"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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martes, 3 de febrero de 2026

PODEMOS QUIERE ELIMINAR A LOS ‘FACHAS’ QUE NO PIENSAN COMO ELLOS


Lo que en estos días estamos presenciando,  por parte de la cúpula de la extrema izquierda, no es una salida de tono ni una provocación aislada. Es la expresión descarnada de un imaginario político que nunca ha abandonado del todo dicha izquierda radical y que ahora vuelve a asomar sin complejos. Un imaginario que bebe del enfrentamiento civil, del resentimiento histórico y de la fantasía de la purga moral.

No es casual el tono, ni la gestualidad, ni la puesta en escena. Hay en determinadas declaraciones —y muy especialmente en las de Irene Montero— una teatralización del odio que recuerda demasiado a los viejos mitos revolucionarios del siglo pasado. Como si su aspiración no fuera tanto convencer a una sociedad plural, sino erigirse en una suerte de pasionaria del siglo XXI, convencida de que la historia le concede el derecho moral a señalar, depurar y “barrer” al discrepante.

Ese lenguaje no surge de la nada. Tiene precedentes. En 1936 también se empezó así: deshumanizando al adversario, llamándolo “fascista”, presentándolo como un enemigo absoluto al que no había que derrotar políticamente, sino eliminar del espacio social. Primero fue el insulto, luego el señalamiento, después la exclusión. El resultado es conocido y trágico.

Cuando hoy se habla con ligereza de “barrer” a millones de españoles, cuando se expresa con rabia y odio explícito hacia quienes no piensan igual, cuando se fantasea con una sustitución política y social del discrepante, lo que se está haciendo es normalizar una lógica de checa mental: no necesariamente física, pero sí ideológica. Una lógica en la que el adversario deja de ser ciudadano para convertirse en objetivo.

No se trata de acusar a nadie de querer repetir literalmente la historia, sino de advertir de algo mucho más inquietante: el mismo clima moral, el mismo desprecio al pluralismo, la misma arrogancia de creerse dueño del bien y del mal. Esa es la semilla de todos los totalitarismos, vengan envueltos en banderas rojas o en discursos supuestamente inclusivos.
Resulta especialmente grave que este discurso se pronuncie desde espacios públicos, con micrófonos oficiales, con aplausos y sin rectificación posterior. Porque cuando el odio se normaliza desde arriba, cuando se legitima el señalamiento del “otro”, el daño ya está hecho. Y no es simbólico, es social.

Desde una perspectiva jurídica, además, la reiteración de mensajes de exclusión dirigidos a un colectivo identificable por su ideología, con un tono exaltado y deshumanizante, entra en un terreno muy peligroso. No por lo que alguien interprete, sino por lo que objetivamente se dice y cómo se dice. El Estado de Derecho no puede mirar hacia otro lado cuando el odio se pronuncia con impunidad desde tribunas políticas.

Este discurso no ha pasado desapercibido fuera de España. El empresario Elon Musk reaccionó públicamente a las palabras de Irene Montero calificándolas de algo más que una provocación ideológica, llegando a acusarla de “abogar por el genocidio”. Más allá de quién lo diga, lo relevante es el hecho: desde el exterior, este lenguaje se percibe como incompatible con los principios básicos de una sociedad libre. Cuando el señalamiento y la idea de “reemplazar” al adversario político se normalizan, el problema deja de ser interno y adquiere una dimensión internacional.

Podemos no busca una España plural. Busca una España sometida a una sola visión del mundo. Una España donde quien discrepa es estigmatizado, reducido a caricatura y presentado como un estorbo que debe ser eliminado, aunque sea “solo” en sentido político o simbólico. Pero la historia demuestra que ese “solo” nunca se queda ahí.

Porque la libertad, no un eslogan vacío, ni se preserva borrando al que piensa distinto, soñando con purgas morales y agitando fantasmas de guerra civil. La libertad se defiende con ley, con igualdad y con respeto al prójimo, no con odio ni con amenazas.

Todo lo demás no es progreso. Es autoritarismo. Y España ya sabe demasiado bien adónde conduce ese camino.

Felipe Pinto. 

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