facto cuando el sistema la valida. Ahí está la renovación del Poder Judicial: años denunciando su politización para acabar participando en el reparto. Ahí está, en definitiva, una forma de hacer política basada en no romper nunca, aunque todo indique que habría que hacerlo.

Exactamente igual que la CEDA.

Porque el problema no es de ideas. La derecha española ha tenido, en distintos momentos, diagnósticos acertados de lo que ocurría en el país. El problema ha sido siempre el mismo: la falta de voluntad para llevar esos diagnósticos hasta sus últimas consecuencias.

Y ahí es donde entra una diferencia clave en el panorama actual.

Vox rompe con esa tradición. No nace para gestionar el sistema tal y como está, sino para cuestionarlo cuando considera que ese sistema ha dejado de servir a España. Frente a la lógica de la cesión permanente, plantea la confrontación política abierta dentro de la legalidad. Frente a la adaptación al marco ideológico de la izquierda, propone una alternativa clara sin complejos.

No es una cuestión de estilo. Es una cuestión de actitud histórica.

España ya vivió lo que ocurre cuando la derecha no está a la altura de su responsabilidad. La CEDA creyó que podía frenar la deriva revolucionaria con prudencia, con equilibrios, con cálculo. No lo consiguió. La historia posterior es conocida.

Hoy no estamos en 1936. Pero el patrón psicológico y político sí se repite: una derecha que teme ejercer el poder con la firmeza que exige la situación.

Por eso el problema no es solo el Partido Popular. Es algo más profundo: es la persistencia de una forma de entender la política desde la renuncia preventiva. Desde el miedo al conflicto. Desde la obsesión por ser aceptado por quienes nunca te van a aceptar.

Y eso, en política, tiene un nombre. Ayer fue la CEDA y hoy es el Partido Popular.

La derechita cobarde siempre ha existido.

Felipe Pinto. 

lunes, 6 de abril de 2026

LA HONRADEZ INDIVIDUAL INCOMPATIBLE CON EL APOYO A LA CORRUPCIÓN COLECTIVA


No puedo llegar a entender cómo alguien que se considere honrado puede seguir apoyando a los partidos del bipartidismo. Al PP, tras Gürtel, Kitchen y tantos otros escándalos. Al PSOE, con casos como las mascarillas, todo el tema de hidrocarburos, comisiones ilegales y todos los demás casos de corrupción que afectan, de momento, a los ex números dos del partido.

Y, a pesar de eso, ahora vienen las excusas. El propio Partido Socialista dice que ya no están en el partido. Pero ¿cómo que no están en el partido? Estaban y eran las dos manos derechas del presidente del Gobierno.

Un presidente, además, también involucrado en tramas corruptas por su propia esposa, su propio hermano y el anterior presidente del Gobierno socialista, Rodríguez Zapatero y Plus Ultra, con todo lo que ello conlleva.
Con respecto al PP, se excusa diciendo que son cosas del pasado, que ya han pagado por ello con la moción de censura.

¿En serio? ¿Qué ya han pagado? ¿El Partido Popular ha pagado? ¿Quién ha pagado, el PP o todos los españoles que hemos tenido que aguantar lo que ha venido después de esa moción de censura?

Porque aquí, al final, resulta que siempre pagamos los mismos.

Termino diciendo, y vuelvo a repetir, que las personas que se crean decentes y honradas deben reflexionar sobre el estado en que están sus propias ética y moral para seguir dando apoyo a la corrupción,  es decir, al Partido Socialista o al Partido Popular.

Felipe Pinto.