Que no hubiera móviles, ni PlayStation, ni Internet, ni videojuegos, ni la tecnología actual no nos quitaba nada; al contrario, probablemente nos daba más. Nos divertíamos incluso más que ahora porque socializábamos más y de verdad. Jugábamos en la calle y en los parques, con canicas, chapas, cromos, Juegos Reunidos, ajedrez y damas, Nancy, muñecas, combas y cintas, indios y vaqueros, policías y ladrones, balón prisionero, la pelota con dos piedras por portería.
E incluso algunos tenían el Cine Exin. Con todo ello aprendíamos a perder y a ganar, a discutir y arreglarnos, a respetar reglas y turnos, a convivir sin pantallas que lo filtraran todo. Salíamos sin móvil, sin geolocalización, con una única condición: volver a casa antes de anochecer. Y el mundo no se caía. Nuestros miedos eran de niño, la oscuridad, el coco, el hombre del saco, alguna película de terror; miedos simbólicos que se vencían al crecer. No era el miedo real y permanente que hoy se ve en la mirada de niños, jóvenes y mayores, ese miedo que nace de un entorno sin límites claros, con violencia cotidiana en las calles, hoy, normalizada y con una sensación de desamparo que lo contamina todo.
Jugábamos fuerte, sin miedo, sin burbujas ni algodones. Volvíamos a casa con los pantalones rotos, las rodillas peladas y alguna herida que se curaba con mercromina y una frase que hoy sería escándalo: “no es nada, levántate y sigue jugando”. Y seguíamos. Aprendíamos a medir el riesgo viviéndolo, a conocer nuestros límites probándolos, a levantarnos solos antes de que alguien nos convenciera de que éramos frágiles. Aquello no era abandono, era confianza. Hoy, en cambio, se ha instalado un buenismo paralizante que confunde cuidado con sobreprotección y amor con miedo permanente. Cualquier caída es una tragedia, cualquier frustración un trauma, cualquier rasguño una “pupita” que exige drama, denuncia o terapia. Se ha criado a muchos niños sin permitirles caer y luego nos sorprende que no sepan levantarse. Se les protege tanto del mundo que llegan a la vida sin defensas, sin tolerancia a la frustración y sin carácter. Eso no es progreso educativo, es una fábrica de inseguridad.
Nuestra generación ha visto cambiar el mundo como ninguna otra. Pasamos del teléfono con operadora y las cabinas de fichas a las videollamadas; de las diapositivas a YouTube; del vinilo y el cassette al mp3 y al streaming; de la carta escrita a mano o la postal al correo electrónico y la mensajería instantánea; de las radionovelas y los concursos en directo en la radio a la televisión en blanco y negro, luego en color y ahora a la hiperdefinición y las plataformas; del videoclub a las series bajo demanda; de los primeros ordenadores con tarjetas perforadas a llevar terabytes en el bolsillo. Vivimos cambios culturales enormes, disfrutamos de ritmos irrepetibles y vimos transformarse modas y costumbres. Bebíamos agua del grifo, del botijo o de la manguera; limonada en jarras de cristal; tomates que sabían a tomate; comida hecha en casa. Hoy el prefabricado y el reparto a domicilio compiten con la mesa familiar y ganan demasiadas veces. El progreso es real, también en salud y en ciencia, incluso en revoluciones enormes del conocimiento; pero precisamente por haberlo visto todo sabemos que la tecnología no garantiza una vida mejor si lo humano se degrada.
