Lo que está ocurriendo en el Partido Socialista Obrero Español en estos días está marcando un punto de no retorno. No es una polémica puntual ni un exceso verbal de la oposición: es la constatación definitiva de hasta dónde está dispuesto a llegar Pedro Sánchez con tal de aferrarse al poder, aunque para ello tenga que dinamitar cualquier límite moral, político o democrático que todavía algunos de sus seguidores creían ver en esas siglas.
La excarcelación de Cheroqui, histórico jefe de ETA, responsable directo de una larga cadena de asesinatos —entre los cuales al menos veinte fueron cometidos personalmente por él— y condenado a más de cuatrocientos años de prisión, no admite eufemismos ni coartadas técnicas. No es una decisión administrativa ni un trámite judicial inevitable: es una cesión política consciente, asumida y aceptada como precio a pagar para sostener una mayoría parlamentaria artificial. Y resulta todavía más obsceno que esa decisión haya sido firmada por una consejera del Gobierno vasco perteneciente al propio Partido Socialista.
Este hecho, por sí solo, debería haber provocado una crisis política de primer orden. Sin embargo, en el PSOE actual se despacha con silencio, complicidad y disciplina de partido. Ese es el nivel real del deterioro. Un partido que durante décadas ha utilizado un discurso de superioridad moral hoy se apoya sin rubor en quienes jamás han condenado el terrorismo y siguen justificando décadas de terror en España. Pactar con EH Bildu no es pragmatismo: es blanqueamiento moral y político del entorno de ETA.
El contraste con lo que muchos identificaban como el socialismo de Felipe González resulta especialmente revelador, no porque aquel socialismo fuera ejemplar, sino porque ni siquiera desde dentro del propio PSOE histórico se acepta ya la deriva actual. Sus declaraciones recientes han supuesto un auténtico terremoto: ha afirmado que mientras Pedro Sánchez continúe en el Gobierno no votará al PSOE ni a ningún otro partido. Su voto será en blanco. No por equidistancia ni por cansancio, sino por rechazo frontal a lo que hoy representan esas siglas.
Felipe González ha ido aún más lejos al marcar una línea que el sanchismo ha borrado deliberadamente. Ha dicho que no pactaría con Vox porque es la antítesis del socialismo, pero que a una distancia abismal, infinitamente mayor, queda cualquier posibilidad de pacto con EH Bildu, a quienes ha señalado sin rodeos como terroristas. Que esto lo diga quien fue presidente del Gobierno durante catorce años no es una anécdota: es una desautorización total al PSOE actual desde dentro de su propia historia.
Porque, ¿qué queda hoy del Partido Socialista Obrero Español? ¿Dónde está lo obrero cuando los trabajadores pierden poder adquisitivo, la clase media se empobrece y España encabeza los índices de precariedad laboral? ¿Dónde está lo socialista cuando la desigualdad crece entre ciudadanos —primero los políticos, luego el resto— y entre territorios, con privilegios evidentes para Cataluña frente al conjunto de las comunidades autónomas? No hay igualdad, no hay justicia social y no hay cohesión nacional.
Lo que sí hay es un presidente dispuesto a pactar con separatistas, con quienes quieren desintegrar España y con quienes jamás han pedido perdón por los asesinatos. Un presidente que ha convertido el Estado en moneda de cambio y el poder en un fin en sí mismo. No fue casual aquella expresión pronunciada en un acto socialista cuando se dijo que Pedro Sánchez era “el puto amo”. Felipe González lo explicó con crudeza: para que exista un amo, tiene que haber siervos. Y eso es exactamente en lo que ha convertido a su partido.
Mientras tanto, el voto obrero —ese al que el PSOE dice representar— huye. Se escapa de una izquierda que ha engañado sistemáticamente a los trabajadores y se refugia en opciones que hablan claro, sin complejos y sin pactos vergonzantes. El trasvase hacia Vox no es una moda ni una manipulación: es la consecuencia lógica del abandono, del engaño y del hartazgo acumulado.
La pregunta ya no es si el PSOE ha cambiado. La pregunta es en qué ha dejado Pedro Sánchez al PSOE. Y partiendo de la base de que nunca existió un socialismo bueno, sino más bien todo lo contrario, la respuesta es tan dura como evidente: lo ha dejado sin sus ya dudosos principios, sin memoria, sin el escaso resquicio de alma que pudiera conservar y hasta sin sus propias siglas.
Felipe Pinto.




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