"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

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Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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viernes, 13 de febrero de 2026

PEDRO SÁNCHEZ NECESITA FIGURANTES PARA SIMULAR APOYO POPULAR

Hay imágenes que no solo ilustran una escena, sino que delatan un estado de ánimo. Y hay actitudes políticas que, repetidas en el tiempo, dejan de ser prudencia para convertirse en miedo. Eso es exactamente lo que ocurre con Pedro Sánchez y su relación con la calle: no es distancia institucional, es pánico al rechazo público.


No se trata de una percepción subjetiva ni de una exageración retórica. En las últimas ocasiones en las que Sánchez se ha expuesto mínimamente a un contacto no controlado con ciudadanos, el resultado ha sido el mismo: abucheos, gritos de protesta y escenas de tensión que han dado la vuelta a las redes y a los medios. Esa realidad explica todo lo que ha venido después.

Desde entonces, el presidente ha optado por una huida sistemática del contacto real con la gente. Sus apariciones públicas se han transformado en actos blindados, con perímetros de seguridad desproporcionados, accesos filtrados y ciudadanos mantenidos a gran distancia. 
La calle ya no es un espacio democrático, sino un riesgo que hay que neutralizar. No gobierna entre españoles; se esconde de ellos.

El miedo no es teórico. En episodios recientes, como su presencia en Paiporta durante la DANA, el rechazo vecinal fue tan evidente que obligó a extremar la protección y a reducir al mínimo la exposición. En otros contextos, como desfiles militares o actos institucionales, los abucheos han sido tan notorios que han terminado por confirmar lo que ya era evidente: Sánchez no soporta enfrentarse a un público no controlado.
Ese temor explica también ausencias cada vez más llamativas. Tras el grave accidente ferroviario de Adamuz, el presidente acudió al lugar exacto solo cuando se garantizó que no habría ciudadanos alrededor. No hubo contacto con familiares, no hubo presencia en funerales, no hubo acompañamiento público. No por discreción, sino por evitar el abucheo, por no exponerse al rechazo que hoy genera su figura. Un presidente que no acompaña a las víctimas por miedo a la reacción social ha cruzado una línea moral muy difícil de justificar.

Dentro del perímetro “seguro”, sin embargo, el guion cambia. Allí sí hay sonrisas, aplausos y gestos de entusiasmo. Pero no son espontáneos. Son fabricados. El entorno humano se selecciona con precisión quirúrgica y se repite acto tras acto. Las mismas personas aparecen una y otra vez en ciudades distintas, ocupando posiciones estratégicas alrededor del presidente para garantizar que la cámara capture apoyo y no rechazo.

La repetición de rostros ha desmontado definitivamente el relato del “baño de masas”. No son vecinos circunstanciales ni ciudadanos que se cruzan con el presidente por azar. Son figurantes políticos, colocados para simular cercanía donde ya no la hay. El entusiasmo no es real; es funcional. Sirve para construir una imagen que oculte la realidad.

El apretón de manos amplificado por móviles en alto y sonrisas forzadas no busca escuchar a nadie. No hay diálogo ni interés real por los problemas del ciudadano. Hay puesta en escena. Hay propaganda. Hay una política reducida a marketing visual, donde la gestión desaparece y solo importa el encuadre.
Mientras tanto, fuera del decorado, la situación del país se deteriora. El campo está asfixiado, las familias pierden poder adquisitivo, la inseguridad crece y la cohesión nacional se debilita. Pero nada de eso aparece en la foto. La teatralización sirve precisamente para ocultar la falta de respuestas, para tapar el vacío con gestos huecos.

Lo verdaderamente relevante no es el saludo ni el instante congelado por una cámara. Lo relevante es la coreografía completa que lo rodea. Nada es casual. Todo está calculado. Estamos ante un ejemplo claro de política performativa: fabricar la ilusión de apoyo allí donde el respaldo social se ha evaporado. Un presidente que necesita figurantes para aparentar cercanía no gobierna desde la autoridad, sino desde el miedo al abucheo.

Y eso es lo más grave de todo. Porque no estamos hablando solo de una mala estrategia de comunicación, sino de una degradación del cargo. Un presidente que evita funerales, que huye de la calle, que se rodea de figurantes y vallas para no escuchar lo que piensan los ciudadanos, no representa fortaleza ni liderazgo. Representa desconexión, temor y agotamiento político.

En definitiva, lo que muestran estas escenas es una vergüenza institucional: un poder que ya no se atreve a mirarse en el espejo de la sociedad real. Cuanto más teatro necesita, más evidente resulta la distancia insalvable entre el presidente y los españoles.

Felipe Pinto. 

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