"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
Pinchar en foto para ver texto.

martes, 18 de agosto de 2026

LA LIBERTAD QUE HEMOS PERDIDO


Abramos los ojos y reconozcamos lo evidente. 

Que las nuevas generaciones conozcan también lo que vivimos quienes estuvimos allí.

Durante décadas nos han repetido que durante el franquismo los españoles vivíamos sin libertad. Yo viví aquellos años, especialmente los años sesenta y setenta, y tengo derecho a contar lo que vi, lo que viví y, sobre todo, a sacar mis propias conclusiones.

Es indiscutible que no existía libertad política como la entendemos actualmente. No había pluralidad de partidos ni se podía hacer oposición política libremente. Eso es un hecho y no pretendo negarlo.

Pero la libertad no consiste solamente en poder votar cada cuatro años o en elegir entre unas siglas y otras.

Existe también la libertad de poder formar una familia, comprar una vivienda, ahorrar, adquirir un automóvil, disfrutar de unas vacaciones y mirar hacia el futuro sin sentir que el Estado se queda con una parte cada vez mayor del fruto de tu trabajo.

Y ahí mi recuerdo de aquella España es muy diferente del relato que hoy se nos pretende imponer.

Una clase media que progresaba

Durante los años del desarrollismo, España experimentó una transformación extraordinaria. Millones de españoles mejoraron su nivel de vida y apareció una amplísima clase media.

Familias en las que normalmente trabajaba un solo miembro —habitualmente el cabeza de familia— podían adquirir una vivienda, pagarla en plazos que hoy parecen impensables, comprar su primer utilitario y disfrutar de vacaciones. Muchas llegaron incluso, con los años, a comprar un pequeño apartamento en la playa o una casa en el campo.

No afirmo que todo el mundo viviera así ni que no existiera pobreza. Claro que existía. España venía de ser un país mucho más pobre que el actual.

Lo que sostengo es algo diferente: existía una enorme sensación de progreso. Quien trabajaba tenía motivos para pensar que sus hijos vivirían mejor que él.

¿Podemos decir lo mismo hoy con semejante seguridad?

De un sueldo a dos… y aun así no llega...

Ésta es para mí una de las mayores paradojas de nuestro tiempo.

Hoy, en muchísimos matrimonios trabajan los dos cónyuges. Entran dos salarios en casa y, sin embargo, para una enorme cantidad de familias comprar una vivienda supone hipotecarse durante treinta años.

Y para muchos jóvenes ni siquiera eso resulta posible.

Hemos progresado espectacularmente en tecnología, medicina, comunicaciones, transporte y comodidades. Sería absurdo negarlo. La ciencia y los descubrimientos han hecho nuestra vida infinitamente más cómoda que hace cincuenta años.

Pero vivir más cómodamente no significa necesariamente vivir con mayor libertad económica.

De poco sirve disponer de adelantos que entonces parecían ciencia ficción si formar un hogar, tener hijos, comprar una vivienda o ahorrar para el futuro se convierte cada vez más en una carrera de obstáculos.

Un Estado cada vez más presente

También recuerdo perfectamente una España en la que la carga fiscal era muchísimo menor.

Naturalmente había impuestos. Pero eran incomparablemente menores y la presencia económica del Estado en la vida del ciudadano era muy inferior a la actual.

Hoy pagamos impuestos cuando cobramos, cuando compramos, cuando tenemos una vivienda, cuando llenamos el depósito, cuando consumimos electricidad, cuando heredamos y prácticamente en cualquier actividad económica.

Podremos discutir si, sumando impuestos directos, indirectos y cotizaciones, la carga que soporta una determinada persona representa un 40, un 50 o un 60 por ciento. Dependerá de su renta, de su patrimonio, de su consumo y de qué conceptos incluyamos.

Pero ésa no es la cuestión fundamental.

