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sábado, 14 de febrero de 2026

LAS DOCTRINAS PROGRESISTAS ACERCAN A LA HUMANIDAD AL ESCENARIO DESCRITO EN LAS PROFECÍAS

Durante años, hablar de profecías ha sido considerado un ejercicio marginal, propio de mentes supersticiosas o de discursos catastrofistas. Sin embargo, lo que hoy sucede en Occidente obliga a replantear ese prejuicio. No porque estemos ante el fin del mundo, sino porque la humanidad parece colocarse, de manera consciente y progresiva, en el escenario moral y espiritual que distintas profecías —procedentes de tradiciones, épocas y contextos muy distintos— describieron con sorprendente precisión.


Las grandes advertencias espirituales nunca hablaron de meteoritos ni de destrucciones súbitas del planeta, ni de un apocalipsis cinematográfico. Hablaron de algo mucho más incómodo: la confusión entre el bien y el mal, la pérdida del sentido de la verdad, la negación de la naturaleza humana y la sustitución de la realidad por el poder. Ese es el núcleo del problema actual, y es también el punto donde coinciden profecías que no se copiaron entre sí ni comparten lenguaje teológico.

Las apariciones marianas de Fátima, Lourdes y Garabandal no anunciaron el colapso físico del mundo, sino el colapso interior de una civilización que, habiendo conocido la verdad sobre el ser humano, decide abandonarla. Fátima advirtió de guerras ideológicas y de naciones extraviadas cuando se rompe la referencia moral; Lourdes llamó a la conversión personal como último dique antes de la descomposición; Garabandal fue más lejos al señalar la confusión generalizada, incluso dentro de la propia Iglesia, y la normalización del mal como algo socialmente aceptable. En las tres aparece el mismo hilo: leyes injustas presentadas como progreso, sociedades que llaman bien al mal y mal al bien, y una humanidad que pretende organizarse prescindiendo de cualquier límite moral objetivo.

Ese diagnóstico no se limita al ámbito religioso. En el siglo XVI, Nostradamus describió tiempos en los que las leyes violarían el orden antiguo, el pueblo sería engañado por palabras dulces y el poder se sostendría más en el relato que en la verdad. No hablaba de democracias modernas ni de ideologías contemporáneas, pero sí de un patrón recurrente: cuando el lenguaje se utiliza para invertir el significado de las cosas y la norma se separa de la justicia, la sociedad entra en una fase de decadencia que se disfraza de avance.

Siglos después, la visionaria búlgara Baba Vanga, ciega desde la infancia, habló de un tiempo en el que el ser humano “jugaría a ser Dios”, en el que no se sabría distinguir el bien del mal y en el que Europa, el continente antiguo, sufriría un vaciamiento espiritual profundo. Más allá del folclore que rodea su figura, el núcleo de sus advertencias coincide de nuevo con el mismo diagnóstico: no una catástrofe externa inmediata, sino una descomposición moral provocada por la soberbia de creer que todo puede redefinirse sin consecuencias.

Cuando se ponen en paralelo estas cinco fuentes —marianas y no marianas, religiosas y profanas— el resultado es incómodo por su coherencia. Todas describen guerras ideológicas más que conflictos militares clásicos; todas alertan de legislaciones sin referencia moral; todas hablan de la negación de la naturaleza y del hombre erigiéndose en medida absoluta de todas las cosas; todas señalan la confusión como rasgo dominante de la época; y todas coinciden en que el colapso empieza dentro, antes de manifestarse fuera.

Ese retrato encaja hoy con una precisión inquietante. Las doctrinas progresistas contemporáneas, especialmente las englobadas bajo el paraguas de lo “woke”, no son simplemente una opción política más. Constituyen una cosmovisión completa, una antropología alternativa que cuestiona los fundamentos mismos de la ley natural. En ese marco ideológico, el ser humano deja de ser una realidad recibida para convertirse en un proyecto autoconstruido; el cuerpo pierde su significado propio; la biología se subordina al deseo; la verdad se sustituye por el consenso y, cuando este falla, por la imposición legal. El lenguaje se convierte en herramienta de ingeniería social y el disidente pasa de estar equivocado a ser señalado como peligroso.