Por eso chirría tanto el relato que presenta aquella infancia como una anomalía opresiva y a quienes la vivimos como tarados educados en la ignorancia. La realidad fue una vida sencilla y feliz, con meriendas humildes, tebeos y aventuras, dos canales de televisión que no nos traumatizaron, golosinas de kiosco sin epidemias de obesidad, juegos físicos y pandillas, pocos regalos y celebrados como milagros y unos colegios exigentes donde el esfuerzo tenía consecuencias. Muchos llegaron a la universidad y muchos más aprendieron un oficio desde abajo, con dignidad. Tal vez nuestro mayor error fue no valorar suficientemente el esfuerzo de nuestros padres y, queriendo hacerlo mejor, proyectar sobre nuestros hijos una permisividad que a nosotros no nos habrían tolerado. Hoy vemos cómo una parte de esos retoños, criados en un mundo de derechos sin obligaciones, se alza contra la sociedad que les ha permitido disfrutar de lo que jamás tuvimos, confundiendo disciplina con tiranía, respeto con sumisión y deber con opresión.
A ese buenismo se le ha sumado algo aún más grave: la renuncia de los adultos a proteger la inocencia. Bajo el disfraz de modernidad se han colado postulados que adelantan a edades absurdas cuestiones para las que un niño no está preparado ni física, ni emocional, ni moralmente. Se habla de educación sexual precoz, de consentimientos descontextualizados y de “derechos” que un menor no puede comprender porque aún está construyendo su personalidad. Lo que debería ser educación lo convierten en confusión y la libertad en irresponsabilidad adulta. La infancia no necesita ideología, necesita tiempo. No necesita sexualización temprana, necesita juego, límites y seguridad. Convertir a los niños en sujetos de debates que pertenecen al mundo adulto no los empodera, los desprotege. Y hacerlo en nombre de una supuesta moral progresista no lo hace más aceptable; lo hace más inmoral.
El resultado está a la vista: profesores desautorizados, comerciantes amenazados, rejas en ventanas, puertas cerradas con miedo, una vida donde se protegen más las coartadas del delincuente que la dignidad del ciudadano honrado. Se ridiculiza el cumplimiento y se aplaude la trampa. El éxito se mide por apariencia y consumo: coches que valen más que abrazos, pantallas más valiosas que conversaciones, marcas por encima del carácter, niños con móviles antes de tener infancia. Y mientras se presume de conciencia ecológica, se vive en el despilfarro, olvidando prácticas sencillas y eficaces que antes eran naturales porque no necesitaban etiqueta.
No se trata de volver atrás ni de renegar del progreso tecnológico, que es real, inevitable y, bien utilizado, valioso. Se trata de ordenarlo y de no romper el hilo. Si nosotros nos divertimos con juegos sencillos, reales y compartidos, no hay razón para que los niños de hoy no puedan hacerlo también. No como sustitución, sino como aprendizaje. Antes de la pantalla, la calle; antes del estímulo inmediato, el juego; antes del aislamiento, la relación. Conocer esas formas de convivir y divertirse no es retroceder, es ampliar. Porque el progreso no consiste en borrar lo anterior, sino en sumar sin perder lo que nos hizo humanos.
Yo no pido decorados antiguos ni hago llamamientos ingenuos. No ignoro que hoy las calles ya no son lo que eran, que muchas puertas ya no pueden estar abiertas y que salir los niños a jugar a la calle, como hacíamos nosotros, se ha convertido en algo problemático porque la inseguridad es real y creciente. Y no lo es por casualidad. Es el resultado de decisiones políticas irresponsables, de una política de puertas abiertas que ha traído consigo delincuencia, desorden y miedo, y de una renuncia del Estado a proteger primero a quienes cumplen la ley.
Precisamente por eso no hablo de volver atrás, sino de recuperar lo que se perdió. Devolver seguridad a las calles antes de pedir a los niños que vuelvan a ellas. Recuperar la autoridad, el respeto y el orden antes de exigir convivencia. Proteger la inocencia antes de exponerla. Porque aquella infancia fue más simple y más humana no por romanticismo, sino porque se sostenía sobre algo que hoy se ha debilitado peligrosamente: la seguridad, la responsabilidad y el sentido común. Sin eso, no hay infancia libre posible, solo encierro, miedo y pantallas. Y ese es el verdadero fracaso de nuestra época.
Felipe Pinto.







