Existe en España una curiosa especialidad político-mediática: convertir cualquier avance de Vox en síntoma de debilidad y cualquier retroceso ajeno en simple reajuste estadístico. Hay partidos que pierden fuerza y se dice que resisten; otros que apenas conservan espacio y se presentan como imprescindibles; pero cuando Vox mejora resultados, amplía implantación territorial y firma algunos de sus mejores registros autonómicos, inmediatamente se activa el mismo diagnóstico repetido: crisis interna, techo electoral, desgaste prematuro y dudas existenciales. Aquí tocar techo consiste, al parecer, en seguir subiendo. Una singular manera de interpretar el crecimiento: cuanto más avanzas, más analistas aparecen para explicar que en realidad te estás frenando. Si se aplicara ese criterio a cualquier proceso natural, habría alarma médica cada vez que un niño creciera unos centímetros.
Cada reajuste interno de Vox produce además una reacción casi automática. Lo que en cualquier otra formación sería una reorganización normal del organigrama, en su caso se convierte de inmediato en fractura, purga, tensión o terremoto interno. Basta mover una pieza para que algunos redacten una necrológica política anticipada.
Lo más curioso es que ese diagnóstico suele proceder de quienes llevan años anunciando un derrumbe que nunca termina de producirse. Se predijo su desaparición tras cada negociación difícil, tras cada cita electoral y tras cada cambio orgánico. Sin embargo, elección tras elección, el partido sigue avanzando en territorios donde hace poco se consideraba testimonial.
Existe además un dato que rara vez se subraya: Vox afronta muchas campañas autonómicas con un discurso claramente nacional, sin refugiarse excesivamente en el localismo ni en la gestión de cercanía que suele ofrecer rentabilidad inmediata. Y aun así crece. Eso significa que hay un electorado que no vota solo administración territorial, sino dirección política general del país.
Mientras tanto, el Partido Popular mantiene una paradoja que apenas genera crítica: proclama elección tras elección su voluntad de alcanzar mayorías absolutas y, sin embargo, esas mayorías no llegan. Ni en el ámbito autonómico ni en el nacional aparece esa fuerza suficiente para gobernar en solitario con la amplitud prometida. Pero, curiosamente, esa expectativa incumplida apenas provoca titulares severos, ni debates sobre límites, ni diagnósticos sobre agotamiento estratégico.
Se diría incluso que al PP se le concede una indulgencia estadística singular: puede no alcanzar lo que anuncia y aun así conservar intacta la narrativa de victoria.
Y lo más llamativo es que, pese a depender de terceros para gobernar en numerosos escenarios, actúa muchas veces como si esa dependencia no existiera. Habla con frecuencia desde una superioridad política casi autosuficiente, mientras desprecia o minimiza precisamente a quien resulta imprescindible para conformar muchas de esas mayorías.
Porque la realidad es muy simple: sin Vox, buena parte de esas mayorías no se construyen. Sin embargo, en vez de asumir esa evidencia con naturalidad política, se mantiene a menudo un tono de distancia calculada, como si admitir la necesidad debilitara más que la propia aritmética parlamentaria.
Es una actitud peculiar: necesitar apoyo y al mismo tiempo comportarse como si ese apoyo fuera irrelevante.
Y mientras una parte del análisis político sigue obsesionada con encontrar límites en Vox, apenas se detiene en observar el verdadero movimiento de fondo: el desgaste cada vez más evidente de todo el espacio situado a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español. Porque para que el partido sanchista consiga mantenerse, quedar prácticamente igual o incluso mejorar ligeramente en territorios como Castilla y León, resulta imprescindible que alrededor se produzca un vaciamiento progresivo de toda esa izquierda extrema que durante años quiso presentarse como alternativa transformadora y hoy ofrece claros síntomas de agotamiento político.
La realidad es sencilla: el PSOE conserva posición absorbiendo buena parte de un electorado que abandona siglas cada vez más debilitadas, fragmentadas y sin capacidad real de consolidación.
Y, sin embargo, ese fenómeno apenas provoca alarma. Cuando Vox sube unas décimas, se abre un debate nacional sobre techos y límites; cuando la izquierda radical pierde votos, representación y capacidad de influencia, se presenta casi como una simple redistribución natural del bloque progresista, como si desaparecer lentamente fuese una forma refinada de estabilidad.
La noche electoral reproduce siempre el mismo mecanismo: salen los datos y antes de interpretarlos ya está redactado el diagnóstico. Si Vox sube, decepciona; si mantiene, se estanca; si condiciona gobiernos, se desgasta; si entra con fuerza, toca techo.
Y es que el dato nunca corrige el relato: se corrige antes el relato para que el dato no incomode.
Mientras tanto, la realidad territorial sigue avanzando con bastante menos ruido y bastante más profundidad. Porque si determinados resultados autonómicos se proyectaran sobre unas generales, el mapa parlamentario español empezaría a parecerse bastante menos al conocido de hace unos años y bastante más al de una Europa donde nuevas fuerzas políticas han dejado de ser fenómeno pasajero para convertirse en estructura permanente.
Y así continúa el parte cínico semanal sobre un supuesto paciente terminal que, para incomodidad de muchos, comparece elección tras elección con bastante mejor aspecto del que insisten en describir sus observadores habituales.
Felipe Pinto.




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