Conviene dejar algo claro desde el inicio: este artículo no entra en debates morales ni en etiquetas simplistas. No se trata de juzgar sistemas por su nombre, sino de comparar realidades. Resultados. Bienestar social. Libertad práctica. Oportunidades reales. Cómo vivía la gente y cómo vive hoy.
Porque una cosa es la teoría política y otra, muy distinta, la vida cotidiana.
Durante décadas, España se organizó bajo lo que se denominó democracia orgánica, un modelo hoy demonizado sin matices, pero que respondía a una lógica concreta: el Estado como eje, la planificación a largo plazo y el interés general por encima de cualquier estructura partidista. No existía pluralismo de partidos, pero sí una articulación social, sindical y municipal que conectaba directamente con el mundo del trabajo y la producción.
¿Era un sistema perfecto? Evidentemente no. ¿Tenía limitaciones políticas? Sin duda. Pero sería intelectualmente deshonesto negar que en muchos aspectos de la vida diaria existía más libertad práctica que hoy, cuando casi todo está regulado, prohibido, fiscalizado o condicionado por una maraña normativa asfixiante.
Aparcado el debate nominal, vayamos a lo esencial: los hechos.
España salió de la Guerra Civil como un país devastado, pobre y agrario. Sin embargo, en apenas dos décadas se levantó un Estado social e industrial funcional, cuyas bases siguen sosteniendo —cada vez con más dificultad— la España actual.
Se creó y estructuró la Seguridad Social, el sistema de pensiones, las vacaciones pagadas, las magistraturas de trabajo y una legislación laboral pensada para proteger al trabajador real. El empleo era estable. El paro, prácticamente inexistente. No porque no hubiera problemas, sino porque el trabajo era un objetivo político central, no una variable secundaria ni una cifra manipulable.
La vivienda fue tratada como un bien social. Las VPO no eran una excepción, sino una política sostenida en el tiempo. Millones de trabajadores accedieron a una vivienda en propiedad con un solo sueldo, sin hipotecar su vida durante décadas ni depender de ayudas públicas permanentes. Hoy, por el contrario, la vivienda se ha convertido en un producto financiero, el alquiler es inasumible y la emancipación juvenil se ha retrasado hasta límites inéditos.
Ese equilibrio entre empleo, salarios y coste de la vida permitió algo hoy casi impensable: que los matrimonios pudieran formar familias numerosas sin caer en la precariedad. Con un solo sueldo se mantenía el hogar, se cubrían las necesidades básicas y se podía planificar el futuro. No era una heroicidad económica, sino una situación normalizada para amplias capas de la población.
Ese mismo poder adquisitivo hacía posible comprar una vivienda, pagarla sin ahogos, y en muchos casos acceder también a una segunda residencia, ya fuera una casa modesta en la playa o en el campo. El descanso, las vacaciones y el ocio familiar dejaron de ser un privilegio de minorías. Del mismo modo, la adquisición de un automóvil se generalizó gracias al desarrollo industrial, convirtiéndose en una herramienta habitual de movilidad familiar y no en un lujo excepcional.
Existía una relación razonable entre ingresos y precios. Las familias podían ahorrar, vivir con previsión y transmitir estabilidad a la siguiente generación. Hoy, en cambio, dos sueldos a menudo no bastan, la natalidad se desploma por inseguridad económica y la vida se sostiene a base de endeudamiento, ayudas y parches.
España se industrializó. Se crearon y consolidaron empresas estratégicas en energía, transporte, automoción e infraestructuras (Telefónica, SEAT, Pegaso, Endesa, Iberia, INI, CASA, CAMPSA, Ensidesa, RENFE, Urbis…). El Estado planificaba a largo plazo. Existía una visión de país. No se gobernaba al ritmo del titular ni del cálculo electoral inmediato.
La política hidráulica es uno de los ejemplos más claros de esa planificación. La construcción de centenares de pantanos no solo garantizó agua, electricidad y desarrollo agrícola, sino que cumplió una función esencial: la contención de inundaciones y riadas. Los embalses actuaban como auténticos diques de seguridad, regulando caudales, amortiguando crecidas y protegiendo pueblos, campos e infraestructuras. Era prevención y sentido común, no propaganda.
