Lo ocurrido en Portugal hace algo más de una semana no fue una anécdota ni un episodio aislado que pueda despacharse como una rareza local. Fue una advertencia política de primer orden. Un aviso claro de lo que sucede cuando la derecha institucional se enfrenta a una disyuntiva real y decide, una vez más, no incomodar al socialismo. Allí, cuando la elección quedó reducida a un enfrentamiento directo entre la izquierda y una alternativa patriota, el espacio político equivalente al Partido Popular optó por no implicarse, no cerrar filas y permitir que el poder acabara en manos socialistas. Esa decisión, presentada como neutralidad, tuvo un efecto muy concreto y perfectamente medible: el socialismo alcanzó la presidencia gracias a la inacción calculada del centro-derecha.
En la segunda vuelta presidencial se enfrentaron André Ventura, líder de Chega, y el candidato socialista António José Seguro, respaldado sin fisuras por todo el bloque de izquierdas. No había terceras vías, ni equilibrios posibles, ni margen para la confusión. Era una elección clara entre socialismo y una alternativa situada fuera del consenso progresista. En ese momento decisivo, el Partido Social Demócrata, socio del Partido Popular Europeo, decidió no apoyar al candidato conservador, no pedir el voto para él y dejar libertad de voto. Lo mismo hizo Iniciativa Liberal, que tampoco llamó a respaldar la opción no socialista. Esa supuesta neutralidad no fue inocua. Muchos dirigentes, cargos y votantes de ese espacio acabaron inclinándose por el socialista. El resultado fue el esperado: victoria de la izquierda con la ayuda indirecta, pero decisiva, del centro-derecha institucional.
Nada de esto fue fruto de la improvisación. Responde a una forma de entender la política profundamente asentada en el PPE, donde la colaboración con los socialistas se ha normalizado hasta convertirse en sistema y donde cualquier alternativa conservadora real es tratada como una amenaza a neutralizar. En Bruselas, el PP gobierna de la mano de la izquierda, comparte agenda, reparte poder y sostiene el mismo marco ideológico mientras levanta cordones sanitarios frente a los patriotas. Portugal no fue una excepción. Fue la confirmación práctica de ese modelo.
Alemania aporta un precedente aún más contundente. Allí, la Unión Demócrata Cristiana, homóloga del PP, ha gobernado durante años en grandes coaliciones con el Partido Socialdemócrata de Alemania. Esa alianza estructural no solo impidió una alternativa conservadora, sino que consolidó políticas progresistas en inmigración, energía, modelo social e ideología que hoy están en el origen de muchos de los problemas que sufre el país. Cuando hubo que elegir entre pactar con la izquierda o permitir que fuerzas patriotas influyeran en el rumbo político, la elección fue siempre la misma. Alemania demuestra que no se trata de una coyuntura portuguesa, sino de un patrón europeo repetido.
Durante años, muchos votantes del PP han querido creer que una cosa es Europa y otra España, que allí se pacta por obligación y aquí se gobernará de otra manera. Los hechos desmontan ese autoengaño. Los partidos no cambian de principios según el país. Aplican el mismo esquema allí donde pueden. Y ese esquema es claro: cuando hay que elegir entre socialismo o patriotas, la derecha institucional elige al socialismo porque no pone en riesgo el reparto de poder ni el consenso ideológico dominante.
Por eso, no es en absoluto descabellado plantear que en España pueda ocurrir lo mismo. Si llegado el momento el Partido Popular fuera superado electoralmente por una fuerza patriota y tuviera que decidir entre permitir un cambio real o sostener el sistema junto al PSOE, todo indica que optaría por lo segundo. Un pacto PP-PSOE para impedir que gobiernen los patriotas no sería una traición inesperada, sino la consecuencia lógica de lo que el PP ya hace en Europa, de lo que su homólogo portugués hizo hace unos días y de lo que la derecha alemana lleva practicando años.
Aquí entra la cuestión que muchos prefieren esquivar. En democracia, la responsabilidad no termina en los dirigentes. Empieza en los votantes. Hoy se señala, con razón, a quienes votaron al PSOE y permitieron que Pedro Sánchez llegara y se mantuviera en el poder. Mañana, si se produce un acuerdo PP-PSOE para bloquear a los patriotas, la responsabilidad recaerá también sobre quienes sostuvieron al Partido Popular con su voto creyendo, o fingiendo creer, que apoyaban una opción de derechas.
Para entender por qué el PP actúa así, conviene mirar atrás. Tras su refundación como Partido Popular, impulsada por Manuel Fraga, el proyecto nació para aglutinar a las grandes familias del centro-derecha. En aquel proceso confluyeron Alianza Popular, el Partido Demócrata Popular de inspiración democristiana liderado por Óscar Alzaga, y el Partido Liberal de José Antonio Segurado. Aquella suma aspiraba a construir una alternativa conservadora, liberal y democristiana homologable a las derechas europeas clásicas.
Con el paso de los años, ese proyecto fue perdiendo identidad. De forma progresiva, constante y deliberada, el Partido Popular se fue desplazando hacia posiciones cada vez más cercanas a la socialdemocracia. No fue un giro brusco, sino una deriva sostenida, siempre envuelta en el lenguaje de la moderación y la centralidad. Hoy, el PP ha dejado de ser un partido conservador, liberal y democristiano para convertirse en una fuerza de gestión del consenso socialdemócrata con una estética distinta.
Esa deriva no pasó desapercibida para todos. Hubo dirigentes y votantes que comprendieron que el PP había renunciado a ser una alternativa real y había optado por convivir con el proyecto ideológico de la izquierda. De esa ruptura nació Vox, como un partido conservador y patriota que ocupó el espacio que el PP había abandonado.
El mensaje final al votante del Partido Popular no admite ambigüedades. Quienes ignoran todo esto y siguen votando al PP creyendo que apoyan una opción de derechas cometen un error grave. Con su voto no solo avalan una deriva política ya contrastada, sino que se convierten en corresponsables de sus consecuencias. También de los posibles acuerdos entre el Partido Popular y el Partido Socialista que puedan producirse para impedir cualquier alternativa real. En política, votar mirando hacia otro lado no exime de responsabilidad. La traslada íntegra al futuro.
Portugal ya mostró el camino. Alemania lo recorrió durante años. Europa lo practica a diario. Y España no será una excepción si los votantes deciden seguir ignorando lo que ya es evidente.
Felipe Pinto.




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