"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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lunes, 12 de enero de 2026

EL DECLIVE DE LA BUENA ALIMENTACIÓN EN ESPAÑA


España fue durante generaciones un país que producía lo que comía y comía lo que producía. No por romanticismo, sino por sentido común. El campo, la ganadería y la pesca no eran sectores secundarios, sino la columna vertebral de la economía real, del empleo rural, de la salud pública y de la soberanía nacional. Hoy esa arquitectura se está desmantelando a una velocidad inédita, no por causas naturales ni por una evolución espontánea del mercado, sino por decisiones políticas que han convertido al productor español en un obstáculo y a la importación masiva en la norma.

Bajo el paraguas de grandes discursos sobre transición verde, sostenibilidad y modernización, se ha desplegado un entramado de normativas que asfixia al agricultor, al ganadero y al pescador con costes crecientes, trámites interminables y restricciones que limitan la producción. Se criminaliza la actividad primaria, se la rodea de sospecha permanente y se le exige una perfección técnica, medioambiental y administrativa que no se pide a nadie más. Producir en España se ha vuelto una carrera de obstáculos diseñada desde despachos alejados del territorio, mientras quienes viven del campo y del mar ven cómo sus márgenes se evaporan y su futuro se estrecha.

Al mismo tiempo, se abren las fronteras a una avalancha de alimentos procedentes de terceros países. Entran frutas, verduras, carnes y pescados producidos bajo estándares que aquí no estarían permitidos, con controles más laxos, con menores exigencias laborales y con una huella ambiental muy superior. Compiten con ventaja en precio y ocupan el espacio que antes pertenecía al producto nacional. El mensaje que se transmite es tan claro como devastador: al productor español se le exige excelencia y sacrificio; al producto extranjero se le concede indulgencia y acceso preferente al mercado.

Esta sustitución no es inocente. La importación se ha convertido en una fuente de recaudación cómoda. Cada contenedor que cruza la frontera deja impuestos inmediatos y una sensación artificial de abastecimiento garantizado. Proteger al productor nacional, en cambio, exige inversión, planificación y visión de país. Importar ofrece ingresos rápidos y evita compromisos estructurales, aunque el coste real se pague en empleo destruido, pueblos vacíos, tierras abandonadas, relevo generacional roto y pérdida de capacidad productiva.

Nunca hubo tantos productos en los supermercados y, sin embargo, nunca se comió tan mal. Aumentan los ultraprocesados, las materias primas de origen incierto y los alimentos que recorren miles de kilómetros antes de llegar al plato. Se pierde frescura, se pierde trazabilidad real y se pierde calidad nutricional. Lo mejor de nuestra producción se exporta porque el mercado nacional ya no la protege ni la remunera, mientras el consumidor español se acostumbra a una dieta cada vez más dependiente del exterior.

Todo esto no es solo un problema económico o sanitario. Es una cuestión de soberanía. Un país que no controla su alimentación es un país vulnerable a crisis, bloqueos, tensiones geopolíticas y chantajes comerciales. Renunciar al campo, a la ganadería y a la pesca es renunciar a decidir qué comemos, cómo se produce y de quién dependemos. Lo que se presenta como progreso está construyendo dependencia; lo que se vende como sostenibilidad está trasladando la huella ambiental a otros países; lo que se anuncia como protección del consumidor está empujándolo a comer peor.

España no se está modernizando: se está sustituyendo. Cada explotación que cierra, cada hectárea que se abandona y cada barco que queda amarrado nos aleja un poco más de la independencia alimentaria y nos acerca a un modelo frágil, dependiente y empobrecido. Defender el campo, la ganadería y la pesca no es un capricho sectorial; es defender la salud, la seguridad y el futuro del país.

Felipe Pinto. 

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