Hoy, en cambio, se demoniza esa política en nombre de un ecologismo ideológico, se paralizan obras necesarias, se abandonan cauces y se sustituye la planificación por discursos. El resultado es conocido: riadas cada vez más destructivas, daños millonarios y un Estado que llega tarde, cuando el desastre ya se ha producido.
A finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, España se abrió al mundo, abandonó la autarquía y se integró plenamente en la economía internacional. Comenzó entonces uno de los mayores periodos de crecimiento de su historia: tasas cercanas al 6 y 7 % anual, solo superadas por Japón. Ascenso social real. Nacimiento de una clase media sólida. Existía la percepción de que cada generación viviría mejor que la anterior.
Todo ello se logró con baja presión fiscal (apenas se pagaban impuestos), un Estado reducido, sin deuda estructural, sin un entramado administrativo hipertrofiado y sin cientos de miles de cargos políticos viviendo del presupuesto público.
Cuando se introduce el debate social —la mujer, las libertades personales, la homosexualidad— conviene hacerlo sin caricaturas. La sociedad de entonces no respondía a los parámetros culturales actuales, pero no era una sociedad inmóvil.
La mujer se incorporó progresivamente al mundo laboral, especialmente desde los años cincuenta y sesenta. Millones comenzaron a trabajar, a disponer de ingresos propios y a ocupar puestos en la administración, la industria, la enseñanza y los servicios. Los derechos no retrocedían: avanzaban. Todo indica que ese proceso habría continuado ampliándose, como ocurrió en otros países europeos con tradiciones sociales similares.
Debe recordarse además la fuerte influencia de la Iglesia en aquella época, una institución que tampoco ha sido estática. La propia Iglesia ha evolucionado con el tiempo, también en su aproximación a realidades como la homosexualidad, hasta el punto de que hoy existen numerosos homosexuales dentro de la propia institución y de sus comunidades. La imagen de una represión absoluta y sin matices no resiste un análisis serio.
Nada de esto pretende idealizar el pasado ni negar sus sombras. Lo que se cuestiona es el uso selectivo de estos argumentos para evitar la comparación incómoda: la del bienestar social, la estabilidad vital y las oportunidades reales.
Y aquí aparece el elemento clave del presente: la partitocracia.
Buena parte del deterioro vivido desde 1978 no se explica por la democracia como principio, sino por su degeneración en un régimen de partidos. Un sistema en el que los partidos han dejado de ser instrumentos al servicio del Estado para convertirse en fines en sí mismos. El objetivo ya no es gobernar bien, sino ganar elecciones, mantenerse en el poder o bloquear al adversario.
Todo se subordina al interés del partido. El largo plazo desaparece. La planificación se sustituye por el relato. El Estado deja de ser una estructura permanente al servicio de la nación y se convierte en un botín repartido por turnos. La lealtad ya no es al país, sino a la sigla.
Este modelo explica la hipertrofia administrativa, la proliferación de cargos, la corrupción estructural y la incapacidad para afrontar problemas de fondo como la vivienda, el agua, la energía, la natalidad o la industria. Se gobierna para la próxima campaña, no para las próximas generaciones.
Frente a ello, la democracia orgánica —con todos sus defectos— respondía a otra lógica: primero el Estado, luego la gestión, y el interés general por encima de cualquier estructura partidista. No dependía del ciclo electoral ni del aplauso inmediato. Esa diferencia es clave para entender por qué hubo planificación, estabilidad y ascenso social.
Y aquí está la conclusión esencial.
La simpatía democrática no nace de los discursos ni de las etiquetas. Nace del bienestar social real: trabajo estable, vivienda accesible, capacidad de ahorro, seguridad vital y expectativas de futuro. Cuando eso existe, la gente cree en el sistema. Cuando desaparece, el sistema pierde legitimidad, por muchos derechos proclamados que figuren en los textos.
Hoy hay más retórica sobre libertades, pero menos libertad práctica. Más derechos en el papel, pero menos seguridad vital. Más democracia formal, pero menos control ciudadano real sobre quienes gobiernan.
Aparquemos etiquetas. Comparémos realidades. Y entendamos en qué momento el bienestar social dejó de ser una prioridad.
Felipe Pinto.




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