Madrid no se colapsa sola. Madrid se colapsa por decisiones políticas. Y cuando esas decisiones se repiten, tarde tras tarde, en una de las principales vías de entrada a la capital, ya no hablamos de un error puntual, sino de una forma de gestionar la ciudad.
En la calle José Abascal, en su tramo final hacia el Paseo de la Castellana, cada tarde se repite la misma escena: dos carriles centrales cortados, un vehículo de Agentes de Movilidad atravesado en plena calzada y miles de conductores atrapados en un embudo artificial. No es una obra puntual. No es una emergencia imprevista. Es una práctica sistemática que se ejecuta con absoluta normalidad.
El resultado es evidente: colas interminables en una vía rápida de acceso a la capital, motores al ralentí, ciudadanos perdiendo tiempo, combustible y paciencia. Y todo ello sin una explicación clara que justifique semejante decisión.
Lo que los madrileños esperan de los llamados Agentes de Movilidad es precisamente eso: movilidad. Fluidez. Capacidad para ordenar el tráfico y evitar colapsos. Sin embargo, cuando su presencia sistemática implica el cierre diario de dos carriles en hora punta y la creación de un cuello de botella que paraliza una de las arterias fundamentales de la ciudad, la contradicción es demasiado evidente. Más que agentes de movilidad, parecen agentes de inmovilidad.
Y lo verdaderamente grave no es el juego de palabras. Lo grave es que detrás de esa inmovilidad hay miles de personas atrapadas cada tarde en un atasco perfectamente evitable, consecuencia directa de una decisión administrativa.
No es la primera vez que ocurre algo similar. Durante años, el carril izquierdo de entrada por la A-2, a la altura de Avenida de América, permaneció cerrado sin que existiera una justificación clara para los ciudadanos que sufrían aquel embudo diario. Durante años, el atasco fue parte del paisaje. Y cuando finalmente se reabrió hace apenas unas semanas, quedó demostrado que el colapso no era inevitable: era provocado.
A todo ello se suma una política de obras simultáneas en los mismos núcleos urbanos, levantando calles al mismo tiempo, complicando accesos y convirtiendo entradas y salidas en auténticos laberintos. La planificación parece inexistente o, peor aún, indiferente al impacto real que tiene en la vida cotidiana de los madrileños.
Gobernar una capital como Madrid exige algo más que discursos y anuncios. Exige sentido común. Exige coordinación. Exige medir las consecuencias de cada decisión sobre millones de desplazamientos diarios. Cada carril que se cierra sin una necesidad imperiosa no es solo una raya menos en el asfalto: es tiempo arrebatado a quienes trabajan, a quienes regresan a casa, a quienes simplemente intentan circular con normalidad.
Si existe una razón técnica de peso para cortar diariamente esos dos carriles en hora punta, debe explicarse con transparencia. Y si no existe, debe rectificarse con urgencia.
Porque la movilidad no es una cuestión ideológica. Es una cuestión de gestión. Y cuando la gestión genera inmovilidad, el atasco deja de ser un problema de tráfico para convertirse en el símbolo visible de una forma de gobernar que no funciona.
Madrid no puede resignarse a colapsos artificiales. Madrid necesita fluidez, previsión y responsabilidad.
Felipe Pinto.




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