"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

Al mejor padre del Mundo

Al mejor padre del Mundo
Pinchar en foto para ver texto.

viernes, 16 de enero de 2026

ESPAÑA DESPIERTA Y EL FUTURO FLORECE


España está entrando en una etapa que no se parece a ninguna de las anteriores, no porque vaya a cambiar de gobierno ni porque se vaya a producir un simple relevo de siglas, no. Se está vislumbrando una nueva era política porque está cambiando algo mucho más profundo: la manera en la que los españoles quieren relacionarse con su propia nación, con su propia identidad y mantener una idea misma de comunidad, después de décadas en las que se acostumbró a nuestra sociedad a vivir con una pertenencia rebajada, casi en voz baja, como si amar lo propio fuera algo que convenía explicar, suavizar o incluso esconder para no incomodar.


Después de ya cincuenta años de, cada vez más, viciada democracia, se ha llegado a un punto en el que una parte cada vez más amplia de la sociedad ha dejado de aceptar con naturalidad lo que durante décadas se aceptó sin discusión, y es que el bipartidismo ya no se percibe como una garantía de estabilidad ni como un marco suficiente para canalizar las aspiraciones de la gente, sino como una estructura agotada que responde más a su propia conservación que a las necesidades reales de quienes la sostienen con su voto, un modelo que funcionó en un tiempo de crecimiento y expectativas razonables, pero que hoy se enfrenta a una realidad completamente distinta, con generaciones que no heredan vivienda, ni estabilidad, ni seguridad, con familias que sienten que el esfuerzo ya no se traduce en progreso y con ciudadanos que empiezan a percibir que el sistema político ha seguido funcionando como si nada hubiera cambiado mientras la vida real sí ha cambiado radicalmente.

Ese desgaste no se expresa solo en cifras electorales, sino en una sensación de fondo que recorre conversaciones, redes, barrios y pueblos, una sensación de distancia entre quienes deciden y quienes viven las consecuencias de esas decisiones, de modo que cada vez más personas dejan de votar por costumbre, dejan de votar por herencia y empiezan a votar buscando algo mucho más básico: protección, pertenencia y una idea clara de sociedad que les diga que forman parte de algo reconocible y no de una maquinaria abstracta.

Durante demasiados años se fue construyendo un clima cultural en el que la identidad nacional quedó reducida a un gesto puntual, a una emoción de calendario o a una celebración deportiva, mientras en la vida cotidiana se imponía la costumbre de no hablar demasiado de lo que se era, de lo que se sentía y de lo que se consideraba propio, y ese clima no nació solo, fue educado, fue transmitido y acabó calando de tal manera que muchísimas personas aprendieron a vivir su pertenencia como algo íntimo, casi privado, incluso cuando por dentro seguían sintiendo que España era algo más que una palabra. Declarar el amor a la propia patria estaba criminalizado, era de fachas, de fascistas...

Lo que está ocurriendo hoy, en cambio, es que ese ciclo se está cerrando, y lo está haciendo porque la generación que empieza a ocupar el centro de la vida social y política no ha heredado esos complejos ni esas cautelas, no ha vivido los miedos fundacionales de la Transición, no siente que deba pedir disculpas por existir como comunidad nacional y, sobre todo, no encuentra en el sistema que ha recibido ni protección, ni estabilidad, ni horizonte de futuro, de manera que ha empezado a buscar en la identidad algo que ya no encuentra en las estructuras económicas ni en las promesas institucionales.

Es una generación que ha crecido entre contratos frágiles, alquileres imposibles, salarios que no permiten construir una vida, discursos que no se traducen en mejoras reales y una sensación constante de que el país avanza, pero no para ella, y cuando una generación no hereda un futuro claro empieza a mirar hacia atrás no para refugiarse en el pasado, sino para encontrar un suelo firme desde el que volver a levantar algo propio, por eso el orgullo ya no aparece como una pose ni como una nostalgia, sino como una necesidad básica de pertenencia, como una forma de decir que se quiere un país que vuelva a proteger a los suyos y que vuelva a tener claro quiénes somos.

Esta nueva generación no quiere volver a caer en los errores de sus propios progenitores, a los que ve como víctimas de un discurso modernista que prometía progreso ilimitado, apertura permanente y un futuro siempre mejor que el presente, pero que en la práctica vino acompañado de una cadena de renuncias, de deslocalización, de pérdida de industria, de debilitamiento del tejido productivo y de una progresiva dependencia exterior que ha ido empobreciendo al país mientras se vendía como modernización. Muchos jóvenes no observan ese proceso como una evolución natural, sino como una sucesión de engaños maquillados de inevitabilidad, un camino que llevó a España de ser una de las grandes potencias industriales de Europa a una economía cada vez más apoyada en el turismo, la precariedad y la importación, con menos capacidad de decisión propia y menos margen para proteger a los suyos.

Lejos de aceptar ese relato heredado, esta juventud se muestra más alerta, más desconfiada y más rebelde frente a un modelo que no le ofrece vivienda, ni empleo estable, ni salarios que permitan formar un proyecto de vida, ni un horizonte mínimamente previsible, de modo que no reacciona desde la nostalgia, sino desde la supervivencia, desde la conciencia de que no quiere repetir un camino que considera fracasado y que no está dispuesta a volver a creer en promesas de futuro que ya no se traducen en realidades presentes.

Así pues, se está abriendo paso un nuevo patriotismo que ya no se define por la nostalgia ni por viejos relatos, sino por una reacción muy concreta frente a una cadena de decisiones y comportamientos del gobierno actual que muchos ciudadanos perciben como injustos, desleales y peligrosos para la continuidad de España como proyecto común, un patriotismo que no surge solo frente a quienes abiertamente han intentado fragmentar el país o lo han puesto en jaque mediante el terror y la violencia, sino también frente a quienes, desde posiciones de poder institucional, han aceptado, legitimado y normalizado esas alianzas, convirtiendo la unidad nacional en moneda de cambio y trasladando a la vida cotidiana de los ciudadanos una sensación creciente de inseguridad, desprotección y abandono.

En ese espacio que se abre, en esa grieta que deja el agotamiento del bipartidismo y la pérdida de confianza en las estructuras tradicionales, es donde una fuerza política concreta está concentrando una cantidad creciente de expectativas, de esperanza y de adhesión social procedente tanto de ciudadanos cansados de sentirse engañados y expoliados durante décadas como de una nueva generación que se incorpora por primera vez a la vida pública sin los complejos heredados y con una percepción mucho más directa de lo que significa soberanía, pertenencia y continuidad nacional, hasta el punto de que hoy ese espacio se identifica ya de forma clara con VOX como punto de confluencia de sensibilidades distintas que han dejado de moverse por las viejas etiquetas ideológicas y han empezado a organizarse en torno a un eje mucho más elemental: el que separa la defensa de la soberanía nacional y la continuidad de la comunidad política de su progresiva disolución en estructuras ajenas a la vida real de los ciudadanos.

Porque el debate que empieza a imponerse no es ya el de izquierdas o derechas, sino el de pertenencia o disolución, protección o abandono, comunidad o fragmentación, y es ahí donde confluyen tanto votantes jóvenes que se incorporan por primera vez como ciudadanos veteranos que han perdido la fe en un sistema que consideran agotado.

Cada ciclo incorpora a miles de nuevos ciudadanos que ya no se reconocen en los viejos pactos emocionales ni en los relatos heredados, que no sienten que el sistema haya sido pensado para ellos y que, por tanto, no buscan solo gestores, sino algo mucho más elemental: una comunidad clara, visible, reconocible, que les diga que pertenecen, que no son piezas sueltas y que su país no es una palabra hueca, sino una realidad que puede y debe volver a proteger a los suyos.

Por eso lo que estamos viviendo no es una oscilación política ni un enfado pasajero, es una reorganización de fondo, una recuperación progresiva de la autoestima colectiva y una salida lenta de ese largo periodo en el que sentirse español era casi un acto que se practicaba en voz baja, mientras hoy empieza a decirse con normalidad, sin teatralidad, sin disculpas y sin miedo, como algo que vuelve a formar parte de la vida cotidiana.

España no está simplemente a las puertas de unas elecciones, está entrando en una etapa distinta, y cuando una sociedad recupera la seguridad en lo que es, en lo que representa y en lo que quiere defender, el futuro deja de percibirse como una amenaza y empieza a verse como una posibilidad.

España despierta, y el futuro florece.

Felipe Pinto. 

1 comentario:

  1. ¿Después de ya cincuenta años de democracia, dices? ¿Qué democracia? ¡Partitocracia cleptocrática!

    ResponderEliminar