Afortunadamente, nuevas generaciones de cantantes están demostrando que es posible triunfar tanto en el gran repertorio operístico como en el español. Entre ellas destaca Serena Sáenz, quien, además de desarrollar una brillante carrera internacional en la ópera, ha demostrado un profundo respeto por la zarzuela. No es casualidad que obtuviera el Premio Pepita Embil de Zarzuela en Operalia gracias a una magnífica interpretación de la romanza «Me llaman la primorosa», ni que posteriormente haya asumido el exigente papel de Marola en La tabernera del puerto en el Teatro de la Zarzuela. Esa versatilidad confirma que nos encontramos ante una artista capaz de defender con la misma excelencia el gran repertorio internacional y nuestro patrimonio lírico español.
La lírica cuenta hoy con figuras extraordinarias. Entre las grandes divas de nuestro tiempo sigue brillando con luz propia Angela Gheorghiu, una de las sopranos más elegantes, expresivas y admiradas de las últimas décadas, cuya carrera constituye una referencia para cualquier cantante.
España también puede sentirse orgullosa de contar con magníficas voces. Sopranos como Sabina Puértolas, Ruth Iniesta o Saioa Hernández mantienen un extraordinario nivel artístico y representan con enorme dignidad a nuestro país en algunos de los principales teatros de ópera del mundo.
Sin embargo, desde mi punto de vista, hay una artista que destaca de una manera muy especial: Serena Sáenz.
La primera vez que uno la escucha tiene la sensación de encontrarse ante una voz privilegiada. Pero lo verdaderamente sorprendente no es solo la belleza de su timbre, sino la facilidad con la que afronta las mayores dificultades técnicas. Los agudos parecen surgir con absoluta naturalidad, la coloratura es limpia y precisa, la afinación impecable y, en ningún momento, transmite sensación de esfuerzo. Como solemos decir coloquialmente, canta sobrada.
Pero Serena Sáenz no destaca únicamente por su extraordinaria técnica vocal. Posee otra cualidad que distingue a las grandes figuras de la lírica: su capacidad interpretativa. No se limita a cantar; vive cada personaje. Cada gesto, cada mirada y cada movimiento están al servicio del papel que representa. Sobre el escenario deja de ser Serena para convertirse en la protagonista de la historia. Esa unión entre una voz excepcional y una interpretación profundamente creíble hace que el espectador no solo admire su canto, sino que se emocione con él. En una época en la que la ópera y la zarzuela exigen artistas completos, Serena reúne las condiciones de una auténtica cantante-actriz.
Ese tipo de respaldos no garantizan una carrera, pero sí constituyen un magnífico aval. Los grandes artistas saben reconocer el talento cuando lo tienen delante.
A Serena todavía le queda un largo recorrido y, probablemente, lo mejor de su carrera aún esté por llegar. Precisamente por eso resulta tan apasionante seguir su evolución. Tiene juventud, una técnica extraordinaria, musicalidad, inteligencia interpretativa, carisma y una presencia escénica que atrapa desde el primer momento.
Naturalmente, cada aficionado tendrá sus preferencias y la historia de la lírica siempre estará llena de voces inolvidables. Pero, si alguien me preguntara cuál es hoy la soprano española con mayor proyección internacional y con más posibilidades de convertirse en una referencia mundial de su generación, mi respuesta sería clara: Serena Sáenz.
El tiempo, que es el juez más exigente en el mundo de la música, tendrá la última palabra. Pero todo invita a pensar que estamos asistiendo al nacimiento de una artista destinada a ocupar un lugar entre las grandes sopranos españolas de este siglo.
Ojalá dentro de unas décadas podamos decir que tuvimos el privilegio de contemplar, desde sus primeros grandes pasos, el nacimiento de una de esas voces que terminan escribiendo la historia de la lírica. Porque las grandes carreras no se improvisan; nacen del talento, del trabajo incansable y de una capacidad poco común para emocionar. Y Serena Sáenz posee, a mi juicio, esas tres cualidades en un grado verdaderamente excepcional.
Felipe Pinto






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