La pregunta que yo me hago es mucho más sencilla:

¿Ha mejorado nuestra vida en la misma proporción en que ha aumentado lo que entregamos al Estado?

Mi respuesta es rotundamente no.

¿Y para mantener qué?

Porque paralelamente hemos construido una gigantesca estructura política y administrativa: Gobierno central, comunidades autónomas, diputaciones, cabildos, consejos, ayuntamientos, parlamentos, empresas públicas, organismos, observatorios, asesores, cargos de confianza y toda una estructura que cuesta muchísimo dinero mantener.

Y a ello debemos sumar algo todavía más indignante: los innumerables casos de corrupción política que hemos conocido durante nuestra democracia.

Mientras mantenemos todo ese entramado, una parte de aquella clase media que fue creciendo durante décadas siente que cada vez tiene menos capacidad de ahorro, menos posibilidades de adquirir patrimonio y menos seguridad sobre su futuro.

Y nuestros jóvenes contemplan cómo algo tan elemental como abandonar la casa de sus padres y comprar una vivienda se convierte para muchos en un sueño prácticamente inalcanzable.

La libertad no consiste solamente en votar

Entonces llegamos a la cuestión que muchos no quieren siquiera plantearse.

Me dicen:

«Con Franco no había libertad».

Y yo respondo:

¿De qué libertad hablamos?

Porque si hablamos exclusivamente de libertad política, estoy de acuerdo: era incomparablemente menor que la actual.

Pero si hablamos de la libertad que proporciona tener una vivienda, poder mantener una familia con el fruto del trabajo, ahorrar, adquirir patrimonio, disfrutar de unas vacaciones y saber que el esfuerzo de hoy permitirá vivir mejor mañana, entonces mi respuesta cambia radicalmente.

Yo viví aquella época.

Y desde mi experiencia personal puedo decir que me sentía mucho más libre en muchos aspectos de mi vida cotidiana que como ciudadano de la España actual.

El tiempo permite juzgar

Han pasado más de cincuenta años y tenemos perspectiva suficiente para contemplar las consecuencias de ambos modelos.

Los partidos políticos debían servir para representar las diferentes sensibilidades dentro de una misma nación. Demasiadas veces han terminado haciendo exactamente lo contrario: dividir a los españoles en bloques, enfrentar territorios, resucitar enfrentamientos del pasado y convertir la política en una profesión extraordinariamente rentable para demasiada gente.

Y por eso me atrevo a formular una conclusión que sé perfectamente que resultará incómoda para muchos pero que con el paso de los años, yo he llegado a preferir aquella falta de libertad política a determinadas consecuencias del sistema político que vivimos actualmente.

Es mi opinión. No pretendo obligar a nadie a compartirla.

Pero tampoco acepto que, cincuenta años después, quienes no vivieron aquella época pretendan explicarme cómo vivíamos quienes sí estuvimos allí.

La democracia nos ha dado libertades políticas que entonces no teníamos. Eso es indiscutible.

Pero también tenemos derecho a preguntarnos qué otras libertades hemos ido perdiendo por el camino.

Porque la libertad no consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna cada cuatro años. También consiste en disponer del fruto de nuestro trabajo, poder formar una familia, tener una vivienda, ahorrar, prosperar y contemplar el futuro de nuestros hijos con esperanza.

Por eso creo que ha llegado el momento de abrir los ojos y reconocer lo evidente.

Y, sobre todo, de contárselo a las nuevas generaciones.

Que conozcan todas las versiones. Que escuchen también a quienes estuvimos allí. Que comparen, que piensen y que saquen sus propias conclusiones.

Porque quienes vivimos aquella España sabemos perfectamente que no todo fue como ahora pretenden contarlo.

Y después de más de medio siglo, yo tengo muy clara mi conclusión:

hemos ganado muchas comodidades y libertades políticas, pero hemos perdido por el camino otras libertades más necesarias y que eran esenciales para vivir y prosperar.

Felipe Pinto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario