España se ha convertido en un país extraño: uno en el que trabajar ya no garantiza vivir mejor. Se madruga más, se alargan las jornadas, se encadenan empleos o se sobrevive como autónomo, y aun así cada mes cuesta más llegar a fin de mes. No es una sensación, es una realidad que millones de españoles experimentan en silencio mientras el discurso oficial insiste en que todo va bien.
Nunca se ha trabajado tanto para obtener tan poco. Los salarios pierden poder adquisitivo, los impuestos no dejan de crecer y el coste de la vida se dispara. Luz, combustible, vivienda, alimentación… todo sube, menos la capacidad del ciudadano para ahorrar o prosperar. El resultado es demoledor: una clase media cada vez más estrecha, más cansada y más resignada.
Lo más grave es que este empobrecimiento no es fruto del azar ni de una crisis puntual. Es la consecuencia directa de un modelo político que penaliza el esfuerzo y premia la dependencia. Un Estado que, lejos de proteger al que produce, lo exprime hasta el límite para sostener una estructura cada vez más grande, más costosa y más ideologizada, mientras se aleja de las prioridades reales de la mayoría de los españoles.
A esta situación se suma una sensación creciente de agravio comparativo. Muchos ciudadanos perciben que mientras a ellos se les exige cada vez más y se les da cada vez menos, se multiplican las concesiones hacia quienes no han contribuido al sistema. Las listas de espera en la sanidad pública se alargan, el acceso a determinados servicios se complica y la presión sobre los recursos públicos aumenta, mientras el Estado prioriza la atención a una inmigración masiva que ni controla ni ordena.
No se trata de rechazar a quien viene a trabajar y a integrarse, sino de señalar una evidencia incómoda: cuando los recursos son limitados, las prioridades importan. Y hoy muchos españoles sienten que han dejado de ser prioritarios en su propio país. Pagan impuestos cada vez más altos, soportan una sanidad colapsada y ven cómo se deterioran los servicios públicos, mientras se les pide comprensión, paciencia y sacrificio permanente.
El impacto sobre el mercado laboral tampoco es menor. La llegada desordenada de inmigración ilegal presiona a la baja los salarios, precariza sectores enteros y dificulta el acceso al empleo para quienes ya estaban aquí cumpliendo la ley. El esfuerzo del trabajador nacional se devalúa y el mensaje vuelve a ser el mismo: cumplir no compensa.
El autónomo encarna como pocos esta injusticia estructural. Trabaja sin red, asume riesgos constantes y sostiene buena parte de la economía real, pero recibe a cambio impuestos abusivos, cuotas fijas incluso cuando no ingresa y una burocracia asfixiante. Observa cómo se destinan miles de millones a políticas que no mejoran su vida mientras él lucha por mantener abierto su negocio. No se le ayuda: se le vigila. No se le incentiva: se le castiga. Y cuando cae, cae solo.
El asalariado tampoco escapa a esta dinámica. Aunque tenga empleo, vive con una sensación permanente de precariedad. Contratos inestables, salarios que no compensan la inflación y una presión fiscal que convierte cualquier subida nominal en una pérdida real. Trabajar más horas ya no es sinónimo de progreso, sino de mera supervivencia.
Mientras tanto, el discurso político sigue instalado en cifras macroeconómicas que poco tienen que ver con la vida cotidiana. Se habla de crecimiento, de récords históricos y de avances sociales, pero el ciudadano no los ve reflejados en su cuenta bancaria ni en su tranquilidad vital. Lo que percibe es un futuro más incierto que el pasado y un Estado que exige mucho, pero devuelve poco.
Este modelo no solo empobrece económicamente; empobrece moralmente. Desincentiva el mérito, desanima el sacrificio y transmite una idea peligrosa: esforzarse no merece la pena. Cuando un país lanza ese mensaje de forma sistemática, especialmente a sus jóvenes, está debilitando sus propios cimientos.
España fue durante décadas un país donde el trabajo permitía avanzar, formar una familia y mirar al futuro con cierta esperanza. Hoy esa promesa está rota. No por incapacidad de los españoles, sino por un sistema político que ha decidido repartir recursos sin exigir responsabilidades y vivir del esfuerzo ajeno en lugar de protegerlo.
Esto no es progreso. No es justicia social. Es empobrecimiento planificado. Y solo cuando se vuelva a poner al trabajador, al autónomo y a la familia española en el centro de las prioridades políticas, España podrá recuperar algo tan básico como la dignidad del esfuerzo.
Felipe Pinto.




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