"Lo importante no son los años de vida sino la vida de los años".

"Que no os confundan políticos, banqueros, terroristas y homicidas; el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida".

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lunes, 27 de abril de 2026

LA IGLESIA ACTUAL ES UNA VERGÜENZA PARA EL CRISTIANISMO

Cada vez somos más los españoles que contemplamos con tristeza cómo una institución que durante siglos representó la fe, la tradición y una parte esencial del alma de España parece hoy atrapada en la confusión, la tibieza y el acomodo. La Iglesia, que debería ser faro moral y guía espiritual transmite demasiadas veces la imagen de una estructura burocrática temerosa de incomodar al poder y obsesionada con agradar a quienes jamás respetarán aquello que el cristianismo representa.

La Iglesia no puede estar para repetir consignas ideológicas de moda ni para adaptarse dócilmente a cada corriente política dominante. Tiene que estar para anunciar la verdad cristiana, para defender la vida desde su inicio hasta su final natural, para proteger a la familia, para sostener a los débiles y para recordar que una nación sin raíces acaba siendo un pueblo sin alma. Sin embargo, estamos asistiendo al bochornoso espectáculo de una jerarquía silenciosa ante leyes gravísimas, prudente hasta el extremo frente a los ataques a la fe y sorprendentemente complaciente con quienes promueven una agenda frontalmente contraria a su propia doctrina.

Resulta incomprensible para muchos creyentes que se busquen entendimientos, gestos o cercanías con fuerzas políticas que defienden el aborto como derecho, la eutanasia como avance social y una concepción utilitarista de la vida humana. Si la Iglesia considera sagrada toda vida, desde el concebido no nacido hasta el anciano enfermo o dependiente, no puede transmitir la sensación de contemporizar con quienes impulsan justamente lo contrario. Cuando calla, duda o se muestra ambigua en cuestiones esenciales, no parece misericordiosa, parece rendida al poder establecido. 

Lo más doloroso es comprobar además cómo algunos sectores eclesiales parecen blanquear o justificar a herederos ideológicos de quienes persiguieron a los creyentes, asesinaron religiosos, antecesores suyos, incendiaron templos y destruyeron símbolos sagrados durante la Guerra Civil Española. Miles de sacerdotes, monjas y laicos fueron asesinados por odio religioso y centenares de iglesias quedaron arrasadas. Que hoy se mire hacia otro lado ante esa memoria resulta para muchos una humillación moral.

Mientras se ridiculizan procesiones, se caricaturiza la fe y se reescribe la historia desde el sectarismo, muchos pastores callan o hablan con una ambigüedad desesperante. Parecen más preocupados por no molestar al poder político que por difundir nuestra doctrina o acompañar a quienes esperan una palabra clara. 

Ese silencio no es prudencia, es renuncia. Esa neutralidad no es caridad, es cobardía institucional.

También sorprende que se hable tanto de grandes causas abstractas y tan poco de los dramas concretos que sufren millones de españoles: la crisis de natalidad, la ruptura familiar, la soledad de los mayores, la pérdida de identidad cultural, la inseguridad creciente o la dificultad de tantos jóvenes para formar un hogar. España necesita una Iglesia cercana al pueblo real, no a las élites ideológicas que la utilizan cuando conviene y la desprecian cuando deja de servir.

El cristianismo nació de la verdad, del sacrificio y del coraje. Jesús de Nazaret no buscó el aplauso del poder ni suavizó su mensaje para resultar simpático a los poderosos de su tiempo. Por eso duele ver cómo quienes deberían custodiar ese legado parecen avergonzarse de él.

La Iglesia católica debe rectificar, recuperar su firmeza, volver a honrar a sus mártires, ponerse a defender sin complejos la vida y estar al lado de sus fieles. Si continúa instalada en la indefinición, muchos seguirán pensando que no ha traicionado solo a una parte de España, sino al propio cristianismo que dice representar.

Felipe Pinto. 

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