"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

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jueves, 1 de enero de 2026

2026: EL AÑO EN EL QUE EL CAMPO ESPAÑOL DEBE VOLVER A SER SOBERANO


Comenzamos un nuevo año y, como es tradición, llegan los deseos, las felicitaciones y las palabras bonitas. Pero este primer día de 2026 no admite únicamente mensajes amables. España entra en este nuevo ciclo con una urgencia silenciosa que pocos quieren mirar de frente: nuestro campo está al límite y, con él, algo mucho más profundo, que es la capacidad del país para alimentarse a sí mismo.

Porque salvar el campo no es salvar a un sector económico más. Es salvar la raíz misma de la nación. Es salvar la soberanía, el empleo real, el territorio habitado, la cultura del trabajo y la seguridad alimentaria. Y hoy todo eso está seriamente amenazado.

El año que acabamos de dejar atrás ha sido uno de los más duros que recuerdan agricultores y ganaderos. No por falta de ganas, ni por incapacidad profesional, sino porque se ha ido imponiendo un modelo que ha convertido la producción de alimentos en una carrera de obstáculos, en una actividad sometida a normas alejadas de la realidad del terreno, a exigencias ideológicas y a una burocracia asfixiante que consume tiempo, recursos y paciencia.

Mientras al productor español se le exige cada vez más, en los mercados entran alimentos procedentes de fuera que no están sometidos a las mismas reglas. Se compite así contra productos más baratos, con menos controles y menos costes, empujando a nuestras explotaciones a vender por debajo de lo que cuesta producir. Y eso no es mercado: es abandono institucional.
La ganadería ha sufrido una presión especialmente dura. Problemas sanitarios recurrentes, limitaciones de manejo, restricciones poco adaptadas al terreno y una evidente falta de control efectivo sobre la fauna silvestre han ido creando un cóctel que ha dejado a miles de explotaciones contra las cuerdas. En la agricultura, la situación no es mejor. Los precios en origen llevan tiempo deprimidos mientras los costes siguen creciendo, y en demasiados casos trabajar la tierra se ha convertido en una forma elegante de perder dinero.

A esto se suma una sensación cada vez más extendida de que Europa empieza a renunciar a su propia soberanía alimentaria. Se habla de recortes, de diluir apoyos, de convertir al agricultor en gestor ambiental antes que en productor de alimentos, y de firmar acuerdos que abren nuestras fronteras mientras se cierran nuestras explotaciones.

Y cuando el clima golpea —con sequías, temporales e incendios cada vez más devastadores—, las respuestas llegan tarde, mal o nunca, dejando a familias enteras viendo cómo el trabajo de todo un año se pierde sin una protección real.
En este contexto ha crecido también una inquietud muy presente en el mundo rural. En demasiadas zonas de España, los grandes incendios forestales van seguidos, al poco tiempo, por la llegada de macroproyectos energéticos: enormes parques eólicos que transforman radicalmente el paisaje, el uso del suelo y la vida de las comunidades locales. No se trata solo de un cambio estético. Para muchos vecinos, estos desarrollos suponen una nueva ocupación del territorio que desplaza actividades tradicionales, encarece el acceso a la tierra y altera ecosistemas frágiles, generando la sensación de que el campo se convierte en un tablero donde otros deciden mientras quienes lo habitan son empujados a marcharse. La reiteración de esta secuencia ha alimentado una desconfianza profunda hacia una política que, bajo el discurso verde, reordena el territorio sin contar con quienes viven y trabajan en él.

Por eso este 2026 no puede ser un año más. Tiene que ser el año del giro. El año en que se entienda que sin agricultores no hay alimentos, sin ganaderos no hay pueblos, y sin pueblos no hay país. El año en que se vuelva a hablar claro de precios justos en origen, de apoyo real, de protección frente a la competencia desleal, de respeto al que trabaja la tierra y cuida los animales.

El campo no pide privilegios. Pide justicia. Pide reglas iguales para todos. Pide poder vivir de su trabajo y poder legar su explotación a sus hijos sin condenarlos a la ruina.

Si no se actúa, el abandono rural no será una amenaza: será una certeza. Y con él vendrá la dependencia exterior, la pérdida de control sobre nuestra alimentación y la desaparición de una parte esencial de España.

Este primero de enero no es solo para desear salud y prosperidad. Es para decir alto y claro que 2026 debe ser el año en que España vuelva al campo, antes de que sea demasiado tarde.

Feliz Año Nuevo a todos los lectores y, especialmente, a todos los españoles del campo, aquellos que cada día siguen levantándose de madrugada para que no falte comida en nuestras mesas. Sin ellos, no hay nación, sin ellos, no hay patria.

Felipe Pinto. 

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