España no sufre hoy una anomalía política. Lo que vivimos no es algo nuevo, ni una desviación puntual del sistema. Es la repetición de un patrón histórico: la existencia de una derecha que, cuando llega el momento decisivo, no se atreve a hacer lo que prometió. Una derecha que gana elecciones, pero pierde el pulso político. Una derecha que denuncia a la izquierda… para acabar asumiendo sus reglas. Esa derecha tiene nombre hoy, pero ya lo tuvo antes: la CEDA.
La Confederación Española de Derechas Autónomas fue el gran bloque político de la derecha durante la Segunda República. Liderada por José María Gil-Robles, representaba a millones de españoles hartos del sectarismo, del anticlericalismo y del proceso de ruptura nacional que impulsaban las izquierdas. En las elecciones de 1933, la CEDA se convirtió en la fuerza más votada del país. Tenía respaldo social, tenía legitimidad democrática y tenía la oportunidad histórica de corregir el rumbo de España.
Y sin embargo, no lo hizo.
Pese a su victoria, la CEDA renunció a gobernar directamente. Prefirió sostener desde fuera a gobiernos débiles como los de Alejandro Lerroux, en lugar de asumir el poder con claridad y aplicar el programa que sus votantes esperaban. Fue una decisión clave. No fue un matiz táctico: fue una renuncia política. La derecha había ganado, pero no quiso ejercer.
Ese es el primer gran rasgo de la derechita cobarde: ganar sin gobernar.
Durante meses, la CEDA actuó como apoyo parlamentario, confiando en que el sistema se corrigiera solo, sin enfrentarse de verdad a los problemas estructurales que denunciaba. Cuando finalmente decidió entrar en el gobierno, en 1934, lo hizo tarde, débil y en un contexto ya radicalizado. La reacción de la izquierda fue violenta —como en la revolución de Asturias—, pero eso no invalida el hecho esencial: la derecha había tenido su momento antes… y lo dejó pasar.
Segundo rasgo: llegar siempre tarde.
La CEDA se movió constantemente entre dos aguas: un discurso firme para movilizar a su electorado y una práctica política moderada para no incomodar al sistema. Defendía la religión, el orden y la unidad nacional, pero aceptaba el marco político que precisamente estaba erosionando esos principios. Quiso jugar dentro de unas reglas que sus adversarios no respetaban.
Tercer rasgo: respetar unas reglas que el adversario utiliza para destruirte.
No es difícil ver el paralelismo con la actualidad.
El Partido Popular lleva años denunciando con contundencia las políticas de la izquierda: la cesión al separatismo, la degradación institucional, la colonización de la justicia, la manipulación de la memoria histórica. Su discurso es claro, incluso duro en ocasiones. Pero cuando llega el momento de actuar, aparece la misma pauta que ya vimos en la CEDA.
Se recurre la ley… pero se acepta el marco.
Se denuncia al adversario… pero se pacta con él.
Se promete firmeza… pero se ejecuta moderación.
Ahí está el ejemplo de la ley de amnistía: recurrida, criticada, señalada como inconstitucional… pero asumida de facto cuando el sistema la valida. Ahí está la renovación del Poder Judicial: años denunciando su politización para acabar participando en el reparto. Ahí está, en definitiva, una forma de hacer política basada en no romper nunca, aunque todo indique que habría que hacerlo.
Exactamente igual que la CEDA.
Porque el problema no es de ideas. La derecha española ha tenido, en distintos momentos, diagnósticos acertados de lo que ocurría en el país. El problema ha sido siempre el mismo: la falta de voluntad para llevar esos diagnósticos hasta sus últimas consecuencias.
Y ahí es donde entra una diferencia clave en el panorama actual.
Vox rompe con esa tradición. No nace para gestionar el sistema tal y como está, sino para cuestionarlo cuando considera que ese sistema ha dejado de servir a España. Frente a la lógica de la cesión permanente, plantea la confrontación política abierta dentro de la legalidad. Frente a la adaptación al marco ideológico de la izquierda, propone una alternativa clara sin complejos.
No es una cuestión de estilo. Es una cuestión de actitud histórica.
España ya vivió lo que ocurre cuando la derecha no está a la altura de su responsabilidad. La CEDA creyó que podía frenar la deriva revolucionaria con prudencia, con equilibrios, con cálculo. No lo consiguió. La historia posterior es conocida.
Hoy no estamos en 1936. Pero el patrón psicológico y político sí se repite: una derecha que teme ejercer el poder con la firmeza que exige la situación.
Por eso el problema no es solo el Partido Popular. Es algo más profundo: es la persistencia de una forma de entender la política desde la renuncia preventiva. Desde el miedo al conflicto. Desde la obsesión por ser aceptado por quienes nunca te van a aceptar.
Y eso, en política, tiene un nombre. Ayer fue la CEDA y hoy es el Partido Popular.
La derechita cobarde siempre ha existido.
Felipe Pinto.




No hay comentarios:
Publicar un comentario