No se trata de reformas sociales puntuales, sino de una redefinición radical de lo humano. Y es ahí donde las profecías cobran sentido. No porque “predijeran” estas ideologías concretas, sino porque describieron las consecuencias inevitables de negar la ley natural: desorientación moral, fragmentación social, pérdida de referentes, fragilidad psicológica y una necesidad creciente de control político para sostener un edificio que ya no se mantiene por sí mismo.

Europa aparece reiteradamente señalada en estas lecturas proféticas no como enemiga, sino como termómetro. Fue el corazón espiritual de Occidente, el lugar donde se articularon conceptos como dignidad humana, conciencia, responsabilidad y límite moral. Hoy es también el laboratorio más avanzado de una civilización que pretende sobrevivir negando esas mismas raíces. No mediante persecuciones violentas, sino a través de algo más eficaz: la irrelevancia forzada de la verdad, el buenismo antinatura y la ridiculización sistemática de cualquier referencia trascendente.

España ocupa un lugar especialmente simbólico en este proceso. Históricamente fue frontera, reserva espiritual y escenario de tensiones extremas entre fe y negación de la fe. Hoy se ha convertido en uno de los espacios donde la ingeniería social progresa con mayor rapidez, no porque un dirigente concreto “cause” nada sobrenatural, sino porque determinados gobiernos encarnan políticamente esta fase histórica. El Ejecutivo encabezado por Pedro Sánchez, con la complicidad de todos sus socios de gobierno  y de un PP sumiso e, históricamente, continuador de sus políticas, es un ejemplo claro de ese alineamiento con la Agenda 2030 y con una visión del progreso que legisla de espaldas a la ley natural, presenta como derechos lo que atenta contra la biología y la vida, y confunde compasión con negación de la realidad.

Este patrón no es exclusivo de España. Líderes de la Comunidad Europea, así como otros de América como Obama o Joe Biden en Estados Unidos, han impulsado la misma agenda desde el poder, revestida de lenguaje moral y de un humanitarismo que, en la práctica, vacía de contenido la noción misma de verdad Es el “buenismo” elevado a sistema: palabras dulces que prometen inclusión mientras desmantelan los fundamentos que sostienen a la persona y a la sociedad. Exactamente el escenario que Nostradamus describía cuando hablaba de pueblos engañados por discursos agradables y de leyes separadas de la justicia.

Las profecías no hablan de nombres propios ni de partidos, sino de épocas. Y una época en la que se presenta como progreso la negación de la biología, como derecho la destrucción de la vida, como libertad la censura del disidente y como compasión la mentira institucionalizada encaja plenamente en el escenario descrito por todas ellas. No porque exista un castigo divino arbitrario, sino porque vivir contra la realidad tiene consecuencias.

Aquí reside el error fundamental de muchas interpretaciones: pensar que las profecías anuncian una venganza sobrenatural. En realidad, anuncian algo mucho más serio y verificable: que una civilización que rompe con el orden natural acaba colapsando desde dentro. Siempre ha sido así en la historia. La diferencia es que hoy ese proceso se reviste de retórica inclusiva, de superioridad moral y de una certeza dogmática que no admite disidencia.
Por eso no es correcto afirmar que las doctrinas progresistas “crean” las profecías ni que las “aceleran” mecánicamente. Lo que hacen es acercar a la humanidad al escenario que esas profecías describen, colocando a la sociedad en el punto exacto donde la mentira ya no puede sostenerse sin coerción, donde la confusión se vuelve estructural y donde cada individuo se ve obligado a enfrentarse a la verdad sobre sí mismo.

Ese es el verdadero sentido del llamado “final de los tiempos”: no el fin del mundo, sino el final de una huida colectiva de la realidad. El momento en que las máscaras caen, los relatos se agotan y la conciencia ya no puede delegarse en ideologías ni en poderes externos. La pregunta decisiva no es si las profecías se cumplirán, sino si la humanidad sabrá reconocer las señales antes de que las consecuencias sean irreversibles. Porque cuando una civilización decide vivir contra la ley natural, no avanza hacia un futuro mejor. Camina, con paso firme, hacia su propio exterminio y hacia su propia disolución.

Felipe Pinto. 

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