Señor pésimo presidente, has decidido colocar ahora en el centro del debate político una nueva palabra: odio. No te ha bastado con introducirla en el discurso público como si toda crítica severa hacia tu persona o hacia tu Gobierno naciera necesariamente de una pulsión oscura, sino que has querido incluso revestirla de aparato institucional con esa herramienta bautizada como "Hodio", una denominación cuidadosamente escogida para llamar la atención, para ocupar titulares y para volver a situarte en el papel de quien combate un supuesto gran mal social mientras a tu alrededor siguen acumulándose demasiadas cuestiones que te incomodan de forma fehaciente.
Cuesta creer que esta nueva invención aparezca precisamente ahora por casualidad. Cuesta no verla como otra maniobra de distracción, otra cortina de humo cuidadosamente levantada para cambiar el foco del debate público en un momento en que el desgaste político aprieta, las controversias rodean al Ejecutivo y una parte cada vez más amplia de la sociedad percibe que el Gobierno necesita abrir constantemente nuevos frentes para no quedar atrapado en aquello que verdaderamente le desgasta.
Porque cuando desde el poder se decide abrir una gran conversación pública sobre el odio, muchos ciudadanos perciben inmediatamente que se intenta desplazar otra conversación mucho más incómoda: la que habla de investigaciones, de sospechas, de controversias políticas, de decisiones cada vez más discutidas y de una creciente desconfianza hacia una forma de gobernar basada en la tensión permanente.
Pero además conviene decirte algo esencial: no confundas el odio con el asco. Existe un viejo vals peruano, "Ódiame", con letra de Federico Barreto y música de Rafael Otero López, interpretado por voces como Julio Jaramillo, Dyango, José Feliciano o Los Panchos, que en uno de sus versos dice: “Pero ten presente que, de acuerdo a la experiencia, que tan solo se odia lo querido.”
Y esa frase, más allá de su sonoridad popular, contiene una verdad profundamente humana: el odio exige una relación previa, una implicación emocional, algo que en algún momento fue querido, admirado o esperado y que después se convirtió en decepción.
El asco es otra cosa muy distinta. El odio mantiene un vínculo; el asco lo rompe. El odio conserva una relación emocional intensa; el asco nace de la repulsión, del alejamiento, de la sensación de que algo resulta moral o políticamente insoportable.
Por eso muchos ciudadanos no te odian. Porque para odiarte habría hecho falta haberte querido antes, haber depositado en ti una confianza profunda, haber sentido que representabas una esperanza política que después se quebró. Y en muchísimos casos eso jamás existió.
Lo que produces es asco. Asco ante una manera de gobernar que para una parte muy amplia de España ha convertido la confrontación en sistema permanente; asco ante una política donde cada discrepancia se interpreta como agresión; asco ante el intento constante de dividir a los españoles entre quienes están contigo y quienes quedan moralmente bajo sospecha si discrepan; asco ante una estrategia política que ha reabierto heridas históricas en una España que desde la Transición española había aprendido que convivir exigía cerrar trincheras y no volver a cavarlas; asco, por el desprecio que demuestras hacia todos los ciudadanos que, desgraciadamente, sufren un gobierno sostenido sin mayoría en votos, y que solo puedes mantener mediante acuerdos con delincuentes criminales condenados, a quienes necesitas para seguir estando ahí, como EH Bildu, formación cuya presencia parlamentaria sigue generando un rechazo profundo en muchos españoles por su vinculación histórica con el entorno político que justificó durante años a ETA; asco porque dependes de minorías independentistas como Junts per Catalunya o Esquerra Republicana de Catalunya, protagonistas del golpe institucional ligado con la declaración de independencia de Cataluña en 2017; asco porque mantienes acuerdos con fuerzas de izquierda radical como Sumar y Podemos, herederas de una cultura política comunista, considerada la más criminal de la historia y modelo del fracaso y la más profundamente causante de la división social.
Y todo ello, a ojos de una parte mayoritaria de España, transmite la sensación de que cualquier cesión tuya, por mucha barbaridad que parezca, es posible con tal de asegurarte la permanencia en el poder, aunque ello implique, como ya he dicho, apoyarse en quienes muchos consideran adversarios directos de la idea misma de nación común. Asco, en definitiva, ante una política donde se habla de odio mientras desde sectores próximos al poder se mantiene un tono permanente de confrontación, descalificación y superioridad moral, como si la discrepancia no fuera legítima sino sospechosa y asco también ante la facilidad con la que desde tu entorno se acusa de expandir bulos a quienes informan de cuestiones, para ti y los tuyos, incómodas, mientras simplemente difunden e informan de noticias reales que hoy erosionan a tu Gobierno naciendo de hechos probados, procedimientos abiertos e investigaciones, todo, relacionado con tu entorno y que, hoy, para tu desgracia, siguen avanzando.
Y junto al asco que trasmites también trasladas una gran pena. Pena por España, porque un país con la historia, el sacrificio y la dignidad acumulada de generaciones enteras no merece una política reducida al artificio permanente, a la confrontación calculada y al uso constante de cualquier recurso con tal de conservar el poder; pena porque resulta profundamente triste comprobar hasta qué punto la presidencia del Gobierno puede convertirse en refugio de estrategias que fracturan, desgastan y enfrentan a quienes deberían sentirse parte de una misma nación; pena porque gobernar debería significar elevar, unir, dar serenidad institucional y horizonte colectivo, y sin embargo en tu caso demasiados ciudadanos sienten exactamente lo contrario; pena por el encubrimiento que mantienes hacia toda tu familia y amigos, que, indudablemente, te llevará a sufrir, aunque menos de lo que realmente mereces...
Y ahí es donde muchos piensan que tu nombre quedará asociado a una de las etapas más perversas, más divisivas y más difíciles de justificar de la España contemporánea. No por lo que dices combatir, sino por lo que muchos consideramos que has contribuido a agravar con la fractura, la desconfianza, la cesión constante, el debilitamiento del sentido común institucional y la sensación de que todo podía negociarse, concederse o sacrificarse con tal de seguir ocupando el sillón.
La gran pena, en definitiva, es que siendo presidente del Gobierno de España hayas llegado a representar para tantos ciudadanos exactamente lo contrario de lo que un presidente debería inspirar: libertad, respeto, seguridad, ejemplaridad y sentido de nación. Y esa es, con seguridad, la parte más triste de todo: que España haya tenido que aguantar durante un largo periodo de tiempo, un presidente de gobierno al que la historia no va a recordar por sus palabras, sino por la marca de unas huellas que dejan un rastro real de la personificación del mal.




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