"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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lunes, 16 de febrero de 2026

UNIDOS TAMBIÉN POR EL REPROCHE MUTUO: LA GRAN MENTIRA DEL BIPARTIDISMO

Cada vez que Vox sube en las encuestas o en las urnas, el ritual se repite con precisión milimétrica. El Partido Popular acusa al Partido Socialista Obrero Español de empujar a la sociedad hacia la ruptura; el PSOE culpa al PP de haber radicalizado el clima político. El intercambio de reproches sirve para ocupar titulares y blindar posiciones, pero no para explicar nada. Es una coreografía ensayada cuyo verdadero objetivo es ocultar que ambos forman parte del mismo bloque político e ideológico, un bloque que gobierna desde un marco compartido y que ha dejado de representar a una parte creciente de la sociedad española.

La clave es que la política española —y occidental— ha entrado en una nueva fase. La histórica división entre izquierda y derecha ya no actúa como eje principal de decisión para millones de votantes. No ha desaparecido del todo, pero ha dejado de ser determinante. El nuevo eje, cada vez más evidente, es otro: globalismo frente a soberanía. De un lado, quienes aceptan como inevitables las agendas supranacionales, los consensos cerrados y la gobernanza tecnocrática; del otro, quienes reclaman que las decisiones fundamentales vuelvan a la nación, al ciudadano y al control democrático.

En el primer bloque se sitúan prácticamente todos los partidos del sistema, con discursos distintos pero dentro del mismo marco: aceptación de la Agenda 2030 como hoja de ruta obligatoria, subordinación política a estructuras supranacionales, prioridad de indicadores ideológicos frente a realidades sociales y un consenso cultural que apenas admite disidencia. El PSOE lo asume con entusiasmo y lo convierte en bandera moral; el PP lo acepta con incomodidad calculada, lo gestiona y lo normaliza. Cambian las formas, no el fondo. Cambian los gobiernos, no el rumbo.

En el segundo bloque hay una única fuerza política claramente identificable: Vox. No porque sea perfecta ni porque tenga el monopolio de la verdad, sino porque es la única que ha construido su discurso desde una oposición frontal al marco globalista y a la Agenda 2030 entendida como dogma incuestionable. Esa singularidad explica tanto su crecimiento como la hostilidad que despierta en el sistema: no discute matices, discute el marco.

El crecimiento de Vox no responde a un arrebato emocional ni a una moda pasajera, sino a una reordenación profunda del voto. Cada vez más ciudadanos ya no se preguntan si son de izquierdas o de derechas, sino si están a favor o en contra de un modelo político que empobrece, tutela y reeduca. Ese hartazgo tiene causas muy concretas: el empobrecimiento estructural de la clase media y trabajadora bajo capas de impuestos, normas y restricciones ideológicas; el abandono del campo y del mundo rural, asfixiados por regulaciones imposibles mientras se permite competir en desigualdad con terceros países; la agenda cultural que legisla sobre identidad, familia, educación y lenguaje; la pérdida de libertad cotidiana en movilidad, consumo, energía y forma de vida; y la hipocresía de una élite política que exige sacrificios mientras se protege a sí misma con privilegios, blindaje e impunidad.

Todo ello está empujando a la sociedad hacia una polarización distinta a la conocida, no basada en el viejo enfrentamiento izquierda-derecha, sino en la confrontación entre globalistas y soberanistas. No se trata necesariamente de una división exacta ni matemática, pero sí de una fractura cada vez más visible y relativamente equilibrada, que atraviesa clases sociales, territorios y biografías políticas. Cuando un bloque ocupa casi todo el espacio institucional, mediático y cultural, la reacción no se diluye: se concentra.

Por eso resulta grotesco que PP y PSOE se acusen mutuamente de la subida de Vox. No son víctimas del fenómeno: son corresponsables de haberlo provocado. Han vaciado la política de alternativas reales, han blindado un consenso ajeno a la mayoría social y han reducido la democracia a una gestión tecnocrática adornada con reproches teatrales. La pregunta ya no es por qué Vox crece. La pregunta es hasta dónde puede llegar esta reordenación del voto si el sistema insiste en negar el nuevo eje político.

Mientras el bipartidismo siga unido por el mismo marco ideológico, mientras continúe tratando la Agenda 2030 como un tótem intocable y mientras utilice el reproche mutuo como cortina de humo, la división social no solo no desaparecerá, sino que se agravará. Porque cuando la política deja de representar, la fractura no es un accidente: es el resultado lógico de un sistema que prefiere persistir en el error antes que corregir el rumbo.

Y es en ese escenario donde aparece Vox como la única alternativa real frente a un modelo que ha acumulado empobrecimiento, pérdida de soberanía, ingeniería social, ataque al campo, tutelaje de la vida cotidiana y una inmigración ilegal masiva convertida en dogma intocable. Una inmigración ilegal que no se gestiona, no se ordena y no se integra, y cuyas consecuencias pagan siempre los mismos: colapso de los servicios públicos, presión creciente sobre sanidad, educación y vivienda, aumento de la inseguridad en barrios abandonados por el Estado y una competencia desleal que empuja a la baja los salarios y precariza aún más al trabajador español.

Lo más grave es la injusticia social que este modelo genera. Mientras miles de españoles madrugan cada día para sacar adelante el campo, la construcción, el transporte o los servicios, el sistema prioriza ayudas y pagas para quienes llegan de forma ilegal y permanecen al margen del trabajo y de las normas. No estamos para regalar el dinero de los contribuyentes cuando hay campos que desbrozar, explotaciones que mantener, pueblos que sostener y una enorme cantidad de faena real que nadie quiere organizar ni exigir. Convertir la asistencia en incentivo permanente y el esfuerzo en castigo es la fórmula perfecta para el conflicto social.

La inmigración ilegal no es una fatalidad inevitable: es una decisión política, sostenida por el mismo bloque globalista que diluye fronteras, culpabiliza al ciudadano y silencia cualquier crítica tachándola de insolidaria. PP y PSOE han sido corresponsables de este modelo, ya sea por convicción ideológica o por cobardía política, y han preferido criminalizar al que denuncia la realidad antes que proteger a quienes cumplen las normas y sostienen el país con su trabajo.

Frente a este panorama de deterioro político, económico y social, Vox se convierte para millones de españoles en la única vía de resistencia frente a un sistema que ha renunciado a defender la soberanía, el orden, el valor del trabajo y la justicia social. No como un partido milagro, sino como la única fuerza dispuesta a cuestionar de raíz el marco globalista, la Agenda 2030 y todas sus consecuencias, incluida una política migratoria irresponsable que ha convertido el caos en norma.

Y mientras el resto siga gestionando las consecuencias de un consenso que ya no convence a la calle, seguirá creciendo la convicción de que solo rompiendo con ese marco es posible frenar la degradación que se vende como progreso. Porque cuando el poder renuncia a proteger fronteras, servicios públicos y la dignidad del trabajo, la ruptura deja de ser una opción y pasa a ser una necesidad.

Felipe Pinto. 

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